GREGORIO Mª CALLEJO. Pasé camino al trabajo por el Cerro. Con gradas tan escasas que las nuevas y majestuosas torres de luz parecen querer tocar el cielo y le dan al estadio un toque de estación espacial. Combinadas con las grúas, la tierra movida y las máquinas que circundan los accesos, el Cerro parece un monumento post industrial, una imagen del final de la Siberiada de Konchalovski. Queríamos ser desahuciados. No estábamos del todo a gusto viviendo en un palacio prestado cuyo capataz se quejaba de que manchábamos las alfombras y agrietábamos los azulejos de alabastro. Queríamos volver a nuestra pequeña y humilde casa. Agradecidos, desde luego, con nuestro rico anfitrión, pero queríamos volver a nuestro querido y maltrecho Cerro. La última vez que estuve allí me estaba abrazando con un señor al que no conocía de nada, mientras mi hijo, bufanda en mano, atravesaba el césped corriendo hacia sus héroes para buscar su camiseta y felicitarlos. Habíamos ascendido. Habíamos sorprendido a todos quedando campeones del Grupo I, les habíamos dejado estupefactos tumbando al rocoso Cartagena.

Audiencia MJD 2026
1,4 millones de lectores a lo largo de 2025








