
MIGUEL SANCHIZ. (24 de septiembre de 2025). De Majadahonda, Fitero (Navarra) y la Union Europea. Llegar a Fitero siempre me produce una felicidad difícil de describir. El balneario, con sus aguas termales milenarias, no solo ofrece salud al cuerpo, sino también descanso al espíritu. Cada vez que me instalo en sus magníficas instalaciones me siento privilegiado: los espacios están cuidados con esmero, los servicios funcionan con la precisión de un reloj suizo y el personal, siempre sonriente, se desvive por atender cualquier necesidad. A esa cordialidad se suma una cocina sorprendente, gobernada enteramente por mujeres que, con su sabiduría y su buen hacer, transforman cada comida en una experiencia única. En Fitero se come de maravilla, con ese sabor casero y auténtico que no suele encontrarse en los hoteles de lujo, y que aquí se convierte en una de sus señas de identidad. Pero si algo distingue de verdad la vida en un balneario, más allá de los tratamientos, los paseos o los manantiales, es la compañía de las personas. Se comparte el día a día con gentes llegadas de distintos lugares, todas deseosas de abrir la conversación, de intercambiar recuerdos, opiniones y confidencias. En esa disposición natural de diálogo reside la verdadera riqueza de Fitero: los huéspedes no solo buscan salud física, sino también ese otro bienestar que nace de la amistad y de la palabra compartida.









