Diego Vadillo: “El Premio Umbral de Majadahonda debería galardonar alguna vez los libros sobre el escritor”

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Diego Vadillo y Maria España, fotógrafa y viuda de Umbral

LIDIA GARCIA. Ya se puede adquirir en las librerías “Francisco Umbral. El oferente de retales preciosos” (Manuscritos, 2020), obra en la que Diego Vadillo López continúa la senda que emprendiera en “Francisco Umbral y la desquiciada eufonía” (Manuscritos, 2019). El autor es profesor de Lengua Castellana y Literatura, politólogo y crítico independiente de Arte y Literatura. Es autor de varias decenas de libros, entre poesía, narrativa y ensayo, y de más de 300 artículos de cariz divulgativo y periodístico o especializado y académico. Y entre ellos incluimos esta entrevista con MJD Magazin, cuyas respuestas ha redactado por email. Y ya en la primera de ellas se moja abiertamente: ¿Le gustaría que el Premio Umbral de Majadahonda premiase libros que tengan que ver con Umbral? –Sí, está bien que premie libros de todo tipo y, como no, de vez en cuando alguno que trate sobre el propio Umbral, toda vez que es un modo eficaz de reivindicar a una figura de nuestras letras tan insigne.

Lidia García

Se ha dicho de Umbral que es el Valle Inclán de finales del XX ¿es a su juicio correcto? –Sin duda, pienso firmemente que Francisco Umbral es el sucesor natural de Valle-Inclán, no en vano el gallego es uno de los principales referentes de Umbral. De hecho escribió dos biografías de este, siendo la segunda, sobre todo (“Los botines blancos de piqué”) un delicioso compendio de géneros y subgéneros: biografía, teoría lingüístico-literaria, ensayo, prosa lírica… Por otra parte, tanto Valle como Umbral fueron dos literatos que cultivaron el dandismo, integrándose en su tiempo y, a la vez, tomándole una distancia ora desdeñosa, ora luminiscente. Asimismo, cada cual elaboró su propio “ruedo ibérico” retratando de una manera lírica y expresionista nuestro país. También coinciden en el modo de elaborar sendas obras de lo más variopintas pero sujetas, en última instancia, a una gran coherencia, esa que los hace indefectiblemente reconocibles. Umbral, en la primera de las biografías dedicadas a Valle-Inclán, se refería a una serie de escritores (Quevedo, Larra, Valle…) a los que aludía como “cantadores de las cuarenta”, algo a lo que, sin duda, él mismo se adscribió muy tempranamente.

Las cubiertas del nuevo libro sobre Umbral

Umbral fue muy crítico con Galdós ¿puede considerarse a pesar de ello un escritor galdosiano? –Podríamos decir que tanto Galdós como Umbral son balzacquianos en el sentido de poner empeño en dejar retratada literariamente una sociedad y una época, divergiendo ambos en el modo de hacerlo, pues Galdós, aunque cuenta con pasajes de alto componente sugestivo en un sentido lírico en sus novelas, dicha voluntad de estilo queda circunscrita a la historia, a la que sin duda amabiliza, pero Umbral desliga el estilo de lo literariamente referido, haciéndolo brillar con luz propia, quedando la historia subyugada y, a la vez, realzada por este, si bien en un sentido opuesto a Galdós. Umbral siempre tuvo una muy viva voluntad experimentalista, por eso muchos afirman de él lo mismo que de Gómez de la Serna: que es un mal novelista en el sentido canónico del término. El propio Umbral se defendía, precisamente en su biografía de Gómez de la Serna, apuntando que, hacia la mitad, la novela se le obturaba a Ramón por exceso de dones (algo que también le sucedía a él). Quizá la intención de Umbral al denostar el realismo “galdobarojiano” era afirmar otro modo de afrontar la literatura, más estilístico, haciendo uso de una sintaxis y un léxico más autónomos, discriminados y esplendentes.

