
VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 7 de noviembre de 2026). Ferroviaria. Después de casi dos meses de la reclamación presentada en la ventanilla de la estación de ferrocarril majariega, y de haber escrito un artículo (5/IX/26) en este medio que tanto queremos (y nos quiere) recibo un correo internauta en el que se me dice, entre otras lindezas, tan abstractas como un pasodoble bailado por un cojitranco; “….una vez puestos en contacto con la dependencia de Majadahonda, nos indican que las escaleras mecánicas a las nos refiere en su escrito están fuera de servicio por cuestiones técnicas y de seguridad.” Bien, admitamos el argumento, las escaleras están averiadas y son, por lo tanto, inseguras. Sin entrar, bien podría, en el tiempo tan largo, larguísimo, años, de la avería, me sorprende la preocupación por la seguridad. Y es que no hay alternativas, en dicho tramo, entrada principal al andén, que dichas escaleras, por lo que hay que utilizarlas para subir y bajar. Y, francamente, dicho trámite aparte de desconcertante al principio no resulta de lo más anatómico. Cierto que hay otra manera de acceder al andén, por unos escalones de cemento un poco dejados de la mano de Dios. Y, naturalmente, otro modo de entrar a la estación que no sea la puerta principal; por la puerta de servicio, digamos, la que da a la Carretera del Plantío, a través del lateral del aparcamiento faraónico. Un “parqueo”, como dicen los caribeños, pensado en la época del despilfarro, cuando daba igual ocho que ochenta, y se construían velódromos (galapagueños) o campos de rugby, y no señalo, bueno, un poquito, aquí, a la vuelta, infrautilizados para dicho deporte. Mientras somos la única ciudad importante (por cierto, una de las con mayor número de títulos universitarios de España y con mayor nivel de vida) sin auditorio. El “Alfredo Kraus” una burla, una broma, un chiste, una triquiñuela. ¿dónde los cerebros privilegiados que lo perpetraron y los que lo pagaron con nuestros impuestos, se supone?

Podría seguir pero hoy quiero hablar de estaciones y de un país que presentó armas y bajó las cabecitas ante “Doña Alta Velocidad” procediendo a desmantelar una red ferroviaria, que no sería ideal, pero que cumplía cometidos. Y había sembrado el país de estaciones, con vivienda para los empleados ferroviarios, con sus jefes portadores de aquel quepis rojo que los hacía parecer gallos. Sí, los tiempos cambian pero, por lo visto, España es pionera en tales cambalaches. Viajo bastante y no veo esa furia iconoclasta de las imágenes ferroviarias pasadas en países tanto o más modernos: Reino Unido o Alemania o, a otro nivel, la República Checa. Verán: vengo de Galicia de pasar este fin de semana de los Santos/ Fieles Difuntos. Aparte la mamarrachada de primera hora de la mañana; personal disfrazado de enfermeros ensangrentados, “carniceros” beodos, currelas fumadísimos y échale hilo a las cometas del despelote.
Tomé el tren en una estación fantasmal de la ciudad adonde había llegado 2 noches antes en taxi (puesto por Renfe). Y ello porque el AVE en el que viajaba había llegado tarde al enlace. Y, claro, el tren de cercanías no podías esperar. De acuerdo, el miedo guarda la viña, y entiendo bien a maquinistas y controladores luego del horror de Adamuz y Urda (no olvidemos Angrois, por cierto, que a mí me toca muy de cerca). Entiendo que tomen todo tipo de precauciones, también lo hacen quienes mueven nuestros trenes de cercanías en lo que percibo. “Piano piano se va lontano” [«poco a poco se llega lejos»], que dicen que decía aquel sujeto al itálico modo. No lo sé. Sí que seguiré viajando en tren, que es el modo de viajar que amo. Pero mucho sentido, gestores del malvivir y peor morir, y pónganse las pilas. Y dejen de agotar las nuestras.


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