
MIGUEL SANCHIZ. (Majadahonda, 13 de noviembre de 2025). Los Primeros Asombros. El asombro como origen. Hay una pregunta que atraviesa siglos y civilizaciones: ¿Cuándo empezó el ser humano a ser humano? No basta con huesos ni con herramientas para responderla. Porque ser humano no es solo caminar erguido, ni hablar, ni construir. Es, sobre todo, asombrarse. Asombrarse ante el fuego que arde sin explicación. Asombrarse al oír una palabra y entender que puede unir. Asombrarse al ver que una semilla enterrada da pan. Y quizás, lo más grande: asombrarse al mirar al otro y sentir compasión. La serie «Los primeros asombros» nace de esa intuición: que en ciertos momentos originarios —invisibles y sagrados— el hombre se encontró con algo nuevo que lo transformó para siempre. No hablamos aquí de grandes descubrimientos tecnológicos, sino de hitos silenciosos: la primera vez que perdonó, que enterró a sus muertos, que cantó sin razón práctica. Cada uno de estos gestos no solo cambió la historia, sino que creó humanidad. Por eso elegimos la poesía para contarlos. Porque la poesía no mide, ni clasifica: celebra. Y solo desde esa mirada podemos acercarnos con respeto a lo que fuimos, y aún somos. En un mundo que a veces corre sin rumbo, recuperar el asombro es más que nostalgia: es una forma de volver al centro. De recordar que no fuimos creados para producir, sino para mirar, amar, crear, perdonar, cuidar. Y todo eso comenzó un día… en un temblor del alma. Los primeros asombros no son historia antigua: son una semilla que sigue germinando en cada generación. Hubo un tiempo en que el mundo no tenía nombres. Todo era sonido, sombra, intuición. Y una noche —quizá la más decisiva de la historia humana— alguien, mirando las estrellas, quiso compartir su asombro. Así comenzó la casa del lenguaje, el fuego donde el hombre aprendió a ser humano. Era una noche primitiva: el cielo despejado, tachonado de astros recién bautizados por una humanidad que todavía no tenía nombres para las cosas. En la llanura africana, un pequeño grupo de Homo sapiens —quizá apenas veinte individuos— se arremolinaba en torno a un fuego vacilante. Las llamas, domadas hacía poco, bailaban sobre ramas de acacia y reflejaban en los ojos un destello de curiosidad nueva. Allí, en ese círculo titubeante de calor y sombras, se condensó el milagro: por vez primera un ser humano se atrevió a romper el silencio con algo más que gruñidos, chasquidos o gemidos. Se decidió a hablar.









