
LISANDRO PRIETO FEMENÍA. (Majadahonda, 20 de abril de 2025). Domingo Santo: La esperanza vence a la muerte. “Solo donde hay resurrección puede haber esperanza verdadera, y no solo consuelos temporales.” Benedicto XVI (Introducción al cristianismo). El primer signo no es el cuerpo glorioso del Resucitado, sino el movimiento: la piedra ha sido removida. Este acto no tiene la función de permitir a Cristo salir del sepulcro –pues su cuerpo glorificado no está sujeto a límites materiales–, sino de permitirnos a nosotros mismos mirar dentro, constatar el vacío, comenzar a comprender lo imposible. La roca corrida es símbolo del límite humano que ha sido quebrado: la muerte, ese muro infranqueable, ha sido traspasado desde dentro. Al respecto, Tomás de Aquino interpreta que la Resurrección no es sólo prueba del poder divino de Cristo, sino causa de nuestra resurrección futura, al indicar que «Cristo resucitado es causa de nuestra resurrección porque en la resurrección de Cristo se manifestó su poder, que también nos resucitará a nosotros» (Suma Teológica). Tampoco se trata de una victoria privada de Jesús sobre la muerte, sino más bien de un acto fundador de la fe que transforma el destino de la humanidad: el ángel que corre la piedra no es un simple mensajero, sino un umbral que se abre. Dios, desde dentro del sepulcro, abre un futuro que la humanidad no podría imaginar por sí misma. Consecuentemente, el próximo signo a analizar es el sepulcro vacío, que representa una ausencia que clama, un silencio que habla profundamente: «Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca, y se llenaron de temor» (Marcos 16,5). Lo que, en primer lugar, encontraron las mujeres no es una presencia, sino una ausencia, es decir, el sepulcro vacío: esta paradoja es central en la experiencia pascual, porque el cristianismo no nace de una aparición deslumbrante, sino de una ausencia que transforma la memora, de una desaparición que sacude la fe.









