
«El Océano Atlántico, al frente, de patrón de lancha, el gran Pacuco, quien dijo su poema, épico, esta vez, a través de la ría de Ferrol entre castillos, mirando desde el puerto exterior como los delfines embocan la ría y de Mugardos a Curuxeiras los nadadores emulan aquel del relato del inmenso Cheever».
VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 9 de mayo de 2026). Poesía Salvaje. Interesante cuestión: Poesía Salvaje, ¿pleonasmo u oxímoron? Yo diría que ambas cosas. Por lo mismo que el amor, en general, tiene su aquel de ternura y otro tanto de fuego. Y no hay, no debiera, contradicción entre ambos términos. Por lo mismo que la naturaleza estalla en primavera y medio se eterniza en los ocres veraniegos. Que luego se venga abajo en invierno, luego de los dorados otoñales, otra historia. En el amor, tantas veces hay ascensión, meseta y declive, no sé. Pero la cosa es que vuelvo de Ferrol, esa ciudad singular, cuna de gente tan diversa como Concepción Arenal, Pablo Iglesias (el fundador del PSOE, digo), Francisco y Ramòn Franco o Gonzalo Torrente Ballester. Y más y más. Tan diferente, que del Miño al Bidasoa no hay otra Semana Santa igual; huellas de Cartagena y Cádiz, desde luego, pero esa idiosincrasia gallega, tan peculiar, tan pleonasmo y oxímoron, como este Festival o Feria de Poesía Salvaje que cada año desde hace muchos, ya, viene celebrando la que fuera ciudad departamental, departamento marítimo, junto a -de nuevo- San Fernando, como decir y ¡cómo decir! Cádiz, y Cartagena.

El poeta leonés Víctor M. Díez, a la percusión, Chefa nos entregó su poesía, rota como el violín del poeta, con esa voz estupenda que hace del artista leonés cantautor estremecido, pero con poemas en lugar de canciones.
Y vengo de estar, otra vez (y ya son, para mi, tres consecutivas), en Ferrol, al aire de la “Poesía Salvaje”. Claro que voy y vengo de Majadahonda a Neda/ Ferrol, como Pedro por su casa, que es la mía, por más que mantenga, y me mantenga, mi morada majariega en la Calle San Isidro, donde un valle que es vallecillo, sí, y por eso lo quiero más, todavía, por aquello de la ternura, naturalmente. Y si Ferrol es cabeza del Camino Inglés, a la par con Coruña, solo que desde la capital de la provincia no hay distancia para conseguir la preciada “Compostela” (100 quilómetros a pie, hasta Santiago se entiende, 200 en bici, 300 a caballo), también lo es cuando abril desfallece con algo de astenia primaveral, centro de la Poesía Salvaje. Casi dos décadas haciendo de Ferrol durante unos días el centro de una poética diferente. Pegada a las calles, a los mercados, ateneos y centros cívicos. En todos los lugares donde se cuece y palpita esta cosa tan peculiar que Bécquer le explicaba a la mujer amada personificándola en ella. O, para el caso, en todos nosotros. Es decir, la fusión de lírica y épica, el yo y el tú en funciòn, definitiva, del nosotros.

Un año más tuve el placer de cerrar las sesiones poéticas del festival en Canido, donde nace Ferrol, allá en lo alto, en una “jam session” con Karlotti, mágico prodigioso de esta peripecia anual que se llama “Poesía Salvaje”
Un año más tuve el placer de cerrar las sesiones poéticas del festival en Canido, donde nace Ferrol, allá en lo alto, en una “jam session”, en la que el poeta leonés Víctor M. Díez, a la percusión, Chefa, nos entregó su poesía, rota como el violín del poeta, con esa voz estupenda que hace del artista leonés cantautor estremecido, pero con poemas en lugar de canciones. Además, Manuela S. J.. futuro presente, canaria de Gijón y de Lugo, Beatriz García, Elisabeth Oliveira, Anton Cortizas, Antonio Méndez y -cerrando el acto- Pepe Cáccamo y Eva Veiga, procedentes de la sesión inaugural. Yo mismo participé, dolores y glorias, en este recital, clausurándome con la versiòn italiana, de Emilio Coco, de mi poema “Cuando ella duerme”. Luego, por la tarde, fue el Océano Atlántico, al frente, de patrón de lancha, el gran Pacuco, quien dijo su poema, épico, esta vez, a través de la ría de Ferrol entre castillos, mirando desde el puerto exterior como los delfines embocan la ría y de Mugardos a Curuxeiras los nadadores emulan aquel del relato del inmenso Cheever. Pero ahora el nadador era Karlotti, mágico prodigioso de esta peripecia anual que se llama “Poesía Salvaje” y hace que nos sintamos, todos más poetas que nunca. Karlotti me llama “gamberro brillante”, y a mí me conmueve el título. Sí.




Bellísimo texto,
Viendo la lluvia
El placer de leerte
Gracias , Vicente
Gracias a ti, siempre, Miguel. Por todo. Pero está vez, ademàs, por leerme. Ya sabes: yo de joven quiero ser Miguel Sánchiz.