«Así eran las Fiestas de Majadahonda hace un siglo, años veinte del siglo pasado», según las describe Javier M. Calvo Martínez en el blog de la Asociación Histórico-Cultural Cierzo. Hoy las imágenes son en color y no en blanco y negro y los lectores de MJD Magazin las han enviado a la redacción del periódico o las han subido a las redes sociales
JUANA BARRIOS. (Majadahonda, 12 de septiembre de 2026). «La plaza está muy concurrida, ya que ese día, además del vecindario al completo, acudían a las fiestas de Majadahonda muchos forasteros de los pueblos cercanos, e incluso de la capital. Hombres y mujeres de todas las edades y muchos niños. Parece predominar el estrato social humilde, sobre todo jornaleros y braceros del campo con gorras y alpargatas, que es el que componía el grueso poblacional de los municipios del oeste madrileño, pero también pueden distinguirse otros perfiles, como los que posiblemente correspondan a un pequeño propietario de estética aburguesada, con cuidado bigote, traje elegante y sombrero de paja estilo canotier; un artesano con su bata de trabajo, algunos señoritos con aires urbanitas, un agricultor acomodado con sombrero de fieltro o un clérigo con sotana y sombrero de teja. Además, en una de las columnas del pórtico, hay colocado un cartel en el que puede leerse “Reservado para la música”, y es que, a la derecha, estaba situada la grada para la banda, de la que era posible ver a dos de sus integrantes ataviados con gorra de plato». Así eran las Fiestas de Majadahonda hace un siglo, años veinte del siglo pasado, según las describe Javier M. Calvo Martínez, en el blog de la Asociación Histórico-Cultural Cierzo. Y añade: «Y, de fondo, la iglesia de Santa Catalina, con uno de los pocos muros que en aquel entonces estaba enfoscado y revocado de cal, y con el pórtico a tres aguas sobre columnas de granito que, tras la guerra, Regiones Devastadas reemplazó por el actual formado por seis arcos de medio punto, aprovechando las columnas del anterior para la construcción del que se situó en la nueva entrada que se abrió en la fachada oeste, donde permanece desde entonces. Un alegre y popular día de fiesta que el fotógrafo captó en Majadahonda hace cerca de un siglo».
HOY, 100 AÑOS DESPUÉS, LOS LECTORES DE MJD MAGAZIN HAN ENVIADO SUS FOTOS A LA REDACCIÓN DEL PERIÓDICO O LAS HAN SUBIDO A LAS REDES SOCIALES. Y es que este viernes, 13 de septiembre, ha sido el día grande de las fiestas patronales de Majadahonda, que se celebran en torno al Santísimo Cristo de los Remedios. «Parece que el origen de esta celebración en Majadahonda se situaría en el siglo XVIII, cuando se construyó al sur del pueblo, junto al camino que conducía a Pozuelo, una ermita en honor al Cristo del Humilladero, posteriormente denominado de los Remedios. La devoción hacia este Jesús crucificado arraigó con fuerza entre los majariegos, creándose una cofradía encargada de velar por el culto y cuidado de la imagen y su ermita, así como de impulsar obras piadosas y celebrar diversos actos religiosos a lo largo del año. De todos ellos, el más importante se hacía coincidir con el día de la Exaltación de la Cruz (14 de septiembre). Unos días antes de esta fecha, la imagen era conducida en procesión desde su ermita hasta la iglesia parroquial, donde se celebraban diversos servicios religiosos acompañados de festejos.
TERMINADOS LOS DÍAS DE FIESTA, LA IMAGEN VOLVÍA A SER LLEVADA A SU ERMITA. Con el tiempo, el culto y la celebración del Cristo de los Remedios se institucionalizaron, convirtiéndose en las fiestas patronales de Majadahonda, que se han venido celebrando desde entonces al final del verano», agrega el articulo de Javier M. Calvo. Comentando una fotografía realizada en los años 20 del siglo pasado (XX), aparece uno de los momentos más esperados de las fiestas en aquellos tiempos: «la tarde de toros, que congregaba a todo el vecindario y atraía hasta Majadahonda a multitud de forasteros procedentes de los pueblos colindantes, e incluso, de la capital y de otras poblaciones aún más distantes. El festejo taurino se celebraba en la plaza principal, situada frente a la iglesia parroquial de Santa Catalina, que desde finales del siglo XIX recibía el nombre oficial de Plaza de la Constitución. Este espacio, en el que se situaba también el ayuntamiento, constituía el centro neurálgico de las fiestas patronales, siendo también el lugar en el que se desarrollaban los bailes con orquesta, otro de los platos fuertes de las fiestas».
Y CONCLUYE: «EL RECINTO PARA LA LIDIA SE ACOTABA CON CARROS, TABLONES Y TALANQUERAS, que eran ocupados masivamente por los asistentes para ver las faenas que realizaban modestos toreros y maletillas contratados por el Ayuntamiento. Además de la lidia, se soltaban toros y vaquillas para que los mozos se lucieran con carreras, recortes y pases improvisados, no faltando los sustos y sobresaltos que provocaban las caídas y revolcones ocasionados por las embestidas de los animales. Uno de los elementos más celebrados era el denominado “carro de la risa”, consistente en un carro de dos ruedas que se dejaba en el centro de la plaza para que los mozos pudieran ponerse a salvo del toro. En función del número de personas que subían al carro, este se balanceaba de un lado a otro, basculando sobre su propio eje como si fuera un columpio, con el riesgo que suponía quedar del lado caído frente al astado, lo que generaba todo tipo de situaciones cómicas, no exentas de riesgo, que el público celebraba con risas y algarabía».
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