
«Aquí crecería esa cosita que ha terminado en una bolsa, en un contenedor, en el camión de los desperdicios, y cómo duele esta palabra para definir lo que se llevaron las Navidades»
VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 7 de enero de 2026). Un Requiem Majariego. En nuestra Majada, “pastores los que fuerdes…”, alturas de Doctor Calero, ha muerto esta Navidad un bebé, tan pequeñito, aun más, casi como una uña diminuta; esas que ya tenía, quien –por lo visto, por aquellos que tal desgracia han tenido al rescatar lo que de mi rey, mi cosita, quedaba en el dinosaurio de los desperdicios definitivos– apuntaba ya, casi, los 8 meses. En la Majada nuestra, ese pueblo que era, ya ciudad grande y próspera y, seguramente, feliz, en la que tantos nos conocemos, y nos vamos queriendo al calor familiar de las cosas buenas pero, también, de las desgracias. En ella se ha muerto un pequeñín, se le ha ido de las manos, de un vientre tan joven, tan ultramarino, a una mamá que –muy probable- hubo de dejar pronto la escuela. Hubo de tomar uno de esos aviones que vienen ocupando el lugar de las naves que nos llevaban, antes, a los de aquí, camino de destinos tan inciertos como la cacofonía que me sale repitiendo esa de. Que me preocupa, tal vez injustamente, cuando yo hoy he venido a lamentar esa cacofonía, ma-má, por ejemplo, que el pequeñito hubiese pronunciado meses después de nacer de verdad. Aquí, casi seguro, en Puerta de Hierro, lo que lo hubiese mudado en majariego, como tantos bebés; ¡qué más da de dónde sean quienes los han hecho, con ese instinto tantas veces amor de verdad que hace que el mundo siga siendo nuestro!
Aquí crecería esa cosita que ha terminado en una bolsa, en un contenedor, en el camión de los desperdicios, y cómo duele esta palabra para definir lo que se llevaron las Navidades últimas, eso que se despacha con un vago “fiestas” tan remoto como un amanecer soleado en cualquier lugar al sol, lo que queda, de cualquier país que no termina de crecer, por lo que sea, y empuja a muchos de sus moradores a venir aquí, a la Majada, pongamos, a buscar el sol de aceite, cuando menos, que ocupe el sitio del suyo propio, que acariciando la piel apenas nutre los cuerpos. Y lloro por ese bebé, muerte solitaria en el furgón de los desechos, camino de los grandes vertederos de ese Madrid, tan ancho y ajeno como el mundo aquel de Ciro Alegría. Y lamento muchísimo la muerte de ese bebé, tan nuestro, ya, tan majariego como todos los que aquí han y hemos venido a disfrutar del aire libre, porque el aire, al menos, es de todos, que nos viene de la Sierra del Guadarrama, ese río “de arena” que también nos pertenece, como la Dehesa donde –tal vez– la madre que nunca fue pudo haber ido en los momentos de algarabía, de alboroto o bullicio, que suelen acompañarnos cuando nos abrimos aun más a la vida. Esa que es tan de todos, por única e indivisible,
Y lloro también por la madre, aun desconociendo lo que pudo haber pasado en ese trance o alumbramiento solitario, previo a la muerte solitaria de un trozo de vida tan nuestro como Doctor Calero, como la Majada, “pastores los que fuerdes/ allá por las majadas al otero/ si por ventura vierdes…”, siempre San Juan de la Cruz, el más grande, el inmenso, la Majada, tan nuestra, digo, de los nacidos en ella, de quienes la habitamos. Y me duele esa pobre y tan compadecible mamá, por quien también entono este réquiem majariego. Escrito el día de Reyes, más triste aun, cuando solo debiera de ser alegría, alboroto, algarabía infantil. Enviado a ese niño que ya nunca tendrá reyes. A una mamá, víctima del mal de vivir desafortunado. Que la vida le permita suavizar su propio lamento o réquiem. Sí.





Precioso Vicente .una manera distinta de contemplar las cosas de la vida
Gracias por dar calor a la fría mañana Majariega
Gracias, Miguel. No sabes cómo agradezco tus palabras. Hace frío, sí, también en los adentros ante un hecho tan terrible. Que la vida no martirice a esa mamá que no fue. El bebé, pobrecillo, ya solo puede ser tristeza…
Gracias por esa nota de humanidad, tan escasa en estos tiempos, tristeza compartida por la vida perdida de ese bebé y por su madre, una joven, una niña, que necesita del apoyo de todos, GRACIAS
Yo soy el agradecido. Pocas veces he escrito tan desde el alma como ayer. Y sí consigo transmitir mi conmoción, sentimiento doble, sí. Un abrazo.
Gracias D. Vicente por haber puesto por escrito, de manera tan acertada, lo que muchos sentimos en el corazón desde que tuvimos conocimiento de tan triste noticia.
A usted Don Ángel, por haber comprendido que al escribir está columna solo ptetendía hacerme eco de un sentimiento común majariego: el de gente bien nacida.