
“Hace años que es muy mal leído. Mejor: leído con cicatería. Pero eso no lo hace a él menor, sino que convierte a muchos en lectores terciados. En su escritura está la reflexión porque fue un poeta con ideas. Y en sus teorías está el destello de lo poético porque fue un académico con aludes de vida propia. Escucharle hablar de otros era acceder al estadio de un gran meditador en plena meditación. Esa era su elegancia, su dandismo y su milagro. A través del pensamiento lírico fue tejiendo una poética de preguntas. Y así en sus primeros libros está la metafísica del hombre que duda, que hace de su fe una larga incógnita».

Y añade: “Le debo a Carlos Bousoño no sólo afectos, sino libros principales que fueron parte de mis primeras alucinaciones, como su ‘Teoría de la expresión poética‘ o ‘El irracionalismo poético (El símbolo)’. Aquel hombre nunca presumía de nada. Conoció a Stravisnki. Sabía todo lo inconfesable del Nobel Vicente Aleixandre (que le hizo legatario de su archivo personal). Compartió fervores nocturnos y secretos con Claudio Rodríguez, con Francisco Nieva, con Francisco Brines, con José Olivio Jiménez, con Luis Antonio de Villena… Jamás le escuché hablar mal de nadie. Y si se lanzaba a explicar el porqué de los poetas que leía con devoción, los enriquecía y los inmediatizaba. Umbral dijo que Carlos Bousoño era la «sabiduría sonriente». Y Jaime Siles advirtió que era «el poeta español de hoy que más y sobre más cosas ha pensado».
“En verdad, el metafísico Carlos sólo lo era consigo y con sus cosas, pues con los demás asumía un calor barroco, proponiendo cuestiones que el otro (de sí mismo) no se había planteado. Es decir: multiplicaba al de enfrente en significaciones e intenciones. Un día le llevé un puñadito de poemas ingenuos. En un sofá, con un rotulador azul, leyó despacio, subrayó y anotó en los folios. Andaba yo por los 16 años. Aún sé de memoria las sugerencias. Más que corregir me estaba ofreciendo claves duraderas. Y venían del mismo hombre en quien ya había leído esto: «La vida./ La vida hermosa que has vivido vale (…)/ Todo vale si gime./ Todo vale si duele/ y hay junto a tu carne un mundo de palabras». Audaz y generoso Carlos”, concluye Antonio Lucas.









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