
«Leo conmovido que Yago se dejó la vida junto a una mediana cuando pintaba ya nunca sabremos no sé qué cosa. Y siento mucho su muerte, yo también, como he llorado la de algún alumno o ex alumno a quien la muerte me lo arrebató, si de muerte voluntaria peor todavía».
VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 7 de abril de 2026). Réquiem por un grafitero. Cualquier muerte duele. Duele porque morir es un acto tan innecesario como brutal. Aun muriendo la persona tumbada en un lecho, al borde quienes lo han acompañado en vida rezando trémulos religiosos o laicos, no deja de ser un golpe espantoso. Y quienes no vamos acercando al momento del gori-gori, y estamos dejando detrás nuestra tantas ausencias, sabemos esta verdad como hoja que no tiene vuelta. Morir: un acto sin sentido. Lo escribió “Combat” en portada a la muerte de su mentor: “Absurdo, Camus ha muerto”. Albert Camus, destrozado, a bordo del “Facel Vega” que conducía su editor, Michel Gallimard. Estos días, en una de nuestras carreteras ha muerto Yago, un grafitero de 17 años, la misma edad de los muchachos con los que me movía, ahí atrás, por Italia. Bien podía Yago haber sido uno de ellos: que alguno ama, también, ese arte abierto, a la vida, a la muerte, en este caso, de pintar paredes, murallas; “abre la muralla”, decía aquella canción pretérita y ya preterida, me temo. Ese arte, en fin, a veces tan arriesgado como la juventud de quienes lo practican. Arte incívico, a veces, ya se sabe. La juventud es un arte, también, a veces incívico y siempre rebelde. “Afanes de juventud, de hacer ruedas cuadradas”, cantaba Francesc Pi de la Serra. “Carpe diem” [«Aprovecha el día»], escribió Horacio, y la alocución se hizo universalmente famosa por aquella película de Robin Williams: “El club de los poetas muertos”. Robin Williams, años después él mismo suicida como aquel alumno que vestía de luto el “Carpe diem” de aquellos poetas.
Y por cierto que Horacio decía, literalmente: “Carpe diem quam mínimum credula postero”. Esto es: “cosecha el día, confiando apenas en el futuro”. Un verso, en fin, más propio para los viejos como yo que nos aferramos a la vida e intentamos vivirla con alegría. Y lo digo con el corazón haciéndome el bajo del “Cuore” de Rita Pavone cuando leo conmovido que Yago se dejó la vida junto a una mediana cuando pintaba ya nunca sabremos no sé qué cosa. Y siento mucho su muerte, yo también, como he llorado la de algún alumno o ex alumno a quien la muerte me lo arrebató, si de muerte voluntaria peor todavía. Que entonces mi desconsuelo se ha ido navegando por el Guadarrama como las hojas del otoño aquel de Kosma&Prevert. Y lo digo así, en un Sábado Santo teñido por todos los lados de luto. Aquí, también.

«Que Yago está en el cielo de los grafiteros. Yo quiero dedicar a Yago y a los suyos este réquiem, bien sentido, al bum-bum del corazón, por un grafitero caído en Majadahonda, un día de marzo del 26».
Y siento pena por el conductor que atropelló a Yago/ Yaguiño (uso el diminutivo gallego porque es el que más me estimula) como lo sentí por aquel maquinista que en Las Matas se llevó a los espacios siderales el alma de un muchacho al que quise tanto y se llamaba como el poeta más alto de la Poesía Occidental, santo místico, místico tan elevado como la Teresa que vengo de ver en Roma, alzada con Lorenzo Bernini. Y aquel maquinista lloraba en el entierro de nuestro Juan de la Cruz. Como el que se llevó por delante, hacia arriba, a Yago ha de estar sufriendo. Y a la madre de Yago/ Yaguiño, como padre, abuelo, profesor en activo, quiero decirle que ningún llanto es inútil, ninguna oración, religiosa o laica, tampoco. Que Yago está en el cielo de los grafiteros. Y que decir juventud rebelde, en lo que tiene de pleonasmo, es decirlo todo, aunque a veces parezca nada. Que la muerte, por ser absurda, tampoco es nada. Yo quiero dedicar a Yago y a los suyos este réquiem, bien sentido, al bum-bum del corazón, por un grafitero caído en Majadahonda, un día de marzo del 26.





Pobre chico. Bonito y conmovedor homenaje Vicente