«Días de frío, de viento criminal, a veces, que tal parece puñal de cristales rotos cuando no de hielo. Y en el edificio de la calle Cervantes por concluir solo moran los gatos, lejos de la mirada en estos días de invierno frío, como antes de antes».

VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 8 de febrero de 2026). Baldosas y Gatos. No tienen las baldosas el mismo valor literario que los gatos, estos que en los días de frío, de viento criminal, a veces, que tal parece puñal de cristales rotos cuando no de hielo, ya no se dejan ver en el estafermo Hernán Cortés con Pizarro. Dos conquistadores extremeños, Medellín y Trujillo, hidalgo y porquerizo. Pizarro, justo donde el “abarrote” de Alcampo regentado, precisamente, por peruanos, ella, Luz, todo un carácter. Pero los gatos no están a la vista estos días de frío de un invierno de antes. Y los gatos, los de siempre, tan individualistas, tan descocados en sus preferencias, tan –si queréis– sibaritas y aun casquivanos. Sigue, claro, ese monstruo desolador y desolado, un insulto en días de escasez de viviendas, en el país de las “regiones devastadas”, luego de la triste guerra (pleonasmo). Y duele ver cómo la España que une filas, o tal parece, en las tragedias colectivas, luego se polariza y pone, cuando menos, la mueca (ni siquiera gesto) guerracivilista a las primeras de cambio. Y en el edificio por concluir solo moran los gatos, lejos de la mirada en estos días de invierno frío, como antes de antes.

Vicente Araguas

LAS BALDOSAS REPARADAS EN LA CALLE BENAVENTE, aquí, en lo que ya es barrio y era pueblo-pueblo, después de meses avisando de la herida en la acera, este viernes, 30 de enero de 2026, he visto como el desperfecto ha sido debidamente reparado. Bueno es que “a quien corresponda” ha tomado nota. Gracias, en parte, a Majadahonda Magazin. (MM) y a “Vecinos por Majadahonda”, que presentaron la reclamación oportuna. Y yo me alegro mucho, porque ya había apadrinado a mi pesar ese agujero, ese orificio urbano por donde empezaban a mostrarse hierbajos como en un poema romántico. Y solo faltaban gorriones o lavanderas a picotear en ellos. O, tal vez, algún gato para que los entonasen Baudelaire o Poe, que no eran románticos, sino la escuela extrema, y un punto maldita, que vendría después. Pero esa herida peligrosa comienza a suturarse. Bien. No, no voy a hacer un recuento de aceras levantadas. No emulo al pintoresco Giménez Caballero, el que quiso casar a Hitler con Pilar Primo de Rivera, “Yo, inspector de alcantarillas”. ¿Con quién casaría hoy a Donald Trump? Yo apenas soy un “flaneur” por las calles majariegas. Y en la Carretera del Plantío, un poco antes del número 15, según se viene de la estación de ferrocarril, la pobre tan desangelada, tan inhóspito su interior, frecuento otro desembaldosado, en este caso –eso sí– con forma, uno de los restos, de corazón. Como se puede ver en la fotografía adjunta.

Y en la Carretera del Plantío, un poco antes del número 15, según se viene de la estación de ferrocarril, la pobre tan desangelada, tan inhóspito su interior, frecuento otro desembaldosado, en este caso –eso sí– con forma, uno de los restos, de corazón. Como se puede ver en la fotografía adjunta. En la otra, la acera arreglada en la calle Benavente gracias a Majadahonda Magazin y a «Vecinos por Majadahonda», que presentaron la reclamación oportuna «a quien corresponda». Y correspondió

VIENE LA SEMANA DE SAN VALENTIN: UNA CAJITA CAIDA EN UN AUTOBUS. A cuento ahora que viene San Valentín, día de corazones resueltos y aun revueltos, cuando “los enamorados van a servir al amor”. Sí, el “Romance del prisionero”, ese poema tan inmenso como la pena de quien no tiene más que una avecilla que lo consuele del encierro, aunque “matómela un ballestero/ dele Dios mal galardón”, habla de mayo para ubicar esa servidumbre amorosa. Pero febrero, el 14, por ejemplo, es cuando la vida comienza a salir del letargo invernal. Y el petirrojo reaparece sobre los jirones de las penúltimas nieves. Y yo, no sé, voy a pasar conmovido ante la baldosa corazonada de la acera de la Carretera del Plantío, viniendo de la estación, un poco antes del número 15. Y es que me sale el sentimental risueño. Como hoy, que venía del “Go Fit” en autobús cargadito de gente ultramarina. Y a una muchacha, yo iba de pie, ella sentada, se le cayó el contenido del bolso sobre el suelo del vehículo. Me agaché a recogérselo: pañuelos de papel, monedas, documentos y una cajita de condones. Y las amigas de la muchacha muertas de risa, y la chica, con rubor agradecido. Y yo, con esa cara de palo que la ocasión me pedía. Y una de las muchachas exclamó: “¡Claro, es sábado y nunca se sabe!”. Naturalmente.

 

 

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