Malva Marina, vista por Hendrik Julsing, el holandés que la cuidó hasta su muerte (Foto Clarín/ ©Fred Julsing) y el Busto Tusculum (Museo de Antigüedades de Turín), el único retrato conservado de Julio César que se le hizo en vida

MIGUEL SANCHIZ. (Majadahonda, 12 de julio de 2026). La historia está llena de personajes cuya influencia se prolonga mucho más allá de su propia existencia. Algunos gobernaron imperios, otros escribieron poemas o formularon ideas capaces de inspirar a generaciones enteras. El 12 de julio reúne varias figuras que demuestran cómo el legado humano puede adoptar formas muy distintas y, sin embargo, alcanzar una misma meta: sobrevivir al paso del tiempo. Políticos, filósofos, poetas y deportistas parecen pertenecer a mundos diferentes, pero todos comparten algo esencial: la capacidad de dejar huella. El tiempo borra muchos nombres, pero conserva aquellos que logran conectar con las aspiraciones de una época. Quizá esa sea la verdadera medida de la grandeza: no el éxito inmediato, sino la capacidad de seguir inspirando cuando han pasado décadas o incluso siglos.

El tiempo borra muchos nombres, pero conserva aquellos que logran conectar con las aspiraciones de una época. Quizá esa sea la verdadera medida de la grandeza: no el éxito inmediato, sino la capacidad de seguir inspirando cuando han pasado décadas o incluso siglos.

PABLO NERUDA REPRESENTA OTRA FORMA DE PERMANENCIA. Los imperios desaparecen y las fronteras cambian, pero los versos tienen una capacidad singular para atravesar generaciones. La poesía del autor chileno nacido el 12 de julio de 1904 sigue leyéndose en todo el mundo porque habla de emociones universales: el amor, la nostalgia, la esperanza y el compromiso con la sociedad. Sería injusto concluir estas líneas sin una reflexión personal. La grandeza literaria de Pablo Neruda resulta indiscutible y su influencia en la poesía en lengua española continúa siendo enorme. Sin embargo, admirar una obra no obliga a cerrar los ojos ante las sombras de quien la creó. La biografía del poeta contiene episodios difíciles de ignorar, especialmente su comportamiento hacia su hija Malva Marina, afectada por hidrocefalia, y hacia la madre de la niña. Los testimonios conocidos y los escritos del propio Neruda proyectan una imagen poco compatible con la sensibilidad humana que tantos lectores encuentran en sus versos. Cada cual juzgará estos hechos según su conciencia, pero conviene recordar que el talento artístico no convierte automáticamente a nadie en ejemplo moral. Quizá una sociedad madura sea aquella capaz de reconocer simultáneamente ambas realidades: la extraordinaria aportación cultural de un creador y las limitaciones, contradicciones o incluso miserias de la persona que se escondía detrás de la obra. “Mi hija, o lo que yo denomino así, es un ser perfectamente ridículo, una especie de punto y coma, una vampiresa de tres kilos”. La carta de Neruda continúa con el relato de unas semanas enfermizas: “La chica se moría, no lloraba, no dormía, había que darle comida con sonda, con cucharita, con inyecciones y pasábamos las noches enteras, el día entero, la semana, sin dormir, llamando al médico, corriendo a las abominables casas de ortopedia donde venden espantosos biberones, balanzas, vasos medicinales, embudos llenos de grados y reglamentos. Tú puedes imaginar cuánto he sufrido”. Malva crece aunque no está destinada a sobrevivir: no habla, canturrea; tampoco podrá caminar. Federico García Lorca le escribe un poema, recobrado en 1984 por el diario ABC: “Malva Marina, quién pudiera verte/ delfín de amor sobre las viejas olas,/ cuando el vals de tu América destila/ veneno y sangre de mortal paloma”. El chileno Antonio Reynaldos, emigrado a Holanda en los años 80 y uno de los periodistas que difundió la ubicación de la tumba de Malva Marina, no acepta ver a Neruda desprestigiado por lo que es difícil no ver como una ausencia de compasión. Según él, es un error juzgarlo por los parámetros de nuestra época. Hoy reflexiona que Neruda no debería ser considerado un héroe ni un canalla, sino un ser humano como cualquiera. Pero también eran humanos de ese tiempo Schindler, Wallenberg y tantos otros salvadores. En Chile, algunos destacan que el Partido Comunista holandés trabajó mucho años para guardar el secreto y reducir el daño colateral que ensombrece la figura de Neruda, en el panteón del comunismo, explica La Vanguardia en un reportaje. Y da a conocer dos novelas, «Es tan largo el olvido» (En het vergeten so lang), de la holandesa Pauline Slot, sobre su madre, “Maryka” Hagenaar. Y «Malva», primera novela de la poeta Hagar Peeters, un monólogo ya traducido al español que interpela al padre majestuoso en una suerte de diatriba amorosa. También cerca de nosotros, Henry David Thoreau nació un 12 de julio (1817) y ejerció una influencia menos visible pero igualmente profunda. Cuando defendió la desobediencia civil frente a leyes injustas, quizá no imaginó que sus ideas inspirarían décadas después a Gandhi o Martin Luther King. En una época marcada por la industrialización, también reivindicó una relación respetuosa con la naturaleza que hoy resulta extraordinariamente actual.

JULIO CÉSAR NACIÓ UN 12 DE JULIO Y ES PROBABLEMENTE OTRO DE LOS EJEMPLOS MÁS EVIDENTES. Dos mil años después de su muerte, seguimos utilizando conceptos, instituciones y referencias que nacieron en la Roma que ayudó a construir. El Senado romano lo nombró “dictador vitalicio” (dictator perpetuus) pero algunos historiadores como Luciano Canfora en su obra «Julio César. Un dictador democrático» ponen matices: “En cada momento y, sobre todo en los decisivos, la acción política y militar de César estuvo expuesta a los resultados más diversos. Corrió el riesgo, una y otra vez, de perderlo todo, especialmente en el curso del interminable conflicto que concluyó con su muerte violenta. Al final naufragó en la acción más espectacular, si bien no del todo imprevista: la conjuración de los suyos. Y sin embargo, ha conservado un prestigio póstumo inagotable y una fuerza sugestiva de larguísima duración, que hace, incluso de su nombre, un arquetipo”. Su nombre acabó convirtiéndose incluso en sinónimo de poder, dando origen a títulos como káiser o zar. La cuarta efeméride nos recuerda que también el deporte puede crear recuerdos colectivos imborrables. La victoria de Francia un 12 de julio en el Mundial de 1998 fue mucho más que un éxito futbolístico. Para millones de franceses esa victoria ante Brasil por 0-3 simbolizó una nueva imagen de país, diversa y moderna, representada por jugadores de orígenes muy distintos unidos bajo una misma camiseta.

 

 

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