«Ana era estupenda al frente de esa Concejalía porque iba más allá de los festejos, que también, y bailaba sevillanas con Tomás Descalzo a las palmas y frecuentaba el Hogar de la Tercera Edad y no para la fotito electoral. Pero, en Cultura, traía a gente que no era de su afinidad política y, por supuesto, daba ejemplo de persona que lee y asimila desde una integración urbanísima en las calles majariegas (y no solo en el terraceo granviario)».

VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 29 de mayo de 2026). Flora y Fauna y al frente Ana Fernández Mallo. Me acerco a esa plazoleta innominada que le nació a la Majada al aire de El Carralero. Detrás del Hotel Majadahonda, donde nunca dormí, por lo que no puedo dar una valoración de sus comodidades, pero en el que asistí a una asamblea de accionistas del Rayo Majadahonda cuando los Arribas tomaron mando y plaza (no esa que me sirve hoy de comentario, claro). Y volví a la plazoleta en cuestión, tan árida como de costumbre, atraído por un mensaje con fotografía que me envía Ana Fernández Mallo, la mejor concejala de Cultura que tuvimos en este pueblo, lo es para mí y mis costumbres, que ya sé que es ciudad, y aun así. Y digo que Ana era estupenda al frente de esa Concejalía porque iba más allá de los festejos, que también, y bailaba sevillanas con Tomás Descalzo a las palmas y frecuentaba el Hogar de la Tercera Edad y no para la fotito electoral. Pero, en Cultura, traía a gente que no era de su afinidad política y, por supuesto, daba ejemplo de persona que lee y asimila desde una integración urbanísima en las calles majariegas (y no solo en el terraceo granviario).

Vicente Araguas en «el sitio de mi recreo» frente al Hotel Majadahonda

Ana, en fin, me devuelve al banco con árbol incorporado y, me temo, con latas de cerveza por el suelo. Todo lo cual viene a explicar de cómo la desidia municipal puede crear un cuadro a lo Antonio López con cosas de Hopper. Pero, también, humanizar el paisaje urbano, hasta el punto de hacernos querer, a Ana y a mí, sin duda, ese pino que brotó en el asfalto placero y se incorporó a un banco, para acompañar a quienes se sienten en él, así los cerveceros de Mahou, etiqueta verde, o a cualquier pareja que se asentaran, tiernas, en un banco que no es de madera, no, y tiene –también– restos de indescifrable pintada. De manera que hoy volví a “mi” banco con árbol, o árbol con banco, más lucido y orondo que hace un año, pero antes fui caminando desde el Go Fit, que es hace veinte meses mi aposento natatorio. Y mientras caminaba me encontré un conejo, poco más que un gazapo, con el que me entretuve a una cierta distancia (el herbívoro no quería coñitas ni carantoñas ni arrumacos.)

«Y mientras caminaba me encontré un conejo, poco más que un gazapo, con el que me entretuve a una cierta distancia (el herbívoro no quería coñitas ni carantoñas ni arrumacos.)»

Y luego, después, en un recorrido fabril (y febril, venía calor intenso, esa parte de El Carralero, ya se sabe, se halla llena de talleres, depósitos, industrias variadas, embocando ya la Carretera de Boadilla, por la acera que orilla el Canal de Isabel II fui observando la oferta/ arboreto de esta Majadahonda que nos duele porque ella misma nos hace suya. Y nosotros a ella, nuestra. Porque la Majada, como Madrid, no demanda procedencias sino que integra a quienes la integran/ entrañan. Así a Ana Fernández Mallo, leonesa o a mí, gallego. Ana, de la Cultural, yo del Racing de Ferrol y del Rayo Majadahonda, sobre el que suelo escribir, y más que voy a hacerlo.

«Ana, en fin, me devuelve al banco con árbol incorporado y, me temo, con latas de cerveza por el suelo. Todo lo cual viene a explicar de cómo la desidia municipal puede crear un cuadro a lo Antonio López con cosas de Hopper».

En el interín hoy hablo del lamento lírico de ese bancopino humanizado que quiere brindar amor a quienes, como Ana, como yo, se sientan en él. Y volviendo hacia el pueblo/ ciudad, bordeando el Canal, veo palmeras y veo cipreses, esa mezcla tan mediterránea que me alza. Cipreses, igual creen en Dios, tal vez su sombra sea (y lo es) alargada, y cómo se repiten en nuestro paisaje con esa elegancia vertical. El ciprés, tan presente en Majadahonda, tan fuego artificial y surtidor que se desparrama, la palmera. Así Ana Fernández Mallo, elegante y generosa en su entregas amigas. Liberal como la vimos en sus días municipales en la ciudad y pueblo que más nos duele.

Majadahonda Magazin