JOSE MARIA BABOT VIZCAINO. Conozco desde hace muchos años, demasiados ya, el desarrollo de los plenos de los ayuntamientos, pues todos suelen ser bastante parecidos, por no decir iguales. Y lo sé por experiencia propia, tras haber tenido el orgullo de ser concejal de un municipio español. Los plenos se suelen cocer en la Secretaría del Ayuntamiento, con la aquiescencia de la Alcaldía, en este caso, de Narciso de Foxá presumiblemente. Una vez se comienza se suele empezar por el punto o tema más importante de todos. Previas discrepancias o admisión se pasa al siguiente punto, y así hasta llegar a los más leves, o a los que el municipio debate a vista y oídas de los ciudadanos presentes, para que vean que el Ayuntamiento oye a la ciudadanía. Es una puesta en escena, ya que de los temas «leves» se habla, incluso se llega a casi los insultos, y los oyentes salen con la cabeza caliente creyendo que se les va a arreglar lo que han pedido a su presidente de la opción política de la que son adeptos.
Al día siguiente, en la Secretaría es en donde se dirimen los puntos importantes, dejando, casi de lado, sí, han leído bien, casi de lado, los asuntos «leves». Y se cuecen, como vulgarmente se dice, las habas, como está ocurriendo con mis cartas de queja sobre la dejadez de Foxá a la limpieza de las banderas. Se habló en el último pleno pero ¿cuál ha sido la solución?. Sin saberlo la digo: ha quedado en agua de borrajas, ya que el resultado no ha sido una simple palabra, un telefonazo, una nota, un memorándum o un simple aviso de que cada mes, o el día 15 de cada dos o tres meses, o en un tiempo prudencial, se limpien y que luzcan limpias, al menos, mientras ondeen en su asta. No es tan difícil de hacer cumplir con su limpieza, aparte que el gasto de su mantenimiento creo que bien lo puede sufragar el Ayuntamiento.



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