CRESCENCIO BUSTILLO. De la vida de mi casa en esta edad, ya lo he dejado sentado cuando narraba a mi familia: era el pequeño de la casa, y por tanto, el más mimado por todos. Si hacía faltas, uno u otro se aprestaban a tapármelas o defenderme si eran descubiertas, pero cuando murieron mi padre y mi hermano Alfonso, más la falta de mi hermano Gumer, todo cambió de golpe. Tuve que trabajar de firme, sin apenas explicaciones, sin desmayo y sin derecho a protestar, pues como era menor de edad no se tenían en cuenta mis protestas, aunque a veces me sobrara la razón. ¡Cuantas veces mi madre me llamaría «mocoso» por este motivo!.

Así empecé el oficio de labrador, con algunas enseñanzas a la ligera sobre como debía de aprender. Tenía 13 años cuando me entregaron un par de mulas, que era bastante desigual pues mientras una de las bestias era buena, la otra era una reservona y llena de picardías, que muchas veces me hacía encorajinar y hasta llorar de rabia. Parece mentira el instinto de estos animales, cuando intuyen o saben que su conductor es un chico, la de marrullerías que sacan para reírse de él, y de paso librarse cuanto pueden de no esforzarse en el trabajo que tienen encomendado.



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