

Audiencia MJD 2026
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J. FEDERICO MTNEZ. Tuve la oportunidad de trabajar durante un breve periodo de tiempo con Manuel Rico, autor de ese apreciada exclusiva sobre el número real de muertos en las residencias madrileñas durante la pandemia de Covid. Y lo hice en el equipo de investigación de la fenecida revista Interviú, con Jesús Maraña como director. Antes tuve otros maestros del periodismo nacional, recuerdo especialmente en este campo de la investigación a Jesus Cacho, Martínez Soler, Manuel Cerdán o Miguel Angel Aguilar. Aquella escuela de periodismo real me enseñó bastante materia que ahora imparto como profesor de Comunicación, área de conocimiento que tras un periplo profesional de 30 años que aún continúa, complementé en su parte teórica y científica hasta alcanzar el doctorado. Y ese abreviado PhD o Ph. D. del sistema universitario anglosajón me trasladó junto a los especialistas en investigación en áreas tan diversas como las ciencias sociales y económicas, científicas, médicas o de las humanidades. Tuvo a bien un tribunal de concederme además el Premio Extraordinario, que se otorga cada 3 años, pero nada comparable con figurar en las célebres Obras (In) Completas de aquel Premio Cervantes que tanto me marcó llamado Juan Goytisolo, precisamente en el tomo dedicado al Periodismo. Y con ese bagaje encaré hace 5 años la dirección de este modesto periódico multimedia y local, que algunos políticos han intentado hundir de forma reiterada. Y que milagrosamente -y sobre todo gracias a la fidelidad de sus redactores, colaboradores, lectores y anunciantes- sigue saliendo a diario, para desgracia de sus pocos pero hostiles adversarios.



CRESCENCIO BUSTILLO (1907-1993). Al comenzar a escribir esta etapa dolorosa de mi vida (1936-1939) quisiera hacerlo con la mayor objetividad. Sé que mi pluma y mi mente no pueden describir todas las vicisitudes que pasé, tampoco las que dieron lugar a las desgracias que sufrió mi familia y menos aún para enumerar los casos desagradables que surgieron alrededor mío durante este aciago periodo. Sin embargo, de todo lo que mi memoria alcance dejaré constancia de ello fielmente reflejado en una verdad incontrovertible. Refugiados en la Huerta Perales, llevé una vida monótona allí, entre acobardado y medio recluido. De momento, nadie vino a detenerme, pero no me hacía ninguna ilusión de escapar a la terrible represión que se había desatado. Aquellas voces indeterminadas del principio de que “el que no tuviera manchadas las manos de sangre o de robo, no tenía nada que temer” habían sido un “camelo” más para engañar a la gente. Las noticias que nos llegaban eran alarmantes y desconsoladoras.



