
«Muchas de estas tumbas tienen cruz o símbolos religiosos, No así la de alguien que, sin más lápida que la tierra que cubre la fosa, optó por poner en la cabecera de esta con palabras bien claritas, para que no quede duda ninguna, una frase bien resolutiva: “No hay nada después de la muerte”. Y a mí, pensativo ante semejante sentencia, viendo las hierbas que crecen en la tierra que abriga la tumba, en día de calor pertinaz, como las sequías aquellas del franquismo, me queda la duda»
VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 5 de junio de 2026). Cementerio Civil. Lo cual que este domingo 31 de mayo, teniendo que atender deberes cívicos, precisamente, en el camposanto (decimos o decíamos los gallegos adonde van nuestros seres queridos cuando ya no hay más sino el recuerdo que –tal vez– los reviva) de la Almudena, opté por volver, como suelo, al Cementerio Civil. Ese paseíto por –cierta– Historia de España. Discutible, como todas las historias (algunas, ya se sabe, para no dormir), la nuestra, por ello, precisamente, por serlo, digna de ser entrañada, creo. Y me adentro, mañana de calor polvoriento en la Avenida Daroca, no tan lejos esos campos que ya empiezan a agostarse tan pronto este año, que recorro desde la estación de metro “Almudena”. Y –ladrillo visto, aire neomudejar “ma non troppo”– me adentro en el Cementerio Civil, año 1884, reinando aún Alfonso XII, no el peor de los Borbones, tal vez escarmentado por las fechorías y malandanzas de Mamá. Y el primer enterramiento, a perpetuidad, el de Maravilla Leal González, veinte años en la hora de su muerte, ni suicida ni protestante, una simple muchachita fulminada por la tuberculosis. Y, ya dentro, nos recibe Dolores Ibarruri “La Pasionaria”, tumba muy digna y austera. Y se me viene a la mente aquella canción de Víctor Manuel: “Sí, veremos a Dolores caminar, las calles de Madrid.” Y la vimos, y la vio el Congreso de los Diputados, junto al gran Rafael Alberti. Y ahora nos quedan sus restos en esta tumba tan sencilla y frugal. Enfrente, tremendo mausoleo que alberga lo que queda de Nicolás Salmerón, tercer presidente de la tan efímera I República Española. Y grabado en su monumento funerario esta frase que tanto me impresiona y me hace aplaudir a tan insigne patricio: “Dejó el poder por no firmar una sentencia de muerte.”
El Cementerio Civil también alberga los restos de Estanislao Figueras y los de Pí y Margall, igualmente presidentes de la I República (el cuarto, y definitivo, Emilio Castelar, lo que de él resta se halla en la Sacramental de San Isidro). En la tumba de Pí y Margall se lee algo que, aun siendo cierto hoy, resulta políticamente incorrecto. “España no habría perdido su imperio colonial de haber seguido sus consejos”. No otros que dejar de hostigar a los rebeldes cubanos, por ejemplo, y pactar con ellos una solución federal, que esto era Don Francisco, un federalista convencido, Y adentrándonos en tan ilustrativo lugar encontramos las tumbas de Pío Baroja y Almudena Grandes (y María Luz Melcón, “Celia muerde la manzana”, deliciosa novela hoy descatalogada). Y la del filósofo Xavier Zubiri. Y aun la del compositor Gustavo Pittaluga y su esposa, la actriz, Ana María Custodio, y, por supuesto, muchas fosas con nombres extranjeros, alemanes sobre todo, de religión evangélica, se supone, que prefirieron ser sepultados en un cementerio no católico, como sí lo era el entonces llamado Cementerio del Este (como el Civil, también de 1884).

«Enfrente, tremendo mausoleo que alberga lo que queda de Nicolás Salmerón, tercer presidente de la tan efímera I República Española. Y grabado en su monumento funerario esta frase que tanto me impresiona y me hace aplaudir a tan insigne patricio: “Dejó el poder por no firmar una sentencia de muerte.”
Muchas de estas tumbas tienen, consecuentemente, cruz o símbolos religiosos, No así la de alguien que, sin más lápida que la tierra que cubre la fosa, optó por poner en la cabecera de esta con palabras bien claritas, para que no quede duda ninguna, una frase bien resolutiva: “No hay nada después de la muerte”. Y a mí, pensativo ante semejante sentencia, viendo las hierbas que crecen en la tierra que abriga la tumba, en día de calor pertinaz, como las sequías aquellas del franquismo, me queda la duda. O, si acaso, la seguridad de que, luego de la «irremediable», permanece el recuerdo de aquellos que los vivos (y aun los “vivos”) mantienen, mantenemos, ante quienes ya no van a volver, recuerdo del valor de cuanto hayan hecho aquí en vida. Y los huéspedes del Cementerio Civil, muchos de ellos, son dignos de un recuerdo agradecido. Sí.







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