
Manuel Hurtado Marjalizo, vecino de Majadahonda y escritor de novelas con memoria y misterio: «No es que estemos ahora es un escenario parecido a los prolegómenos de la Primera Guerra Mundial, pero hay cosas que siempre se repiten: el fanatismo, el poder de los fuertes, las medias verdades que mueven montañas, el fomento del odio…»
MIGUEL SANCHIZ. (Majadahonda, 30 de agosto de 2025). Manuel Hurtado Marjalizo: el vecino de Majadahonda que escribe novelas con memoria y misterio. Hay autores que construyen sus libros como arquitectos, con planos y cálculos minuciosos, y otros que prefieren caminar sin mapa, confiando en que el relato les revele su propio secreto. Manuel Hurtado Marjalizo pertenece a esta segunda estirpe. Ingeniero de minas de formación, directivo de una gran multinacional por oficio y narrador por vocación profunda, vive desde hace años en Majadahonda, donde su rutina diaria convive con una pasión callada: la literatura. Su nombre ya resonó en las bibliotecas con «La librería del callejón» y «El cementerio de los suicidas», obras que le ganaron lectores fieles en toda España antes de su estreno con «La hora del lobo gris». Ahora regresa con «El último secreto de Matías Zimmermann«, una novela donde se entrelazan la Europa convulsa de la Primera Guerra Mundial y la España de los años cincuenta, dos escenarios cargados de incertidumbre y transformación. Con su habitual pulso narrativo —intriga, ritmo y personajes que respiran verdad—, Hurtado Marjalizo invita al lector a viajar entre épocas, ciudades y dilemas morales, manteniendo siempre esa tensión entre el misterio exterior y la fragilidad interior de sus protagonistas. Conversar con él es descubrir a un vecino discreto, de mirada curiosa y memoria entrenada, que no solo escribe thrillers históricos: escribe también la persistencia de la vida y el poder de las segundas oportunidades. En esta entrevista, nos adentramos en su universo creativo, en los pliegues de su nueva obra y, sobre todo, en la mirada íntima de un escritor que lleva a Majadahonda en el corazón mientras construye puentes entre la Historia y la ficción.
El último secreto de Matías Zimmermann se mueve entre la Primera Guerra Mundial y la España de los años cincuenta. ¿Qué descubriste de ti mismo al sumergirte en dos épocas tan distintas y a la vez tan llenas de grietas? –Tanto la Primera Guerra Mundial como lo que más tarde se llamó el desarrollismo en España fueron épocas apasionantes con tendencias muy opuestas, en una se pasó de la alegría de la Belle Époque a la tragedia de la guerra y en la otra de las privaciones de la postguerra a las oportunidades de la clase media. Sumergirme en estas dos épocas me ha permitido construir un relato de anhelos y ambiciones, una narración que demuestra que la felicidad siempre es frágil y que la perseverancia tiene su recompensa. Tus novelas se apoyan en un doble eje narrativo. ¿Qué tiene la alternancia de tiempos y escenarios que, a tu juicio, refleja mejor la complejidad de la vida real? –Mis novelas siempre tienen dos tramas que se alternan. Creo que esto permite al lector ir viendo el relato desde dos prismas que finalmente convergen y terminar entendiendo a personajes muy diferentes que se mueven por distintas motivaciones. En el fondo, la vida real no es más que un cúmulo de teselas que se van juntando hasta formar nuestro propio mosaico.

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Matías Zimmermann es un personaje que vive rodeado de secretos. ¿Qué secreto humano –no literario– crees que es más difícil de sostener: el del pasado que no se quiere contar o el del presente que no se atreve a confesar? –Mantener un secreto siempre es difícil, te obliga a vivir vigilante y, en cierta medida, a tener un comportamiento impostado, pero hasta el más íntimo secreto tiene un buen momento para ser desvelado, como le ocurre a Matías Zimmermann al final de mi novela. En esta novela hay espías, traiciones e intrigas, pero también silencios y fragilidades. ¿Cuál de esas dos dimensiones pesa más en tu escritura: la tensión externa o la intimidad que se resquebraja por dentro? –Uno de los elementos más importantes para mí en una novela es que el relato sea creíble y para ello es necesario que los personajes estén bien construidos, que el lector sienta sus debilidades y que entienda su comportamiento. Sin embargo, la tensión en el relato resulta también necesaria, esa intriga que mantiene al lector durante toda la novela con lo que yo llamo “hambre de lectura”.

