
“El sueño de las espigas”: La muerte de una veintena de aquellos jóvenes oblatos de Pozuelo, desarmados, ¿hace falta decirlo?, como la inmensa mayoría de los millares y millares, entre siete y ocho mil religiosos asesinados en la trágica zarracina aquella, tal como leo en uno de mis clásicos, –leo de todo, lo vuelvo a decir–: “Historia de la persecución religiosa en España, 1936-1939”, de Monseñor Montero. Y a propósito de leer, ¡qué mal leído el discurso en el Congreso de Don Manuel Azaña, el 14 de octubre de 1931!».
VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 31 de mayo de 2026). Oblatos de Pozuelo. Un buen amigo, Jorge García se llama, residente ahora en la Majada, me pasa un libro del misionero oblato, David López Moreno. Un volumen ciertamente voluminoso que se llama “El sueño de las espigas” (Editrice Missionari OMI). 729 páginas bien interesantes, al menos para un tipo como yo que lee de todo. En este caso la historia en España de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada, con especial incidencia en su instalación en Pozuelo de Alarcón, muriendo los años veinte –del siglo pasado, naturalmente– y dando paso su presencia entre nuestros vecinos al posterior martirio de una veintena de ellos, entre Aravaca y Paracuellos, acompañados del sindicalista católico, Cándido Castán, calle en Pozuelo, empleado de Ferrocarriles del Norte, destinado en la estación pozuelera. Como es bien sabido, y en cualquier caso este libro (de ahí gran parte de su interés para los que por aquí vivimos) nos ilustra sobre la importancia de dicha Estación en la vida de Pozuelo, creando dos secciones urbanas bien diferenciadas: Estación y Pueblo. La primera, aparte los chalés u “hoteles” de la colonia, poblada por inmigrantes que venían de Madrid, tan cercano, o trabajadores del ferrocarril. La segunda, como es natural, por los lugareños (ganaderos, pequeños propietarios agrícolas, jornaleros). En la primera, una agrupación llamada “La Liga Obrera”, estando en la segunda, “La Inseparable”, separadas ambas, incluso, a la hora de los jolgorios populares en torno al sorteo de los “quintos”.
Como aquí, en el territorio majariego, solo que en Majadahonda –nos cuentan/ contaban quienes vivieron el sorteo– la juerga consiguiente era comunitaria, como David López Moreno, tomando partido, a veces de manera un tanto apasionada, que no es mala manera de adoptar parcialidades. Y es que ante el horror del verano del 36 debería ahorrarme el consabido “en ambos bandos”, hay veces que más que ahorrar conviene ser prolijos. A Pozuelo no habían llegado aún los sublevados, (ya llegarían, sí, y a toda España) y quien tome la pluma la va a mojar en sangre. Para el caso, la muerte de una veintena de aquellos jóvenes oblatos, desarmados, ¿hace falta decirlo?, como la inmensa mayoría de los millares y millares, entre siete y ocho mil religiosos asesinados en la trágica zarracina aquella, tal como leo en uno de mis clásicos, –leo de todo, lo vuelvo a decir–: “Historia de la persecución religiosa en España, 1936-1939”, de Monseñor Montero. Y a propósito de leer, ¡qué mal leído el discurso en el Congreso de Don Manuel Azaña, el 14 de octubre de 1931!.

«Historia en España de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada, con especial incidencia en su instalación en Pozuelo de Alarcón, muriendo los años veinte –del siglo pasado, naturalmente–»

«La presencia de los Misioneros Oblatos entre nuestros vecinos dio paso al posterior martirio de una veintena de ellos, entre Aravaca y Paracuellos, acompañados del sindicalista católico, Cándido Castán»
Azaña no hizo sino defender la aconfesionalidad del Estado. Cuando dijo “España ha dejado de ser católica” se refería a que España no podía seguir siendo territorio vedado a quien no se acogiese a la religión oficial, porque “El auténtico problema religioso no puede exceder de los límites de la conciencia personal”. Incido en esto porque el propio David López Moreno, en el prólogo de su –por lo demás bien elaborado y contextualizado volumen– yerra, en mi opinión, al atribuir a Don Manuel Azaña y Díaz el germen de la persecución que habría de producirse en el comienzo de la guerra cuando el propio Azaña, político y pensador ejemplar, comprendió que aquella locura era el comienzo del hundimiento de la “Niña”. Por lo demás, ¡qué bien apunta López Moreno la existencia de esa “quinta columna” que ayudó a salvar la vida a los pocos oblatos detenidos que tuvieron semejante suerte!. También es, en tal sentido muy válido este libro, del que he dado cuenta en pocas sesiones, dado el interés que despertó en mí por proximidad a Pozuelo de Alarcón, coparticipe con Majadahonda, Boadilla y Madrid del Monte del Pilar. Por interesado en nuestra Guerra Civil. Por deseoso de que fuese vacuna definitiva para la furia española. Sí.







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