Diego Vadillo y Maria España

¿Qué lugar ocupa Umbral a su juicio en la literatura de finales del siglo XX? –Es un escritor fundamental, ya que al ser tan curioso como tan impenitentemente polígrafo, dejó varias décadas de nuestra vida colectiva expresadas negro sobre blanco. Y al hacerlo, también nos legó la honda corriente de fascinadora literatura que jalona sus textos. Si uno acude a cualquier libro de Umbral, incluso a aquellos de pura ficción, hallará interesantes datos de índole histórico-sociológica incardinados vívidamente en el argumento principal que fuere. Luego está el elevado número de obras que engrosa su legado literario. Cantidad y calidad lo encumbran indubitablemente. ¿Que escritores coetáneos están a su juicio por delante y por detrás de Umbral? –Aquí no puedo ser objetivo, pues Francisco Umbral es mi escritor de cabecera, por lo tanto es el primero. Ahora bien, otros compañeros de generación, que a mi parecer contribuyeron a llevar alta literatura a los periódicos, fueron Jaime Campmany, Raúl del Pozo o Manuel Vicent. Este último supo, como Umbral, compaginar el cultivo de un literariamente afinado periodismo con la consecución de una obra literaria enjundiosa.

Benedicte de Buron Brun

BÉNÉDICTE DE BURON-BRUN. Se suele decir que al fallecer el escritor, su obra cae en el limbo del olvido. Francisco Umbral, figura relevante del siglo XX, se distingue una vez más por su singularidad puesto que sin haber ilustrado con su presencia la Real Academia Española, ha enlazado su destino con el de los académicos franceses, los llamados «inmortales», merced a su mentor el cardenal de Richelieu. Afrancesado a lo Goya, apasionado lector francófilo y demócrata empecinado, Umbral merece como el que más su «inmortalidad» por haber llevado a cabo la misión que le incumbe a todo académico electo: cuidar de la lengua española. Inmortal es la lengua que se transmite de generación en generación. Inmortal es la obra que salva la mala fe y la desidia de la crítica adversa o los rencores y odios de los enemigos, generados por los egos, la envidia o motivos meramente ideológicos; y que supera la muerte de su autor, como ya hemos dicho. Y ésta es sin duda la mejor de las venganzas aplazadas, la que el propio Umbral calificaba de «venganza como obra de arte», o sea «La venganza cerebral, ya sin pasión vengativa ni ninguna otra pasión». Tanto más cuanto que la expresión «A rey muerto, rey puesto», la rechazan las Generaciones X, Y y Z que, fascinados por su prosa poética, van recorriendo librerías de viejo en busca de alguna novedad.

«Novedad» se ha de tomar en su plurisentido: en primer lugar, como el libro por estrenar, el que todavía no se ha leído, y en segundo lugar, el carácter «novedoso» o «innovador» que aporta su lectura, tanto por el tema como por el estilo. Y en este caso preciso, nunca defrauda el hallazgo umbraliano o umbralí, como diría, jocoso y gozoso, Diego Vadillo López. En efecto, Umbral es pura actualidad. Por eso mismo, se opone al caso que contaban en La codorniz, el del «señor que iba al cabaret a pensar en sus cosas» y que el escritor interpretaba de este modo: «Quiere decirse que los cabarets, los pubs, las discotecas, el music-hall, no son mucho más divertidos que una catedral en oficio de tinieblas». No, Francisco Umbral no aburre en absoluto; enfrascarse en uno de sus libros abre de par en par las múltiples ventanas que ofrece la lectura: aventuras, divertimento, no/fiction, crónicas, memorias, poesía, reflexiones históricas, filosóficas, políticas, sociales, culturales, lingüísticas… El Umbral periodista atropella los cánones académicos y difumina los límites de géneros impuestos al novelista y el Umbral literario rompe las barreras periodísticas y ennoblece su columna elevando el detalle a nivel de categoría. Este hibridismo innovador es la piedra angular de una prosa poética sin par hasta la fecha. Mas, la vorágine del escritor no podía conformarse con poco y ahí quedan los ciento y pico libros y los más de 50.000 artículos. Un legado ingente que le ofrece al lector y al investigador horas y horas de deleite y saberes.

