La exigua memoria de las calles en Majadahonda

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Manel(1)MANEL BARRIERE. Cuando llegué a Madrid hace 10 años, me instalé en una pequeña habitación de un piso compartido en el barrio de Salamanca. Era de las más asequibles económicamente y a la vez relativamente cercana al centro. Me sorprendió enseguida el nombre de las calles. Generales, condes, duques y príncipes enfatizaban un entorno señorial avejentado muy diferente de los barrios de Barcelona a los que estaba acostumbrado. Poco después me enteré de que el barrio de Salamanca no había sufrido los bombardeos de la aviación franquista durante la guerra Civil. Un privilegio, como tantos otros, reservado a las gentes de bien que lo habitaban.

Los nombres de una calle o de una plaza siempre dicen más de lo que parece. Son un recordatorio de todo aquello que aconteció para que ese nombre se instaurara y quedara grabado en una pequeña placa de mármol. Un recordatorio o una señal que debe ser descifrada en el presente, para poder conocer la esencia de los lugares que uno visita o por los que transita.

Cuando vine a vivir a El Plantío, no dudé ni un momento del significado del nombre de la calle que discurre paralela a la vía del tren, enlazando la estación de cercanías de El Barrial con la de Majadahonda, puerta de entrada a la ciudad. La Avenida de la Victoria se refiere sin duda a la victoria del bando fascista en abril de 1939. Una calle de entrada y salida que guarda la memoria de lo que fue zona de guerra durante la larga y sangrienta Batalla de Madrid. La memoria de los vencedores y solo de los vencedores.

No existe ninguna calle con un nombre así en Barcelona y no creo que exista ninguna en toda Cataluña, pero yo ya me había acostumbrado a esa nueva forma de asumir el peso de la historia, vivida y contada a través de una larguísima experiencia de años de olvido y de silencio, de miedo e ignorancia. Por eso tampoco me extrañé cuando supe del acto de homenaje a dos miembros de la Guardia de Hierro rumana muertos en combate en enero de 1937. Un homenaje que viene realizándose año tras año en Majadahonda y que congrega a unas decenas de apologetas del totalitarismo y el odio racial. La Guardia de Hierro participó, según el historiador Raul Hilberg, en la destrucción física de los judíos del este de Rumanía, un hecho que deberían saber quiénes desde el ayuntamiento ayudan, con su pasividad cómplice, a que un acto de esta índole siga realizándose una y otra vez.

No me sorprendí, pero sí me indigné. Por eso decidí investigar, aunque desde la comodidad de mi ordenador personal, sin más afán que el de apaciguar esa desazón que provoca la impunidad de quienes, durante muchos años, han sido capaces de convertir en normalidad aquello que debería estar proscrito de los espacios públicos. Después de navegar por diversas efemérides históricas referidas a los episodios antes mencionados, tropecé con un nombre: Mariano Escribano Valero.

Mariano nació el 8 de septiembre de 1901, hoy tendría 114 años. Fue liberado del campo de exterminio de Mauthausen el 5 de mayo de 1945, igual que el resto de españoles que, al llegar las tropas aliadas, habían tomado el campo y sustituido las banderas nazis por banderas republicanas. En la base de datos del ministerio de cultura, Mariano figura como el único majariego de entre los más de 9000 hombres y mujeres, niños y ancianos de origen español que fueron deportados a los campos nazis.

Un nombre, dos fechas, dos lugares. Escasos datos que sin embargo condensan la memoria de quienes han sido olvidados y humillados año tras año por los apologetas del totalitarismo y el odio racial, y por sus cómplices, año tras año en nuestra ciudad.

No sabemos qué fue de Mariano. Seguramente continuó con su vida. Tampoco sabemos qué le llevó a Mauthausen. Tal vez fue un excombatiente del Ejército Republicano, un miliciano anarquista o simplemente un refugiado de guerra. O tal vez fue alguno de los españoles que emigraron a Francia antes de la guerra por razones económicas o personales, y que por el simple hecho de serlo, españoles, sufrieron ese aciago destino.

Yo me quedo con esos pocos datos, y con su nombre, claro, Mariano Escribano Valero, cuya exigua memoria debe ser la base para construir una nueva ciudad más justa y democrática, donde no tengan cabida los totalitarismos, el odio racial ni quienes los toleran.

Tal vez un día veamos una placa con el nombre de Mariano y nos congreguemos ahí, para conmemorar el triunfo de todo lo que representan él y esos más de 9000 compatriotas, que lucharon hasta el final en las condiciones más adversas.

Fuente:

Manel Barriere

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