
«Y el 18 brotó a lo grande la niebla, procedente del Guadarrama. Los ríos suelen ser buenos transmisores de ella, y la llanura donde nos hallamos, más la ausencia de altos de porte muy elevado, favorecen su propagación».
VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 15 de enero de 2026). Mañanitas de Niebla. Salgo de casa, tempranito, estos primeros días de enero, fríos como un amor indiferente, desapacibles como las guerras cuando no terminan de cicatrizar, y me dirijo hacia mi parada de transporte escolar. En Doctor Marañón, detrás el Parque de la Laguna, bien organizado, donde estuvo un remedo de cosa lacustre, agua –poca– pluvial, secarral veraniego, origen onomástico de la Peña La Albarda, me dicen, por aquel aparejo que en ella apareció flotando. Dando pie a que un atolondrado, el cuento se repite en bastantes lugares, la tomase por una ballena. La historieta, en fin, ahí quedó, para hacer sonreír a unos y a otros, y tienen un no sé qué de chiste de Gila o de aquel Agamenón, creado por Estivill para los tebeos de Bruguera. Y es que Majadahonda, parte ahí de su gracia, tiene todavía el regusto o el recuelo de cuando era pueblo agrícola y ganadero. Antes de la guerra y aun, un tanto, después de ella. Que en España esta del 36-39 fue el último acontecimiento histórico traumático (sus consecuencias, la dictadura, también, pero a modo de secuela). E interpreto trauma, etimológía griega para herida o lesión, también como tajo, que nos habla de un antes o después de algo.
Y lo cierto es que en frente de mi parada autobusera se alza un edificio competente, morada amplia a día de hoy, de factura moderna, pero en la que un buen criterio constructor mantuvo el enrejado exterior, espléndido, y la muralla de ladrillo visto, cual se construía en la zona semiserrana, como la nuestra, y en la Sierra propiamente dicha. Y en ella podemos ver restos de los impactos de proyectiles bélicos de cuando, “Batalla de la Carretera de La Coruña”, Majadahonda pasaría de manos republicanas a las nacionales, procedentes de Boadilla del Monte, al mando del entonces teniente coronel Asensio Cabanillas (no confundir con el coronel republicano, Asensio Torrado). Esa batalla tuvo lugar entre diciembre del 36 y enero del 37. Pero, y voy al panorama nebuloso que nos envuelve estas mañanitas, a esa batalla, de las más importantes en el cerco de Madrid, tuvo lugar el 18 de diciembre (del 36, dígase de nuevo) y los contendientes de un bando venían, ya se dijo, de Boadilla, los republicanos, de Las Rozas: se trataba, por el bando nacional de cerrar el paso, hacia y desde Madrid, de las carreteras de La Coruña y de El Escorial, tan próximas.

«Y es que Majadahonda, parte ahí de su gracia, tiene todavía el regusto o el recuelo de cuando era pueblo agrícola y ganadero»
Y el 18 brotó a lo grande la niebla, procedente del Guadarrama. Los ríos suelen ser buenos transmisores de ella, y la llanura donde nos hallamos, más la ausencia de altos de porte muy elevado, favorecen su propagación. Gustav Regler habló, en “The Great Crusade” de un suceso similar en “nuestra guerra”, qué duro y, sin ermbargo, qué líricamente épico suena este título de Enrique Lister para el libro de su autoría referido a ella. Y Regler habla de cómo “los batallones deambulaban ciegos a uno y otro lado de la niebla”. Y aun siendo un espacio ideal me fascina ver en “¡Ay, Carmela!”, del gran Carlos Saura, como Andrés Pajares y Carmen Maura, “Carmela y Paulino, variedades a lo fino”, se pierden en medio de la niebla, también la bélica, y aparecen en medio del bando nacional y obligados a actuar para él en una escena que acaba en “pathos”, total y absoluto. Yo mismo, en fin, en mi poema “Luces del puerto” (“El deseo aislado”, Sial/ Pigmalión), acabo un recorrido en bicicleta por nuestra Avenida de España, en día de enero, y –náufrago entre la niebla– me encuentro con quienes: “Vienen de vuelta, náufragos del tiempo/comidos por la derrota, leyenda/ que no cesa, si el cielo, tras la niebla,/ se anuncia rojo, amarillo y morado./ Vienen del tiempo y me pongo a su altura./ Lejos –pavesa- el pueblo de Brunete.” Por lo demás, ya sabéis: “mañanitas de niebla, tardes de paseo.” Sí.





Poco a poco
Discutiendo los padres enamorándose los hijos y jugando a la play los nietos se nos ha pasado casi el siglo. Hablas del 36 y de la niebla que parece la misma y me vienen a la mente los versos del poeta
“Nada es lo mismo, nada permanece
Salvo la Historia y las morcillas de mi tierra
Se hacen las dos con sangre, se repiten.”
Qué grande Ángel González! Y qué pena un país como el nuestro tan guerra civilista. A veces me preguntó cómo es posible que aquella tragedia no nos dejase vacunados para siempre. Un abrazo grande como tú, Ana.
Ahora que siento algo las manos, os informo que en Majadahonda hemos tenido lluvia, frío, niebla y el milagro de estos grandes artículos de Don Vicente
Don Jorge, gracias por su glosa; óptima.
La A6 despejada de niebla en Majadahonda y Pozuelo, pero el busVao A6 cerrado a cal y canto. A veces lo que se hace, pero sobre todo lo que se deja de hacer y vigilar, tiene consecuencias sobre el día a día de otras personas: DGT
Muy cierto, gracias, Antonio.
«Continúan los combates en torno a Majadahonda y Las Rozas, hacia donde han sido desplazados más brigadistas. Las condiciones climáticas, especialmente la niebla, continúan dificultando las operaciones». Os paso enlace de «ÚLTIMA HORA 1938» la cuenta de @CivilWarNews4 para continuar el relato de Vicente Araguas