
VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 27 de marzo de 2026). Requiem por un Gato. Más viejo me hago, más amo los animales. Pero no por aquello que leí en cierta lápida canina: “Quanto mais conheço os homens, mais amo os cᾶes”. Esto es: “cuanto más conozco a los hombres, más amo a los perros.” Leido en una tumba del cementerio canino de Lisboa, el que está pegado al zoológico de Sete Ríos. Porque no es que yo ame más a los animales que a mis congéneres. Cada uno en su sitio. Pero es cierto que comparto el punto de vista de Yusef, marroquí a cargo de la tienda de alimentaciòn que había en la Colonia Escudero. Yusef distribuía el pan sobrante a los gorriones de la zona. “Lo hago porque es justo que quien puede lo comparta con los necesitados.” Eso. Y los animales domésticos, incluyo aquí a los que no sirven sino para mantener el equilibrio, nos necesitan, claro. Y yo amo, mucho, a los gatos. Recuerdos, también, de un viejo amor que tenía un gato llamado “Neruda”. Un gato poeta que buscaba en mí el sentimiento poético que abrigo en el regazo. Esa cosa misteriosa que había en la gata “Loma” de mis hijos, allá por Madrid, alturas del parque “El Capricho”, mi cuidadora (sic) en días de fractura de húmero, recompuesta por un mago que se llama Doctor Pablo de la Cuadra, aquí, en Puerta de Hierro.