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La Primera Guerra Mundial fue un escenario de derrumbe de certezas. ¿Qué paralelismos ves con nuestro tiempo, donde parece que también se tambalean los mapas conocidos? –Hay un dicho que reza que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Yo diría que incluso más de dos. No aprendemos de nuestro pasado y volvemos a caer repetidamente en las mismas trampas. No es que estemos ahora es un escenario parecido a los prolegómenos de la Primera Guerra Mundial, pero hay cosas que siempre se repiten: el fanatismo, el poder de los fuertes, las medias verdades que mueven montañas, el fomento del odio… Definitivamente, no aprendemos. Has dicho que escribes sin guion, dejándote llevar por la sorpresa. ¿Hubo algún giro en «El último secreto de Matías Zimmermann» que incluso a ti te descolocó? –Por supuesto que sí. Esa es para mí parte de la magia de escribir, la sorpresa. Voy construyendo el relato a medida que lo escribo, como si fuera un lienzo en blanco. Eso es lo que me divierte y creo que valora el lector. Cuando imaginé el final de «El último secreto de Matías Zimmermann», el primer sorprendido fui yo.

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Federico Andrade, ese “tipo duro que la vida ha tratado mal”, conecta con el lector por su vulnerabilidad. ¿Qué parte de tu experiencia personal se filtra en la forma en que dibujas a personajes aparentemente fuertes, pero secretamente frágiles? –A medida que uno escribe novelas trata de crear personajes que sólo existen en tu cabeza, distinto es al principio que buscas apoyarte en personajes que han pasado por tu vida o en ti mismo. Dicho esto, para mí Federico Andrade es un personaje entrañable, envuelto en la aparente rudeza que le ha dado la injusticia de su vida, hay un hombre con principios morales irreprochables que no puede olvidar a la que fue la mujer de su vida. No tiene mucho que ver con mi pasado, pero me siento muy identificado con tipos como él. Tus libros viajan por ciudades y paisajes: Madrid, París, Berlín, Málaga… ¿Cuál de esos lugares se quedó más contigo, no como escenario, sino como huella interior? –He pasado en Madrid muchos años de mi vida (una buena parte de ellos en Majadahonda) y debo reconocer que la ciudad me ha tratado muy bien, por lo que para mí tiene un significado especial. Todas mis anteriores novelas tienen mucho que ver con Madrid. También París me parece una ciudad fascinante. Yo he vivido en ella un tiempo y he aprendido a recorrer sus calles, sus cafés y alguno de sus maravillosos rincones que me han ayudado a comprender su pasado.
El thriller suele leerse como género de entretenimiento, pero en tus páginas late también un afán de memoria. ¿Qué te interesa rescatar del pasado para que no quede sepultado en el olvido? –Intento que mis novelas se enganchen a hechos reales, acontecimientos que construyeron el pasado para que el lector tenga la oportunidad de conocerlos y, si es curioso, estudiarlos más a fondo. En «El último secreto de Matías Zimmermann» he intentado rescatar el ambiente que se vivía en la calle durante la Primera Guerra Mundial, su crudeza y su sinsentido. Respecto al relato de los años 50, es la España de la que venimos, la que vivieron nuestros padres o abuelos y creo que es justo revivirla en honor de quienes fueron sus protagonistas. Si tu vida fuera una novela, ¿te gustaría que tuviera la misma estructura que las tuyas –dos historias que se cruzan en paralelo– o prefieres pensar que existe una sola trama clara? –La vida en general tiene muchas aristas, muchos escenarios, mucha gente que te rodea e incluso muchas circunstancias que te obligan a adaptarte. Como dije antes, creo que la vida es un complejo mosaico que se va formando día a día.

«He pasado en Madrid muchos años de mi vida, una buena parte de ellos en Majadahonda, y debo reconocer que la ciudad me ha tratado muy bien, por lo que para mí tiene un significado especial»
En un tiempo en que la prisa manda, tus novelas invitan al lector a demorarse en detalles históricos. ¿Escribirlas ha sido para ti también un modo de resistirte al vértigo del presente? –Una buena novela para mí es aquella que permite al lector sumergirse en su relato, olvidarse de los quehaceres y sinsabores del día a día y disfrutar navegando entre sus renglones con sus personajes y su trama. Si el lector no disfruta, la novela no ha conseguido su objetivo. Pero para eso también me parece necesario que el relato esté “enganchado” a hechos reales, cosas que realmente ocurrieron y que terminan haciendo creer al lector que aquello que le cuentas pudo haber pasado. Esta es para mí la fórmula para dejar huella en el lector. Cuando cierras los ojos el día después de haber entregado esta novela a los lectores, ¿qué imagen desearías que se quedara grabada en ellos, incluso más allá de la trama? –La mejor imagen que podría quedar es la de una hermosa historia que los llevó en volandas durante unos días, que le hizo viajar de una ciudad a otra y de una época a otra y que, al final, les dejó un buen sabor de boca.
Preguntas acertadas que motivan a perdernos por las páginas de El Último Secreto descubriéndonos también a su autor
Buena entrevista Miguel