«No importa si gobierna la izquierda o la derecha. No importa a quién hayas votado. Cuando llegan al poder todos aprenden el mismo idioma: el de la burocracia deshumanizada. Cambian los colores de los escaños, pero no cambia el desprecio hacia quienes levantamos este país»

MIGUEL SANCHÍZ. (Majadahonda, 13 de julio de 2026). Contra la burocracia deshumanizada: un grito desde Majadahonda de un vecino de 93 años. Hay una edad en la que uno ya no tiene nada que ganar. Ni un cargo, ni un voto, ni un aplauso. Sólo le queda el derecho a decir la verdad. Y eso es exactamente lo que quiero hacer. Tengo 93 años. He visto una guerra, una posguerra, hambre, sacrificios y reconstrucción. He trabajado cuando trabajar significaba levantar un país con las manos, no administrarlo desde un despacho ni gobernarlo desde una pantalla. He pagado impuestos durante más de 70 años. He cumplido con mis obligaciones. Nunca pedí privilegios. Sólo esperaba respeto. Y hoy descubro que para quienes gobiernan España —y también para quienes dicen querer gobernarla— ya no existimos. Nos hablan de progreso mientras nos condenan a la exclusión. Nos llaman ciudadanos, pero nos tratan como estorbos. Todo tiene una aplicación, un código QR, una clave digital, una cita previa imposible, un portal electrónico. Lo llaman modernización. Yo lo llamo abandono. Si un anciano necesita que un hijo, un nieto o un vecino le haga una gestión porque la Administración ha decidido que sólo existe Internet, eso no es progreso. Es una forma elegante de negar derechos.

Miguel Sanchiz se hace protagonista por una vez de su sección «Gente Maja que se Moja»

NO IMPORTA SI GOBIERNA LA IZQUIERDA O LA DERECHA. NO IMPORTA A QUIÉN HAYAS VOTADO. CUANDO LLEGAN AL PODER TODOS APRENDEN EL MISMO IDIOMA: EL DE LA BUROCRACIA DESHUMANIZADA. Cambian los colores de los escaños, pero no cambia el desprecio hacia quienes levantamos este país. Nos buscan durante las campañas electorales. Entonces somos “nuestros mayores”, “la generación ejemplar”, “la memoria viva”. Nos estrechan la mano, nos prometen protección, cercanía y dignidad. Después desaparecen. Ya sólo somos estadísticas. Un gasto. Un problema demográfico. Una generación incómoda que recuerda demasiado bien que la política debería ser servicio y no propaganda. La verdadera fractura digital no separa a quienes saben usar un teléfono de quienes no saben. Separa a quienes todavía creen que la Administración está al servicio del ciudadano, de quienes han decidido que el ciudadano debe ponerse al servicio de la Administración. ¿Qué clase de sociedad obliga a un hombre de 90 años a aprender aplicaciones que cambian cada 6 meses para poder pedir una cita médica? ¿Qué inteligencia hay en convertir cada trámite en una carrera de obstáculos? ¿Dónde está la humanidad de quienes diseñan sistemas pensando sólo en quienes tienen 20 o 30 años? Nos dicen que siempre hay alguien que puede ayudarnos. ¡Qué inmensa humillación!

«La verdadera fractura digital no separa a quienes saben usar un teléfono de quienes no saben. Separa a quienes todavía creen que la Administración está al servicio del ciudadano, de quienes han decidido que el ciudadano debe ponerse al servicio de la Administración».

«Ya sólo somos estadísticas. Un gasto. Un problema demográfico. Una generación incómoda que recuerda demasiado bien que la política debería ser servicio y no propaganda».

¿DESDE CUÁNDO EJERCER UN DERECHO DEPENDE DE LA BUENA VOLUNTAD DE UN FAMILIAR? ¿Y QUIENES VIVEN SOLOS? ¿Y QUIENES HAN PERDIDO A SUS HIJOS? ¿Y QUIENES NO QUIEREN CONVERTIRSE EN UNA CARGA PARA NADIE? Un derecho que necesita intermediarios deja de ser un derecho. Y mientras tanto, los políticos hablan de inclusión. No. Esto tiene otro nombre. Se llama exclusión institucional. Se llama edadismo. Se llama ingratitud. Porque este país no apareció por generación espontánea. Lo construimos nosotros. Los que levantamos carreteras, hospitales, escuelas, empresas y familias. Los que sostuvimos España cuando no había ordenadores, ni inteligencia artificial, ni asesores de comunicación. Ahora contemplamos con tristeza cómo quienes administran ese legado parecen avergonzarse de quienes lo hicimos posible. Nos llaman vulnerables. No lo éramos cuando trabajábamos 12 horas diarias. No lo éramos cuando sacábamos adelante familias enteras. No lo éramos cuando pagábamos los impuestos que financiaron el bienestar del que hoy disfrutan. 

«Ahora contemplamos con tristeza cómo quienes administran ese legado parecen avergonzarse de quienes lo hicimos posible».

«Majadahonda tampoco puede mirar hacia otro lado. Aquí también vivimos miles de personas mayores que merecen ser escuchadas»

NOS HAN CONVERTIDO EN VULNERABLES PORQUE HAN DISEÑADO UN MUNDO QUE NOS EXPULSA. Y ESO TIENE RESPONSABLES. TODOS. El Gobierno por imponer una digitalización sin alma. La oposición por aceptar ese modelo sin presentar una alternativa real. Las administraciones por cerrar ventanillas y abrir pantallas. Los partidos por discutir sobre todo menos sobre la dignidad cotidiana de millones de mayores. Majadahonda tampoco puede mirar hacia otro lado. Aquí también vivimos miles de personas mayores que merecen ser escuchadas. No basta con organizar actos para la tercera edad mientras se consiente que la vida diaria sea un laberinto administrativo. La verdadera política municipal empieza cuando un vecino de 90 años puede resolver un problema sin sentirse inútil.

«¿Qué inteligencia hay en convertir cada trámite en una carrera de obstáculos? ¿Dónde está la humanidad de quienes diseñan sistemas pensando sólo en quienes tienen 20 o 30 años?»

«Nos llaman vulnerables. No lo éramos cuando trabajábamos 12 horas diarias. No lo éramos cuando sacábamos adelante familias enteras. No lo éramos cuando pagábamos los impuestos que financiaron el bienestar del que hoy disfrutan».

NO PEDIMOS PRIVILEGIOS. NO PEDIMOS VOLVER AL SIGLO PASADO. PEDIMOS ALGO INFINITAMENTE MÁS SENCILLO. QUE NUNCA DESAPAREZCA LA ATENCIÓN HUMANA. Que detrás de cada pantalla siga existiendo una persona. Que la tecnología sea una opción, nunca una obligación. Que la eficiencia no sustituya a la compasión. Y, sobre todo, pedimos memoria. Porque un país que olvida a quienes lo construyeron acaba olvidándose de sí mismo. A mis 93 años ya no espero grandes discursos. Espero pequeños gestos de justicia. Todavía estamos aquí. Todavía pensamos. Todavía votamos. Y, sobre todo, todavía tenemos voz. Escúchennos antes de que el silencio de una generación se convierta en la vergüenza de un país.

Majadahonda Magazin