Historia de las Fiestas: el pueblo de Majadahonda metió un toro en el “salón” del Ayuntamiento

Suscríbete gratis a nuestras noticias
captcha

CRESCENCIO BUSTILLO. Volviendo a la lidia de las corridas, en el pueblo de Majadahonda eran diferentes porque dentro de las mismas había que dejar algún cabo suelto para que se produjeran situaciones en las que la gente se divirtiera ante los incidentes que pudieran dar lugar. Así por ejemplo, antes de derribar el Ayuntamiento viejo, se dejaba sin protección la entrada al mismo, ni un mal palo o viga de punta. Cuando el toro estaba en la plaza y se acercaba por allí, lo citaban. Al arrancarse este o bien le cerraban la puerta si les daba tiempo o emprendían a subir corriendo por las escaleras, con el natural jolgorio de toda la gente. Este era el plato de risa de la corrida. Nunca se habían atrevido los toros a pasar del portal, hasta que hubo uno que le dio por subir arriba, detrás de la gente, y aquello fue el “despiporre”. El animal se metió en el salón de sesiones y el desbarajuste que se formó allí no es para contarlo. Entre las mujeres que estaban presidiendo en los balcones, la que no se desmayó se descolgaba del balcón a la calle sin mirar lo que enseñaban. Y gracias a que juntaron las puertas de los balcones por dentro, el animal no hizo por ellos. En total: sustos, rotura de pantalones y camisas y un comentario de humor para un poco tiempo. Después de este caso, la puerta del Ayuntamiento quedó protegida, pero como la plaza se cercaba con carros, siempre sobraba uno que no fuera ni muy grande ni muy pequeño y este se dejaba por dentro de la plaza una vez cerrada esta.

Este carro se denominó el “carro de la risa”, porque servía para hacer reír a la gente cuando los toros en la plaza eran provocados por los más intrépidos y que al acudir el toro se subían al carro. Pero si la carga no era compartida, como hacía de balancín, el carro se abocaba en un sentido o en otro, de ahí que muchas veces cayeran delante del toro, dando lugar a situaciones cómicas, que en definitiva era lo que buscaba la gente para reír y pasarlo bien a lo grande.

Crescencio Bustillo

En otra ocasión, otro toro se metió en el Casino, que estaba ubicado en la misma plaza. Habían puesto unos tablones o palos de punta a la entrada, separados entre sí por unos 30 a 40 centímetros para que la gente, entrando de lado, no dejara de acudir y así el negocio no se interrumpía. El toro aquel tenía bastante poder, por lo que mandó a la enfermería al matador y no sé si alguno más de la cuadrilla. El resultado fue que se hizo el amo del ruedo, y no había nadie que se atreviera a torearlo. Cada minuto que pasaba, el toro se iba recreciendo y estaba deseando que lo provocaran para acudir como una centella. Así fue como, al citarle desde la puerta del Casino, el toro acudió, tiró un derrote y al ver que los palos no estaban muy sujetos, arremetió de nuevo, hizo más ancha la abertura y por ahí se coló. Lo que paso dentro fue “la debacle”. Había una mesa de billar y el toro la derribó. Los que pudieron salir lo hacían llenos de pánico, con las ropas destrozadas, otros se subieron por la escalera al piso superior o donde buenamente pudieron. La suerte que tuvieron es que el piso era de cemento muy fino y el toro resbalaba y caía de bruces cada vez que derrotaba. Tal es así que para que luego pudiera de nuevo volver a la plaza tuvieron que echar serrín en el suelo, porque el animal tomó miedo, no se atrevía a moverse. Lo más natural es que se hubieran registrado víctimas, pero todo quedó en un susto y los comentarios para mucho tiempo.

La albarda es un tipo de arreo de los animales de carga

Este mismo toro y alguno más que terminaban haciéndose dueños de la plaza por cargarse a los toreros, tenían una terminación más trágica que la propia lidia y muerte a la que estaban condenados. Se les enmaromaba con una cuerda gruesa a la farola que estaba en el centro de la plaza. Y poco a poco, tirando de las puntas, se los ahormaba contra ella y allí se los remataba. Esto fue bastante criticado fuera del pueblo ya que decían que ahorcábamos a los toros como si fueran delincuentes. Donde más te lo recordaban era en el pueblo de Las Rozas, que como nunca nos hemos llevado bien, esto les sirvió de pretexto para vituperarnos. No era nada extraño que si visitabas este pueblo te lo recordaran a voces: “¡Majariego!, ¿Vais a dar también este año “garrote vil” a los toros?”. Otras veces, recordando una leyenda (imaginaria desde luego), te decían: “¡Majariego!, ¿Cómo va la Ballena?”, ¿Tiene ya cría?” . Y es que según esta falsa leyenda, en tiempos remotos hubo uno que vio un bulto flotar en las aguas de la Laguna, este se alarmó y avisó a los demás conciudadanos, armándose de escopetas y garrotes para mata al “monstruo”, resultando que era una albarda vieja que habían arrastrado allí las aguas en alguna tormenta.

El mito de la albarda perdura en el logotipo de la peña majariega

Este chasco, suponiendo que fuera verdad, fue comentado y si fue imaginado el que lo inventó, tuvo un gran éxito porque la leyenda perduró después de varias generaciones. El caso es que nadie te lo recordaba, nada más que los “rozeños” y solo en su pueblo, porque fuera no se atrevían a decírtelo. Para hacerte más enfadar te cantaban una canción: “Todos los majariegos, iban en ala, a matar a la ballena, y era una albarda”. Nosotros, como contraste, les decíamos lo de la “Mielga”: habiendo una vez en la torres de su pueblo una “Mielga”(alfalfa silvestre) que se había criado allí, ataron a un burro una soga por el pescuezo y con una cuerda le hicieron subir.

Plaza de Toros de Majadahonda

Cuando el animal iba llegando arriba ya estaba ahogado por la fuerza de la gravedad. Y como abría la boca, decían los de abajo: “¡Mira cómo se ríe cuando ha visto la mielga!”. Todas estas leyendas y rencillas eran fruto de la proximidad de los dos pueblos, que distaban entre sí unos dos kilómetros. Pero a fuerza de imparcialidad diré que los de este pueblo de Las Rozas nos tenían mucha envidia en todos los sentidos. Así, por ejemplo, si los toros habían salido buenos en Majadahonda, ellos buscaban al ganadero aquel y le compraban los toros con la condición de que fueran más grandes. Si el torero quedaba bien en nuestro pueblo, lo buscaban para llevarlo al suyo y así en todas las cosas que pudieran copiar… Pero siempre con la intención de superarlas, por tanto eran unos “remolques”. Creo que he dejado entrever bastante la afición a los toros que existía en el pueblo, donde más o menos todo el mundo se sentía torero, aunque en realidad ninguno ha llegado a cuajar de tantos como lo han intentado.

Deja un comentario

Su correo no será publicado.