
El poeta de Orihuela, Miguel Hernández (en la imagen arengando a su batallón comandado por «El Campesino»), que combatió durante la guerra civil en Majadahonda junto al periodista cubano nacido en Puerto Rico, Pablo de la Torriente (a su derecha)
VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 8 de marzo de 2026). Me dijiste con gesto enamorado. (Pablo De La Torriente Brau). El 19 de diciembre de 1936, en los primeros compases de la “Batalla de la Niebla”, Pablo de la Torriente Brau cayó víctima de un proyectil sublevado. Vestía una zamarra de piel de cordero, regalo de Miguel Hernández. Ambos en el batallón (109, División Séptima) de Valentín González El día un personaje como irreal, producto de una contienda por civil llena de gente que solo puede caber en una novela de Pío Baroja, por ejemplo. Pablo era comisario político y, nos cuenta sus avatares, pocos pero intensos, en nuestra guerra, en el libro “Peleando con los milicianos” (Editora Política, La Habana, 1987), con el que me acabo de hacer a través de internet. Un libro tan descatalogado como el periodista, poeta y agitador cultural, nacido en San Juan de Puerto Rico, en 1901, bien que llevado a Cuba siendo un niño. Y es en Cuba donde se hallan sus restos, llevados allí luego de ser extraídos del nicho que ocupaban en el cementerio de Montjüic (Barcelona). En el batallón citado peleaba también Miguel Hernández. A cargo del departamento de cultura, luego del encuentro entre ambos el 23 de noviembre, en Alcalá de Henares. Y escribió De la Torriente en una de las crónicas recogidas en su libro: “Descubrí un poeta en el batallón, Miguel Hernández, un muchacho considerado como uno de los mejores poetas españoles, que estaba en el cuerpo de zapadores.”
Miguel Hernández había acompañado al batallón de “El Campesino” en lugares como Valdemoro, Pozuelo, Boadilla, Alcalá, Ciudad Lineal y Majadahonda. Por Pozuelo también anduvo Pablo de la Torriente, quien define el pueblo vecino del nuestro con estas palabras: “Acabo de llegar de Pozuelo de Alarcón, el bello pueblo de calles torcidas y empinadas, casas blancas de zócalos de mosaico azul, y paredones de ladrillo.” Después, Alcalá, como ya dije y el frente de Somosierra: Gascones, Buitrago, de donde son las últimas anotaciones de Pablo de la Torriente. La postrera, elogio del militar republicano, Francisco Galán, hermano de Fermín, el héroe junto a García Hernández de la sublevación de Jaca, 12 de diciembre de 1930, que llevaría a ambos capitanes ante un pelotón de fusilamiento, lleva por fecha el 25 de octubre del 36. Algo menos de dos meses antes de la muerte de Pablo de la Torriente en Romanillos, del lado majariego en lo que parecen coincidir los testimonios de los que acompañaban al brigadista cubano. Muy activo, en su país, en la pelea contra el dictador Gerardo Machado, quien lo tuvo confinado en la Isla de Pinos. Luego de pasar por Nueva York, ya libre, se unió a los combatientes republicanos, llevado por el espíritu internacionalista que agitò las hojas del árbol revolucionarios de la época. Pablo, visionario, veía venir lo que sería la II Guerra Mundial, y decía de su presencia inmediata en España:

Miguel Hernández había acompañado al batallón de “El Campesino” (en la imagen, con barba junto al general Miaja) en lugares como Valdemoro, Pozuelo, Boadilla, Alcalá, Ciudad Lineal y Majadahonda. Por Pozuelo también anduvo Pablo de la Torriente: “Acabo de llegar de Pozuelo de Alarcón, el bello pueblo de calles torcidas y empinadas, casas blancas de zócalos de mosaico azul, y paredones de ladrillo.”
“Acaso estaré allá, cuando Mussolini y Hitler, no pudiendo sostenerse más, se lancen a la guerra y vendrá entonces la batalla definitiva entre oprimidos y opresores…” De aquellos tiempos es el espíritu de la estatua-homenaje a las Brigadas Internacionales, que vi en Kutná Hora (República Checa) y que dice: “En Madrid se lucha por Praga”. Pablo de la Torriente murió 25 días antes, a escasos 500 de donde lo hicieron los rumanos Marin y Mota, brigadistas fascistas, para el caso, de la “Legión de San Miguel Arcángel” de Corneliu Zelea Codreanu. Estos últimos cuentan con cenotafio en el término municipal majariego, bien que en terreno privado. No estaría de más que a Pablo de la Torriente se le alzase un recuerdo en nuestro ámbito, el oriolano Miguel Hernández ya lo tiene. El inmenso poeta de Orihuela que llevó al escritor cubano en su obra de teatro “Pastor de la muerte” y, sobre todo, le dedicó su “Elegía segunda”: “Me quedaré en España, compañero,/ me dijiste con gesto enamorado./ y al fin, sin tu edificio tronante de guerrero/ en la hierba de España te has quedado.”







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