FÉLIX ELENA VILLAVERDE. «Hijo mayor de Ferrante, marqués de Chatillon de Stiviéres y de Marta Tana Santena, dama de honor de la reina en la corte de Felipe II, nació Luis Gonzaga en Castiglione, Lombardía, Italia, el 9 de marzo de 1568. Vivió de corte en corte, siguiendo el destino de su padre, comandante de los ejércitos del Rey, y, como correspondía a su rango, recibió una esmerada educación. Desde los siete años tuvo muy claro lo que quería ser en la vida. Se propuso ser santo». Con estas palabras el profesor Félix Elena Villaverde del colegio privado San Luis Gonzaga de Majadahonda descubre a la persona que da nombre a este centro educativo. Un relato que a continuación reproducimos y con el que su autor da a conocer a alumnos y a todos los majariegos quién fue San Luis Gonzaga:
Desde pequeño mostró gran interés por la milicia. Sus juguetes eran la coraza, el casco y la espada. Incluso, apenas cumplidos cinco años, acompañando a su padre, convivió un tiempo con los soldados, que estaban en campaña. Un día, mientras dormían la siesta, aprovechó la distracción de un centinela y disparó un cañón, con gran alarma de toda la compañía. Desde los siete años tuvo muy claro lo que quería ser en la vida. Se propuso ser santo. Una enfermedad que le postró en cama, cuando tenía once años, le dio la oportunidad de leer “Vidas de Santos”, lo que le confirmó en su deseo de santidad. A los trece años recibió la primera comunión de manos de otro santo, San Carlos Borromeo, obispo de Milán, que, según confesó, nunca había encontrado tanta sabiduría e inocencia a tan temprana edad.


Sabiendo que el fin estaba cerca, sin perder la alegría decía a los presentes:
– ¡Ya nos vamos, padre, ya nos vamos…!
– ¿A dónde, Luis?
– ¡Al cielo!
– ¡Oigan a este joven! -exclamó el padre superior-. Habla de ir al cielo como nosotros hablamos de ir al pueblo vecino.

- Unos sólidos principios perfectamente definidos a la temprana edad de diez años. En un mundo de valores cambiantes, relativista, “líquido”, como el nuestro, vendría bien un poco de la claridad y firmeza que adornaron a San Luis Gonzaga.
- Una fuerza de voluntad a toda prueba, capaz de superar los halagos de la corte y sobreponerse incluso a los deseos de su padre, recio militar.
- Una generosidad fuera de lo común, que le llevó a entregar no sólo su fortuna, sino también su tiempo e incluso su vida, por los desheredados de este mundo.
- Una humildad y bondad alabadas y admiradas por todos los que le conocieron.
- Una gran inteligencia. Como demostró, cuando llevó adelante las gestiones diplomáticas que le encargara su padre, con torcidas intenciones, como vimos.
- Una valentía y coraje encomiables: no le asustó que su piedad le atrajera las miradas de la corte, ni tratar y cuidar a enfermos de la peste, a sabiendas del riesgo que corría su propia vida.
- Fidelidad a Dios y a su vocación. Él mismo reconocía que toda la fuerza la encontraba en Dios y en su filial devoción a la Virgen María.
Sólidos principios, fuerza de voluntad, generosidad, bondad, humildad, inteligencia, valentía, fidelidad… ¿No son un buen puñado de virtudes perfectamente actuales? Sin duda sigue siendo San Luis Gonzaga un buen referente para la juventud de hoy. Y un modelo de ley y verdadero. ¡Hay tantos falsos idolillos con pies de barro que cautivan a nuestros jóvenes!
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