La reciente victoria de Rosa en Pasapalabra, con un premio que supera los 2,7 millones de euros, ha despertado un debate interesante.

MIGUEL SANCHIZ. (Majadahonda, 11 de febrero de 2026). Una pregunta, millones en juego y una reflexión desde Majadahonda. Los grandes concursos de televisión tienen algo de ceremonia contemporánea. Durante semanas observamos a personas que empiezan siendo desconocidas y que, poco a poco, terminan formando parte de nuestra rutina diaria. Nos acostumbramos a su forma de pensar, a sus silencios, a sus gestos nerviosos, a esa manera de buscar en la memoria como quien rebusca en un viejo cajón lleno de recuerdos. Cuando llega el momento decisivo, la última pregunta, el bote imposible, sentimos que no solo compite el concursante. De algún modo competimos también nosotros desde el sofá, intentando adelantarnos a la respuesta. La reciente victoria de Rosa en Pasapalabra, con un premio que supera los 2,7 millones de euros, ha despertado un debate interesante. No tanto sobre el concurso en sí, sino sobre la naturaleza del conocimiento. La pregunta que decidió el premio pedía el apellido del jugador de fútbol americano elegido MVP de la NFL en 1968 por la agencia Associated Press. La respuesta era Morrall. Rosa la sabía y la pronunció en los últimos segundos.

Atlas de Geografía Humana, por el periodista Miguel Sanchiz

LA REACCIÓN GENERAL MEZCLA ADMIRACIÓN Y SORPRESA. Admiración por la preparación extraordinaria de la concursante. Sorpresa porque se trata de un dato extremadamente concreto, poco habitual dentro del conocimiento cultural más cercano a nuestro entorno. Sin embargo, esa sorpresa revela algo importante. Solemos pensar que la cultura general es un territorio común y uniforme, pero en realidad funciona como un archipiélago formado por miles de islas de conocimiento. Algunas son grandes y familiares; otras, pequeñas y aparentemente marginales, pero igualmente valiosas. Los concursos televisivos recorren todas esas islas. No solo preguntan por acontecimientos históricos o por grandes obras literarias, sino también por detalles olvidados, términos técnicos o personajes que apenas aparecen en los manuales escolares. El concursante excepcional no es quien lo sabe todo, algo imposible, sino quien ha construido un mapa mental tan amplio que le permite reconocer territorios inesperados cuando aparecen. Existe además una curiosa paradoja.

¿Tongo o perspicacia en Antena 3?: «Vicente Valles, cerró la noticia con unas palabras llenas de misterio: «una respuesta que solo Rosa podía saber».

MUCHAS VECES CONSIDERAMOS DIFÍCIL UNA PREGUNTA NO POR SU COMPLEJIDAD INTELECTUAL, SINO PORQUE NOS RESULTA AJENA. Una operación matemática puede parecer complicada, pero pertenece a un lenguaje que conocemos. En cambio, un apellido vinculado a un premio deportivo de hace más de medio siglo nos deja sin referencias. No sabemos ni siquiera por dónde empezar a pensar. A esto se suma un elemento decisivo que suele pasar desapercibido: la presión del tiempo. Recordar un dato tranquilamente en casa no es comparable a hacerlo con el cronómetro corriendo, con un premio millonario en juego y tras un esfuerzo mental prolongado. La psicología demuestra que el estrés dificulta la recuperación de la memoria. Por eso, acertar en ese instante final implica no solo conocimiento, sino también una extraordinaria estabilidad emocional. Quizá el verdadero atractivo de estos concursos reside en recordarnos que el conocimiento humano es inmenso y, al mismo tiempo, profundamente humano. Cada pregunta abre una ventana inesperada y demuestra que cualquier aprendizaje, por pequeño que parezca, puede encontrar su sentido en el momento más imprevisible. La victoria de Rosa simboliza esa acumulación silenciosa de curiosidades, lecturas y descubrimientos que, cuando llega la ocasión, se transforman en una respuesta decisiva. Vicente Valles, cerró la noticia con unas palabras llenas de misterio: «una respuesta que solo Rosa podía saber».

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