«El protagonista de camisa blanca, iluminado por un fanal colocado en el suelo, es otro misterio. Su postura recuerda a un Cristo crucificado, pero sin cruz: un mártir laico, un ciudadano anónimo convertido en símbolo universal. Mientras, la ciudad de Madrid al fondo permanece indiferente, sumida en la penumbra».

MIGUEL SANCHIZ. (Majadahonda, 2 de mayo de 2026). El 2 de mayo de 1808 fue un lunes que empezó muy temprano. Hacia las 8:30 de la mañana, la multitud estalló cuando los franceses intentaron sacar del Palacio Real al infante Francisco de Paula. El cerrajero José Blas de Molina gritó “¡Traición!”, y ese grito improvisado encendió la ciudad. Los madrileños lucharon con lo que tenían a mano: navajas, palos, piedras, tijeras, macetas lanzadas desde los balcones. La mayoría no tenía armas de fuego. Y aun así resistieron durante horas a un ejército profesional. Entre los combatientes destacó Clara del Rey, que luchó junto a su marido, Manuel González, ambos vinculados al Parque de Artillería de Monteleón. Clara murió por un cañonazo; Manuel sobrevivió, aunque herido. Sus nombres deberían figurar siempre en cualquier relato del 2 de Mayo. La ciudad estaba hambrienta. Muchos madrileños sobrevivían con gachas de almortas o incluso cal raspada de las paredes. Ese pueblo famélico fue el que se levantó contra Napoleón. No es un detalle menor: la épica del 2 de Mayo nace de la necesidad, no de la fuerza. El levantamiento sorprendió a toda Europa. No hubo líderes, ni estrategia, ni consignas. Fue un estallido espontáneo que desconcertó incluso a los franceses. Y, sin embargo, en cuestión de días, el ejemplo madrileño se extendió por toda España. Hoy, la ofrenda en el Cementerio de la Florida y la plaza del 2 de Mayo son recordatorios visibles de aquel día. Curiosamente, la fecha no fue festivo oficial en la Comunidad de Madrid hasta 1983.

Miguel Sanchiz y sus Encuentros con la Historia

LOS FUSILAMIENTOS DEL 3 DE MAYO DE GOYA: el cuadro que sigue preguntándonos cosas. El 2 de Mayo no es solo un levantamiento ni un cuadro: es un espejo. Y a veces, al mirarlo, uno siente que todavía nos está preguntando algo.Cada vez que vuelvo a este cuadro y a esta fecha, me pregunto qué habría hecho yo aquel lunes. No desde la épica, sino desde la humanidad. ¿Habría salido a la calle con una navaja? ¿Habría lanzado una maceta desde un balcón? ¿Habría tenido el valor de Clara del Rey o la serenidad de Daoiz y Velarde? No lo sé. Pero sí sé que hay momentos en los que un pueblo descubre su propia voz y ese descubrimiento cambia la historia. Hay cuadros que se contemplan y cuadros que te contemplan. Los fusilamientos del 3 de mayo, pintado por Francisco de Goya en 1814, pertenece a esa segunda categoría incómoda: no solo representa la violencia, sino que la denuncia, la disecciona y la devuelve al espectador como un espejo moral. Y, sin embargo, detrás de su fama universal hay un puñado de curiosidades poco conocidas que revelan hasta qué punto Goya fue un adelantado a su tiempo.

Fiestas del 2 de Mayo de 2026 en Malasaña (Madrid)

LA PRIMERA SORPRESA ES QUE EL CUADRO NO FUE UN ENCARGO OFICIAL, SINO UNA INICIATIVA DEL PROPIO GOYA. Tras la expulsión de los franceses, el pintor propuso a la regencia liberal “perpetuar por medio del pincel las más notables y heroicas acciones de nuestra gloriosa insurrección”. Pero la recepción inicial no fue tan entusiasta como cabría imaginar: décadas después, el director del Museo del Prado, José de Madrazo, llegó a dudar de su autoría, considerándolo inferior a otros trabajos del maestro. Hoy, esa opinión resulta casi humorística. Otra curiosidad esencial: Goya no idealiza a nadie. Frente a la tradición heroica de la pintura bélica —los generales a caballo, los reyes victoriosos, las escenas ordenadas—, aquí no hay épica, sino miedo, sangre y humanidad. Muchos historiadores consideran esta obra la primera pintura antibelicista moderna, un antecedente directo de Manet y, más tarde, de Picasso.

«¿Habría tenido el valor de Clara del Rey o la serenidad de Daoiz y Velarde? No lo sé. Pero sí sé que hay momentos en los que un pueblo descubre su propia voz y ese descubrimiento cambia la historia» (monumento a Daoiz y Velarde en el barrio de Maravillas (Madrid)

EL PROTAGONISTA DE CAMISA BLANCA, ILUMINADO POR UN FANAL COLOCADO EN EL SUELO, ES OTRO MISTERIO. Su postura recuerda a un Cristo crucificado, pero sin cruz: un mártir laico, un ciudadano anónimo convertido en símbolo universal. Goya incluso pintó un pequeño estigma en su mano, un detalle que muchos visitantes pasan por alto. La luz cae sobre él como un foco teatral, mientras la ciudad al fondo permanece indiferente, sumida en la penumbra. El pelotón francés es igualmente revelador: no tienen rostro. Goya los pinta de espaldas, convertidos en una máquina de matar perfectamente alineada, deshumanizada, casi geométrica. Sus fusiles forman una línea horizontal que corta la composición como una sentencia. Para algunos expertos, esta despersonalización anticipa incluso el lenguaje del cubismo y de Cézanne, casi un siglo antes. También sorprende saber que Goya, pese a su patriotismo, simpatizaba con ciertas ideas ilustradas francesas. Veía en ellas una oportunidad para modernizar España. Pero la brutalidad de la represión del 2 y 3 de mayo lo sacudió profundamente. Vivía cerca del lugar de los fusilamientos y pudo haber sido testigo directo de escenas similares a las que luego inmortalizó. Hasta aquí, el cuadro. Pero el contexto histórico que lo rodea es igual de fascinante…

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