
MIGUEL SANCHIZ. (Majadahonda, 6 de diciembre de 2025). La paz que nos dimos: una mirada agradecida a la Constitución. Hay aniversarios que pasan casi de puntillas, como quien sopla una vela sin hacer ruido. Y sin embargo sostienen nuestra vida cotidiana con una solidez que a veces olvidamos. El 6 de diciembre, día de la Constitución, pertenece a esta categoría de celebraciones silenciosas: no llenará plazas ni encenderá pasiones, pero sostiene, con la fuerza calmada de lo esencial, la paz más larga y fecunda que España ha conocido en siglos. No es poco. En tiempos donde el ruido se confunde con la verdad y la crispación se presenta como valentía, conviene detenerse un momento y agradecer que vivimos dentro de un marco que nos permite discrepar sin destruirnos, debatir sin temer por nuestra integridad y elegir a los gobernantes con la naturalidad con que se abre la ventana por la mañana. Ese marco es nuestra Constitución de 1978, una obra imperfecta —como todo lo que nace de manos humanas—, pero extraordinariamente generosa con nosotros. España venía entonces de un pasado áspero, marcado por fracturas profundas. Y, sin embargo, supo sentarse a construir un texto común quienes apenas unos años antes caminaban por sendas opuestas. Lo que ocurrió aquel 6 de diciembre no fue un trámite jurídico: fue un acto moral, quizá el más valioso de nuestra historia reciente. Una apuesta por la convivencia, por la renuncia a absolutismos y por el reconocimiento de que nadie posee toda la verdad ni todo el país.









