Gran Vía de Majadahonda: «Y el 28 de este enero del 2026, que nos ha dado frío, tampoco tanto, y la sensación de que en Majadahonda vive gente muy agradable, atenta al vecino, con un aquel de calidad humana que en otros lugares hace tiempo que se ha perdido»

VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 30 de enero de 2026). Y la nieve Majada. Amo la nieve. Ese reducto blanco del sentimiento que no alcancé a ver hasta mis 12 años, en aquel Ferrol donde nunca nevaba, y –de pronto, 1963–- cayeron unos copos alborotando a los muchachos que, como yo, estrenábamos ese remolino de jazmines y locura de amores imposibles al borde ya de tantas cosas nuevas. Luego, después, Navacerrada, en viaje escolar, y entonces sí había nieve abundante en ella, y yo acabaría escribiendo un libro en gallego: “Cando fóramos nevar” (Cuando fuimos a nevar). Y en la cubierta aparece un chico, chaquetón entallado, pantalón de campana, flequillo jubiloso, probablemente yo o casi yo, no sé.

Vicente Araguas

Y EL 28 DE ESTE ENERO DEL 26, QUE NOS HA DADO FRÍO, tampoco tanto, y –al menos a mí– la sensación de que en Majadahonda vive gente muy agradable, atenta al vecino, con un aquel de calidad humana que en otros lugares hace tiempo que se ha perdido. Y hablo, también, de la alegría cordial, ese “buen día” o “disculpe”, por delante, que prodiga la guapa gente que vino del otro lado del Atlántico. Y hablo bien, igualmente, de quienes vienen del otro lado del Estrecho, y nos surten de fruta, aquí, en nuestro pueblo (casi que me gusta más que ciudad, aunque lo sea), y –de nuevo, al menos en mi caso– nos cortan el pelo y organizan el bigote a quienes lo tenemos, en expresión que tanta gracia le hacía a mi amigo, el “Cervantes” Luis Mateo Díez. EL CASO ES QUE EL 28 ME ECHÉ A LA CALLE TEMPRANITO, a cumplir con mis docencias, y un vecino valenciano, ya de vuelta a casa, me informa de la blancura que el cielo nos está enviando. Con profusiòn, en procesión blanquísima desde lo alto. Y nosotros, aquí, abajo, tan blanqueados, camino –yo– de la parada del autobús, Parque de la Laguna dirección el Pardillo, con giro en la M-50, destino Molino de la Hoz, donde me espera poco personal discente. Que, además, irá disminuyendo a lo largo de la jornada. Y es que, aquí, la nieve de puro cogernos de sorpresa hace de nuestra vida algo tan especialmente provisional cuando nieva que no somos sino copos diluidos en el aire frío y puro, de esencia serrana. Nieve provisional como ave de paso. Así los cormoranes de Molino de la Hoz, que el miércoles de la nieve seguían, imperturbables, en el posadero derrumbado, hoy, desidia, en tiempos un regalo maravilloso del escultor húngaro Miklos Pàlfy para que las aves peregrinas recalasen en este lugar del Río Guadarrama.

«Parque de la Laguna dirección El Pardillo, con giro en la M-50, destino Molino de la Hoz, donde me espera poco personal discente»

Dirección El Pardillo: «Y nosotros, aquí, abajo, tan blanqueados, camino –yo– de la parada del autobús»

ESTABAN LOS CORMORANES BAJO LA NIEVE, blanco y negro impecable como el arte fotográfico cuando quiere hacer más profundo un rostro, una apariencia. Y luego, a la vuelta, Majadahonda en la nieve. Majadahonda en punto de nieve. Como en los viejos tiempos (“Filomena”, anomalía considerable) cuando, normalmente en febrero, la nieve siempre nos visitaba. Un par de días cuando menos, y todo era sorpresa calmada con los copos cayendo perezoso, como un discurso de amor nada precipitado, como un “¿qué seré yo sin ti?” a la luz mortecina del amanecer. Como salir de casa el miércoles 28 de enero, y todo se va cubriendo de blanco. Como esos pañuelos del adiós cuando ya no queda nada sino otra cosa. Así la nieve y el muñeco que unos niños hicieron en la Travesía San Joaquín. Tan bien hecho que hasta tenía gorro, nariz-zanahoria y bufanda. Luego, por la tarde, ya todo se estaba viniendo abajo. Y la nieve era una tristeza sucia. Y la nieve estaba sucia. Como en aquella novela del gran Simenon. Mucho más que el Comisario Maigret, ya se sabe.

Majadahonda Magazin