
Decreto de la Alcaldía-Presidencia del Ayuntamiento de Majadahonda: «Como testimonio y muestra de dolor de los vecinos de Majadahonda por los fallecidos en el accidente ferroviario acaecido en Adamuz (Córdoba) dispongo: Declarar tres días de luto oficial en el municipio de Majadahonda, desde las 00.00 horas del día 20 de enero hasta las 24.00 horas del día 22 de enero de 2026, durante los cuales la Bandera Nacional ondeará a media asta en todos los edificios municipales».
MIGUEL SANCHIZ. (21 de enero de 2026). El dolor compartido y el silencio selectivo. Nada podrá devolver la vida a quienes la perdieron en un accidente ferroviario. Nada aliviará el vacío que deja una tragedia que irrumpe sin aviso y desgarra a familias enteras. Ante el dolor, el silencio respetuoso suele ser la única respuesta digna. Y, sin embargo, cuando la desgracia es colectiva, las instituciones hablan. Comparecen. Declaran días de luto. Expresan, con palabras solemnes, un dolor que dicen compartir. No dudo de la sinceridad humana de muchas de esas manifestaciones. Sería injusto pensar que todo es cálculo o escenografía. Pero el contraste resulta inevitable cuando se observa la rapidez con la que se activa el lenguaje institucional del duelo frente a la lentitud —cuando no el mutismo— con la que se responde a otras formas de sufrimiento ciudadano. Porque los vecinos no solo sufren cuando ocurre una catástrofe repentina. Sufren también cuando se sienten abandonados. Cuando denuncian irregularidades que nadie investiga. Cuando observan cómo se incumplen obligaciones básicas sin consecuencias. Cuando se topan, una y otra vez, con casos probados de latrocinio que se diluyen en el laberinto administrativo. Ese dolor, más lento pero no menos profundo, rara vez recibe una respuesta proporcional. ¿Por qué el dolor de la tragedia convoca declaraciones unánimes y el dolor de la injusticia provoca silencios incómodos? ¿Por qué la compasión institucional parece reservada para lo inevitable y no para lo evitable? Tal vez porque la catástrofe no señala culpables directos. No incomoda. Permite un consenso fácil. La indignación vecinal, en cambio, interpela, exige explicaciones y reclama responsabilidades. Y ahí el discurso público se vuelve prudente, técnico, evasivo…
Y AHORA HABLEMOS DE TRENES. Tuve oportunidad de viajar en el trayecto inicial del Talgo Madrid-París y hay que confesar la maravilla que supuso recorrer esa distancia en tan poco tiempo y con tanta comodidad como ofrecía el Tren Autoligero Goicoechea Oriol. Aquel viaje no fue solo un desplazamiento físico, sino una experiencia de confianza: en la ingeniería, en el servicio público y en una idea de progreso bien entendido. El tren es, en el fondo, la prolongación técnica de un gesto humano primario: caminar. Avanza sobre la tierra, sigue la lógica del paso, del trayecto y de la continuidad. No niega nuestra naturaleza; la amplifica. Por eso genera una sensación de seguridad casi ancestral: seguimos en contacto con el suelo, con el tiempo medible, con la distancia comprensible. El avión, en cambio, responde a otra ambición. No prolonga un gesto humano, sino que intenta corregirlo. Volar no nos pertenece. Es un acto antinatural para el ser humano. Nos traslada con eficacia, sí, pero a costa de romper la experiencia del camino. El tren acompaña el paisaje; el avión lo sobrevuela. Uno vertebra; el otro salta.

Decreto de la Alcaldía-Presidencia del Ayuntamiento de Majadahonda: «suspender todos los actos públicos oficiales, durante el tiempo decretado como luto oficial. Dar traslado del presente Decreto a todos los servicios municipales. Comunicar el presente Decreto a los portavoces de los grupos políticos municipales»
TAL VEZ POR ESO EL TREN HA SIDO HISTÓRICAMENTE SÍMBOLO DE PROGRESO COMPARTIDO. Y por eso, cuando falla, no falla solo una máquina: falla una forma de cuidar lo público. Los accidentes rara vez son puro azar. Suelen ser la consecuencia final de decisiones previas, de advertencias ignoradas, de mantenimientos pospuestos y de responsabilidades diluidas. El ciudadano que protesta antes de la tragedia no busca consuelo, busca respuestas. No exige minutos de silencio, sino explicaciones claras. Pero ese clamor previo apenas encuentra eco. No hay comparecencias solemnes para la negligencia acumulada. No hay luto oficial por la confianza perdida. No se trata de enfrentar dolores ni de cuestionar los gestos de duelo institucional. Se trata de coherencia cívica. Si las instituciones hablan en nombre de todos cuando ocurre una catástrofe, deberían escuchar a todos cuando se denuncian los fallos que pueden evitarla. Si hay palabras para el pésame, debería haberlas también para la exigencia de responsabilidades. Porque el respeto a las víctimas empieza mucho antes del accidente. El verdadero progreso no consiste en desafiar nuestra naturaleza, sino en desarrollarla con inteligencia, cuidado y respeto. Como el tren, cuando está bien pensado. Y como la vida pública, cuando se gobierna no solo con gestos solemnes, sino con responsabilidad diaria, atención constante y rendición de cuentas ante los ciudadanos a los que se representa.





En este país nos han acostumbrado a q hasta q no hay una desgracia, no hay una solución.
Creo q la misma no aparece, llega el parche
Quien debe aprender???
Todos nosotros q debemos exigir