“No puedo evitar regocijarme con una sonrisilla socarrona cuando recuerdo que el catering no oficial de la cantera del Real Madrid era el pequeño restaurante Gilardino de Majadahonda. Muchas noches, sobre todo los fines de semana, se formaba un revuelo de jugadores en la entrada de la residencia para recibir al repartidor, que había congeniado con muchos de nosotros tras convertirse en una persona habitual en nuestras vidas. Los waffles cubiertos de chocolate y los bocadillos de salchicha inundados en salsa agridulce desde luego no nos aportaban nada bueno, pero eran mano de santo tras las insípidas cenas de internado”. Quien así se expresa es el futbolista Ignacio Martín, de la cantera del Real Madrid, que narra en primera persona en la revista “Vice” su experiencia como canterano merengue recluido en el Colegio SEK de Villanueva de la Cañada. Lo de menos es que ese “restaurante Gilardino” no esté en Majadahonda sino en Villanueva del Pardillo, sino que fruto de esa intranscendente errata ha aflorado lo relevante: su desgarrador testimonio, que reproducimos junto con la otra cara de la moneda en un vídeo que muestra una visión algo más amable de esta formación académico-deportiva de élite:


“Estos también solían tener contratos con grandes marcas deportivas como Adidas o Nike que les permitían seleccionar productos (como botas y todo tipo de ropa) de un catálogo y pedirlos sin costo alguno para ellos, causando la envidia de otros tantos, incluido yo. Entre los mayores, hubo un caso bastante notorio en el que un jugador se compró un Audi nuevo sin siquiera tener licencia de conducir. Comíamos a las dos y salíamos de clase a las cinco solo para llegar a la residencia (que se encuentra a unos escasos treinta segundos del SEK caminando) y arrasar con todo lo necesario para ir al entrenamiento. Asegurarse de coger las galletas y el mini-batido de vainilla que el coordinador dejaba sobre cada cama era para muchos una urgencia, desde luego para mí era imperioso si quería aguantar el entrenamiento entero.

«Había muchas ocasiones en las que llegabas a entrenar muerto de hambre porque, con toda honestidad, creo que la alimentación estaba lejos de ser la más idónea para muchachos de nuestra edad, y más siendo deportistas de élite. Y lo peor es que nadie vigila si comes o no. Recuerdo llegar a Valdebebas después de 45 minutos de autobús, rezando para que tuviésemos un poco de tiempo para poder comprar algún alimento de las máquinas expendedoras o de la cafetería. Suponiendo que cuentas con algunos minutos después de cambiarte, afrontas otro dilema: si comes algo porque no puedes aguantar el hambre te arriesgas a vomitarlo en el entrenamiento, si no comes, te arriesgas a sufrir un desmayo. El hecho de no comer ni descansar bien causa una erosión lenta de tu sistema inmunológico, dando pie a que no rindas adecuadamente en los entrenamientos, partidos, o mucho peor, que sufras una lesión. El diagnóstico habitual: sobrecarga del gemelo, desgarre muscular en el sóleo, tendinitis, esguince de tobillo y mucho, mucho líquido acumulado en las articulaciones; tuve más de cinco lesiones en la misma temporada. Y no me malentendáis, el Real Madrid contaba con muchos profesionales con experiencia y recursos para devolvernos al campo lo antes posible, pero opino que no mitigaban las lesiones adecuadamente afrontando el problema desde la raíz, sino que más bien adoptaban un enfoque reactivo que afectaba negativamente a todos, pero especialmente a los niños de la residencia».



En la sala de estudio a las tres de la mañana solo estábamos los tres o cuatro habituales. Muchos venían después de cenar para terminar los ejercicios de clase, pero se marchaban pronto para poder hablar con sus padres, conectarse a internet o simplemente descansar. Otros solo acudían a la sala de estudio para matar el tiempo o para poder expresarse artísticamente dibujando falos y caricaturas de supervisores.

Creo que es inaguantable para un quinceañero quedarse estudiando hasta altas horas de la madrugada después de entrenar, que le obliguen a levantarse para ir al colegio, volver a entrenar y repetir cuatro días por semana más un partido el sábado o el domingo, y esto sin contar con los torneos. Si adaptamos la teoría de Malcolm Gladwell al mundo del fútbol, cada jugador debería invertir 10,000 horas en entrenamientos para conseguir convertirse en un profesional. Por supuesto que el talento es crucial, pero según mi experiencia, lo más importante es la práctica. Siguiendo ese razonamiento, los niños que más tiempo dedican al fútbol tienen más posibilidades de llegar, pero el problema reside en que cuanto mejores se hacen, menos se les presiona para que estudien y menos inclinados están a hacerlo porque piensan que tienen la vida solucionada. Sin ir más lejos, hace algunos días me encontraba viendo el partido de Champions del Real Madrid contra el Manchester City y vi que un excompañero se encontraba en el once inicial. Me envuelve la nostalgia cada vez que observo los mismos ademanes y leo las mismas expresiones en sus labios que cuando jugábamos juntos en el Cadete A. Con toda honestidad, el corazón se me alegra al saber que un compañero que realmente lo merecía ha conseguido llegar, pero lo que no te muestran las cámaras es que él se encontraba dos cursos por detrás del resto de nosotros.



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