La Reina del Ajedrez y la Exposición en la Casa de la Cultura de Majadahonda. «La desaparición del consejero débil y la irrupción de una reina poderosa dicen mucho más que una simple modificación de reglas. Hablan de una sociedad que empezaba a aceptar que el poder podía ejercerse de otra manera». Sin embargo, la alcaldesa no estuvo en la inauguración de la interesante exposición fotográfica inaugurada este lunes en la Casa de la Cultura. En la imagen, Isabel la Católica y la Reina Letizia

MIGUEL SANCHIZ. (Majadahonda, 4 de febrero de 2025). La reina que cambió el juego. Aprendí a jugar al ajedrez en la adolescencia, como se aprenden tantas cosas importantes: sin método, sin maestros y con una mezcla de curiosidad y respeto. Había un tablero en casa —de esos plegables, con las piezas guardadas dentro— y alguien me explicó una tarde cómo se movía cada figura. El rey, la torre, el alfil… y aquella pieza poderosa, la reina, que avanzaba como nadie más y parecía contener en sí misma todas las posibilidades del juego. Eso no me impidió, sin embargo, admirar profundamente a quienes sí dominaban ese mundo. En mis años, el nombre que resumía el ajedrez español era uno solo: Arturo Pomar. Pomar fue, para muchos de nosotros, algo más que un ajedrecista prodigio: fue la prueba de que desde España también se podía pensar a la altura de los grandes.

Majadahonda: Interesante exposición, deslucida inauguración. Este lunes 2 de febrero (2026) se inauguró la exposición “Crónica de 10 años de reinado”, con fotografías de la agencia GTRES que ilustran una década de servicio a la Corona y a todos los españoles. La Sala de Exposiciones “Ángeles Santos” de la Casa de la Cultura “Carmen Conde” de Majadahonda (Plaza de Colón, s/n) muestra hasta el 15 de febrero, de lunes a viernes de 10 a 14 horas, y de 17 a 21 horas y los sábados de 10 a 13:30 horas y de 17 a 19:30 horas. La ausencia de la alcaldesa  en la inauguración deslució la presentación, que apenas tuvo público a pesar de su gran calidad.

Miguel Sanchiz y sus Encuentros con la Historia

DURANTE SIGLOS EN EL AJEDREZ ANTIGUO NO HABIA REINA SINO UNA ESPECIE DE CONSEJERO O VISIR MASCULINO. Lo recuerdo como una figura casi mítica, seria, concentrada, con esa mezcla de genialidad precoz y gravedad adulta que imponía silencio alrededor del tablero. Con el tiempo, ya lejos de la práctica, he seguido mirando el ajedrez como un hecho cultural. Y fue así como descubrí un detalle histórico decisivo. Durante siglos, en el ajedrez antiguo, junto al rey no había una reina, sino un personaje masculino: una especie de consejero o visir. Su función era puramente auxiliar y sus movimientos, mínimos. Apenas podía desplazarse una casilla en diagonal. LA REINA ESTABA PARA ACOMPAÑAR, NO PARA MANDAR. EL PODER RESIDÍA EN EL REY; EL CONSEJERO ASISTÍA Y POCO MÁS. Aquel ajedrez reflejaba un mundo jerárquico, lento y previsible. Pero a finales del siglo XV, el juego cambió de manera abrupta. El consejero desapareció del tablero y fue sustituido por una reina con un poder sin precedentes. De pronto, esa nueva pieza podía moverse en todas direcciones, recorrer grandes distancias, atacar y defender con una libertad desconocida hasta entonces.

«Tal vez por eso el ajedrez me sigue interesando el ajedrez, aunque no lo juegue. No por las partidas que nunca disputé, sino por la historia silenciosa que encierra cada pieza. Porque, al final, incluso los juegos más abstractos acaban revelando quiénes somos. Y pocas figuras lo hacen tan bien como esa reina que, desde un rincón del tablero, cambió el juego para siempre».

EL AJEDREZ SE VOLVIÓ MÁS RÁPIDO, MÁS DINÁMICO, MÁS MODERNO. Ese cambio no es una hipótesis vaga, sino un hecho documentado. Aparece por primera vez descrito en un texto singular: el poema Scachs d’amor, escrito en Valencia hacia 1475. Sus autores —Francesc de Castellví, Narcís Vinyoles y Bernat Fenollar— no eran ajedrecistas profesionales, sino hombres de letras. Y eso no es un detalle menor: el nacimiento del ajedrez moderno no surge de un tratado técnico, sino de un poema amoroso que utiliza una partida como estructura simbólica. En Scachs d’amor ya aparecen las reglas que hoy consideramos normales: la reina poderosa, el alfil con largo recorrido, un juego más ágil y ofensivo. Por eso muchos historiadores sitúan en la Valencia del siglo XV el origen del ajedrez moderno. No por casualidad, sino porque allí se estaba gestando una nueva manera de pensar el poder, el movimiento y la estrategia. El poder del Amor en el juego. AHORA, LA REINA MERECE UN PÁRRAFO PROPIO. No solo como pieza del tablero, sino como símbolo. La nueva reina del ajedrez no sustituye al rey, pero deja de ser secundaria. Ya no es acompañante ni adorno. Es decisiva. Puede ganar una partida por sí sola. Ese cambio coincide con una realidad histórica concreta: el ascenso de una mujer al centro del poder político europeo, Isabel la Católica, que gobernó con autoridad efectiva y no como mera consorte. No hay pruebas de un homenaje explícito, pero la coincidencia cultural es difícil de ignorar. Los juegos, como el lenguaje, absorben la mentalidad de su tiempo. Cambian cuando cambia la mirada sobre el mundo. La desaparición del consejero débil y la irrupción de una reina poderosa dicen mucho más que una simple modificación de reglas. Hablan de una sociedad que empezaba a aceptar que el poder podía ejercerse de otra manera. Tal vez por eso el ajedrez me sigue interesando, aunque no lo juegue. No por las partidas que nunca disputé, sino por la historia silenciosa que encierra cada pieza. Porque, al final, incluso los juegos más abstractos acaban revelando quiénes somos. Y pocas figuras lo hacen tan bien como esa reina que, desde un rincón del tablero, cambió el juego para siempre.

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