En esta estela se inscribe Diego Vadillo López quien nos regala con un florilegio de «retales» espigados a lo largo de sus diversas lecturas umbralianas. «Sus obras son retales de existencia sabiamente bordados y cosidos unos a otros. Y en la unión de retales podemos contemplar el desencanto, la fascinación, el dolor, la pasión…», precisa Diego Vadillo López. Los veinte capítulos de El oferente de retales preciosos son otras tantas incursiones en el mundo umbralí. No sólo destacan por los distintos juegos eufónicos a los que se presta con delectación el investigador –«La melomanía como melanoma», «Entre La Celsa y lo excelso», «Trapos y tropos»– sino también por las más diversas temáticas que abarcan y que, a su vez, iluminan nuevos ejes de investigación.

Al igual que los escritos umbralianos, la primera lectura del libro de Diego Vadillo López engaña. No se fíe el lector del número muy variable de páginas según los capítulos o de su falta de enlace entre unos y otros: El investigador simplemente traduce visualmente el lema rimbaldiano tan loado por Umbral: «He descubierto que mi caos es sagrado». La impronta polifacética del escritor despierta la curiosidad intelectual del lector, amén de una viva admiración que le aboca a cierta mimesis lingüística, en el caso de Diego Vadillo López. Atraídas por el fulgor de su prosa, la musicalidad, la originalidad, la espectacularidad, la brillantez de la imagen, el destello de la metáfora, lo insólito de las construcciones lexicográficas, el aspecto atípico del adjetivo, la peculiaridad de la acuñación de palabras, etc., esta nueva cantera de lectores ha encontrado en Francisco Umbral a su maestro y, como Diego Vadillo López, ha hecho suyo su lema: «El escribir no es metafísico, sino metabólico». En efecto, El oferente de retales preciosos podría clasificarse entre las anotaciones personales y la relación de fichas pedagógicas que, concienzudamente, va elaborando el profesor de literatura que es Diego Vadillo López.

Tener oído para el idioma y tener seso para la cultura son cualidades que se van perdiendo con la invasión de la llamada inteligencia artificial. Una innovación que podría, a corto plazo, acabar con la inteligencia humana y, de hecho, restringir la libertad de pensamiento. Una libertad por la que luchó Umbral durante toda su vida y de la que se hace eco cada página de su prolífica obra. Unas libertades recobradas a golpe de teclado, lastradas de todas las trabas político-socio-culturales de la larga noche dictatorial del siglo XX en España. Libre, ser libre, experimentar «el vértigo de la libertad» como lo vivió Francisco Umbral al huir de las tristes y estrechas provincias para conquistar la capital Madrid, siempre fue su mayor reivindicación y la que nos permite leer con total libertad su obra: una lectura personal y única para cada uno de nosotros pero que, asimismo, se vuelve plural y distinta cuando recorremos detenidamente la lectura del Otro.

Los comentarios, las reflexiones, las dudas de Diego Vadillo López aportan un enfoque nuevo sobre la prosa poética de Francisco Umbral: soplan unos nuevos aires frescos en torno a una escritura ya inmortal. Fino conocedor de las vanguardias artísticas de principios del siglo XX, Diego Vadillo López con El oferente de retales preciosos infunde unos dejes vanguardistas a una lectura umbralí propia del relevo generacional del siglo XXI. Mientras los referentes se adecúan a la rueda del tiempo, «La imaginación es el vuelo de un sentido a través de todos los otros», como sentenciaba el maestro. De hecho, si Adolfo Suárez decía que entrar con Francisco Umbral en el Palace era como entrar del brazo de Marilyn Monroe, medio siglo más tarde, Diego Vadillo López sustituye a la actriz norteamericana por la modelo Linda Evangelista: A reina muerta, reina puesta. ¡Por mucho que lo valgan!

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