
«Y entonces Venecia se despereza. Estira los brazos como canales y se dispone a vivir la noche con ella misma como depositaria del sentimiento. Y, entonces, el león de San Marco ruge y baila sobre su columna avisando a los marinos que es la hora del retorno. Y Venecia se casa con el mar en esas madrugadas cuando los vecinos de la Via Garibaldi hacen banderas con sus sábanas cuando todo es posible…»
VICENTE ARAGUAS. (Venecia, 2 de abril de 2026). Venecia, Mi Tempestad. He vuelto a Venecia. Con la misma serenidad tempestuosa de siempre. Dispuesto a perderme, tan sereno, tan abstemio de cuanto no sea soledad acompañada, en esa oscuridad verde botella, verdín y moho entreverado, de los canales, el Gran Canal, la Gran Vía veneciana. He vuelto a Venecia, digo, sin ti, pero con vosotros, la “scolaresca” que más amo y conmigo mismo, tan de plata y oro, tan de esclavina sobre mujer desnuda con rorro, y un soldado, tal vez simplemente un viajero, observando la escena, para morirme “en ansias y en amores inflamado”, con San Juan de la Cruz, ante “La tempesta” de Giorgione. Este, pudiera ser, con “Las Meninas” el cuadro que más me estimula. En Venecia, a bordo de la “Galería dell´Accademia”, en la orilla, de nuevo, del Gran Canal. Con Giorgione, sí, pero también Veronese, Tintoretto, Tiziano. Y Canaletto, tan “vedutista” y Guardi, satírico y costumbrista, a veces pleonasmo. Y todos aquellos que pintaban para la Venecia más esplenderosa, hoy bellísimo casco de barco hundiéndose sobre sí mismo, nave para un turismo de 8 de la mañana a 6 de la tarde.
Y entonces Venecia se despereza. Estira los brazos como canales y se dispone a vivir la noche con ella misma como depositaria del sentimiento. Y, entonces, el león de San Marco ruge y baila sobre su columna avisando a los marinos que es la hora del retorno. Y Venecia se casa con el mar en esas madrugadas cuando los vecinos de la Via Garibaldi hacen banderas con sus sábanas cuando todo es posible, también que Garibaldi desempolve la gorra y se despoje de su “garibaldino”, como le llamaba mi parienta Pilar González Robatto, quien vino de Galicia a morir, ¡vaya por Dios!, a una residencia de ancianos en El Plantío: ese microclima opíparo cuando la Majada arde y Aravaca se cuece en su propio caldo veraniego. Y a Venecia llego yo con los escolares de Molino de la Hoz, esto es, Las Rozas embalsada en el Río Guadarrama, Galapagar, Majadahonda, El Pardillo, Madrid, también, todo ello en el Colegio Logos, y dormimos en Lido di Lesolo, una de las dos salidas de La Gran Laguna Veneta al Mar Adriático, la otra, el Lido propiamente dicho.

«Observando la escena, para morirme “en ansias y en amores inflamado”, con San Juan de la Cruz, ante “La tempesta” de Giorgione. En Venecia, a bordo de la “Galería dell´Accademia”, en la orilla, de nuevo, del Gran Canal. Con Giorgione, sí, pero también Veronese, Tintoretto, Tiziano. Y Canaletto, tan “vedutista” y Guardi, satírico y costumbrista…»
Y dormir en Lesolo es la mejor manera de transitar la laguna hasta Riva degli Schiavoni viendo como la niebla se deshace en jirones en torno al “campanile” de San Marco. Y es en esta triple división, “duomo”, “baptisterio” y “campanile”, donde los templos italianos plantean aun más que la temporalidad celestial, bien merece esa trilogía para marcar o subrayar territorios. Y la niebla, la “nebbia”, digo, se disuelve mientras vamos llegando a tierra a bordo de un “vaporetto” que se llama “Apollo” y al que hemos subido en Punta Sabbioni. Y Venecia huele a fritanga y sabe a pan horneado y los helados se deslizan por la garganta como un río oriental que hubiese sido tratado por Marco Polo y su tío Maffeo, y si no es cierto la cosa tiene un aquel de café “ristretto” como el que me estoy tomando en la Vía Garibaldi, cerca del parque que la enlaza con el muelle del Arsenal. Y estoy vivo, tantos años después, en Venecia. Y me canto por lo bajinis, “qué profunda emoción recordar el ayer”, con Aznavour, y recuerdo a Mahler, y el “Adagietto” de la “Quinta”, pero los muchachos entonan “Venezia” de Hombres G, y yo le envío desde el canal más recóndito, a mi amigo el guitarrista Rafa Gutiérrez, un punteo anímico o si acaso un “riff” cordial que el bajo ya lo pone Rita Pavone cantando “Cuore”. Y el corazón hace “bum-bum” en esta hora en Venecia, un día domingo de 2026.





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