«Cuando un responsable político recurre a términos como “casposos”, “manipuladores” o “mentirosos” para referirse a ciudadanos que simplemente ejercen su derecho a informarse, opinar o preguntar, algo se ha quebrado en la relación entre representantes y representados. No lo digo desde la indignación visceral, sino desde la convicción serena de que la política democrática exige respeto»

MIGUEL SANCHIZ. (Majadahonda, 13 de marzo de 2026). La descalificación no es política. He leído con preocupación y tristeza las palabras del portavoz municipal del Partido Popular (PP) en Majadahonda, Raúl Terrón, dirigidas contra lectores, colaboradores y vecinos que participan en la vida pública de nuestra ciudad. Cuando un responsable político recurre a términos como “casposos”, “manipuladores” o “mentirosos” para referirse a ciudadanos que simplemente ejercen su derecho a informarse, opinar o preguntar, algo se ha quebrado en la relación entre representantes y representados. No lo digo desde la indignación visceral, sino desde la convicción serena de que la política democrática exige respeto. El debate público puede ser duro, incluso áspero en ocasiones, pero jamás debería degradarse hasta el insulto. Menos aún cuando el destinatario de esas descalificaciones son vecinos que, lejos de buscar rédito político, lo único que han hecho es interesarse por la gestión de un espacio municipal y pedir transparencia sobre su uso. Conviene recordar algo elemental: los vecinos no son adversarios políticos. Los ciudadanos no son enemigos a los que haya que desacreditar. Y los lectores de un medio local —sea cual sea su línea editorial— no merecen ser tratados con desprecio por quien ostenta responsabilidades públicas.

Miguel Sanchíz

LA DESCALIFICACIÓN COLECTIVA DE DE QUIENES INFORMAN, LEEN O COLABORAN CON UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LOCAL EMPOBRECE LA VIDA PÚBLICA DE MAJADAHONDA. Un concejal puede discrepar de una moción, rechazar una propuesta o defender con firmeza la posición de su grupo. Eso forma parte del juego democrático. Pero cuando para justificar un voto se recurre a la descalificación colectiva de quienes informan, leen o colaboran con un medio de comunicación local, se cruza una línea que empobrece la vida pública de Majadahonda. Especialmente llamativo resulta el contraste entre la cordialidad mostrada en privado durante una visita institucional y la dureza del lenguaje empleado posteriormente en el pleno. La política no puede convertirse en un escenario donde se sonríe en los paseos y se insulta desde el atril. La coherencia entre lo que se dice cara a cara y lo que se afirma en público es una condición mínima de credibilidad.

«En este caso concreto, los vecinos del entorno del Punto Limpio y del Tanque de Tormentas llevan tiempo solicitando información. No piden privilegios ni favores»

TAMBIÉN RESULTA DIFÍCIL DE ENTENDER LA NEGATIVA A REUNIRSE CON LOS VECINOS AFECTADOS. Escuchar a los ciudadanos no es una concesión graciosa del poder: es una obligación inherente al cargo. Quien gobierna debe estar dispuesto a atender preguntas incómodas, a explicar decisiones y a dialogar con quienes se sienten preocupados por lo que ocurre en su barrio. En este caso concreto, los vecinos del entorno del Punto Limpio y del Tanque de Tormentas llevan tiempo solicitando información. No piden privilegios ni favores. Piden algo tan básico como saber qué ocurre en un espacio municipal cercano a sus viviendas y qué uso se le está dando. En una democracia madura, esa demanda debería responderse con datos, explicaciones y diálogo, nunca con descalificaciones.

Prensa Local de Majadahonda: «Se podrá discrepar de sus enfoques, de sus titulares o de sus interpretaciones, pero deslegitimarla mediante el insulto es una forma de evitar el debate que realmente importa»

LA PRENSA LOCAL CUMPLE UNA FUNCIÓN NECESARIA: contar lo que sucede en la ciudad, recoger las inquietudes de los vecinos y someter la acción pública al escrutinio ciudadano. Se podrá discrepar de sus enfoques, de sus titulares o de sus interpretaciones, pero deslegitimarla mediante el insulto es una forma de evitar el debate que realmente importa. No creo que Majadahonda merezca una política de trincheras verbales. Nuestra ciudad necesita representantes que discutan ideas, no que etiqueten a los ciudadanos. Necesita diálogo en lugar de desprecio y argumentos en lugar de descalificaciones. Por eso, más allá de la polémica concreta, creo que este episodio debería servir para recordar algo sencillo: la política local es, ante todo, un servicio público. Y servir a los vecinos implica escucharlos, respetarlos y responder a sus preguntas con claridad. Conviene además no olvidar algo igualmente básico: son los vecinos quienes votan en las elecciones y quienes, con sus impuestos, pagan el sueldo de sus representantes. Las palabras tienen peso, especialmente cuando las pronuncia quien ocupa responsabilidades institucionales. Por eso convendría utilizarlas con prudencia, con respeto y con la conciencia de que, detrás de cada lector, colaborador o vecino, hay simplemente ciudadanos que quieren lo mejor para su ciudad. Y eso, lejos de ser un problema, debería ser siempre una buena noticia.

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