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LIDIA GARCIA. «Los diez años que acaban de cumplirse desde el fallecimiento de Francisco Umbral son casi con exactitud los diez años que viene durando una crisis que cada vez se nombra menos, sin que ello suponga menoscabo a su persistencia. A Umbral le persigue una curiosa y ya larga disquisición. ¿Era de izquierdas o de derechas Umbral? ¿Era un rojo o por el contrario era un snob de ideas conservadoras que se las daba de intelectual? Los profetas de la ortodoxia, los amigos de la corrección política, los etiquetadores de supermercado, los oficialistas recalcitrantes, los acríticos por definición y los dogmáticos de espíritu no entenderán nunca las palabras de escritores como Umbral, y entenderán aún menos lo que no está exactamente en las palabras, sino en sus alrededores, en sus esquinas y aristas y hasta en la mugre que se acumula entre sus letras, como si fueran los dedos de los pies del pensamiento». Javier Martín Fandos, desde la revista Ctxt planteó en 2017 el debate. Y MJD Magazin, desde Majadahonda, recoge algunas respuestas:

Revista Ctxt (Javier Martín): Creo que a D. Francisco Umbral le hubiera gustado vivir y sobre todo contar con la lucidez de sus dedos esta maldita o bendita crisis que nos ha hecho abrir los ojos tras un periodo demasiado largo de adocenada prosperidad. La España y la Europa de hoy tienen algo en común con la mayor parte del tiempo en que Umbral vivió y escribió inventando la vida. Tienen mucho que ver la Europa y la España de hoy con todo ese tiempo, si exceptuamos la última década de la vida del Sr. Umbral, como le llamaba el piscinero que, a principios del verano, limpiaba la piscina del escritor y creía que los libros ahogados en ella eran pulpos desintegrados. Tiempos de gran mentira en los que se mintió mucho y mal y sin gracia. Tiempos en los que creímos haber vencido a la despreciable pobreza y a la vergüenza del hambre. Tiempos en los que nos atrevimos por primera vez a recibir inmigrantes, en lugar de exportarlos como habíamos hecho siempre. Tiempos en los que nos creímos con derecho a emparedar la verdad y la memoria y hasta la escritura y la mentira detrás de tabiques de pladur. Tiempos de birlibirloque, en los que cualquiera podía hacerse rico con un fajo de billetes en una mano y un teléfono móvil en la otra. Tiempos en los que manos sucias, manos que nunca fueron ni serán fotografiadas, escribieron demasiados libros merecedores de una condena a la peor de las muertes, muerte de piscina.

El Mundo (Fernando Aramburu): Estos últimos años no me han faltado dificultades para encontrar libros de Francisco Umbral en las librerías. El que dedicó a Cela, tras la muerte del amigo y valedor, a quien no me parece a mí que Umbral vituperase tanto como se ha dicho, lo encontré tras larga búsqueda en una librería de lance. Tampoco me acompañó la suerte en visitas sucesivas a la sección de libros de las grandes superficies. El hijo de Greta Garbo lo tuve que encargar. Se diría que Umbral está actualmente un tanto desaparecido del debate cultural. Su fama, que fue mucha y cotidiana y del litoral español hacia dentro, se me antoja hoy un cadáver arrumbado en el pudridero a la espera de obtener un hueco en el panteón de los clásicos. Una Fundación, presidida por María España Suárez, su viuda, vela por la vigencia del nombre de Paco, como ella lo llama.

Diario de Cádiz (Francisco Correal): Soldadito rubio que mandaba en el mundo, te perdí para siempre». La pérdida de su hijo llevó a Francisco Umbral a escribir un libro estremecedor cuyo título, Mortal y rosa, bebe de unos versos de Pedro Salinas. Umbral no vio crecer a su hijo y Aitor Puerta no vio crecer a su padre. El destino es así de caprichoso y el mismo día de hace diez años se llevó a estos dos sinónimos, Umbral y Puerta. Literatura y fútbol que si tuvieran algún gozne entre ellos serían los siete años que Rafa Gordillo vivió en Majadahonda puerta con puerta del escritor y articulista que en su Diccionario de Literatura decía de sí mismo que «ha practicado el magreo de autobús a mano tonta, el progresismo de derechas, la cola de los grandes estrenos, el cortejo a las marquesas, el llevar el chal a la mujer de otro y la amistad del whisky sin hielo, que queda más Bogart». Con Umbral fui muchas veces a comprar el pan en sus artículos de Spleen de Madrid y sólo lo traté en persona cuando tuve la osadía de regalarle en el café Gijón un libro sobre la fauna periodística meridional. Umbral le presta su prosa, mortal y rosa, a su compañero de barca de Caronte: «¿A quién engaña este cielo azul, este mediodía con risas?».

El Español (Pedro Jota Ramírez): Hoy se cumplen diez años de su muerte, en las postrimerías de aquel premonitorio verano de 2007, en el que estalló la burbuja de las hipotecas basura y se incubaban ya todos los desastres de la crisis. La valoración de su legado literario y su leyenda personal no han dejado de crecer desde entonces. De ahí que me parezca oportuno ofrecer a curiosos y eruditos, a sus entusiastas lectores y a quienes aún continúan teniéndole atravesado en la memoria, un documento inédito, con la espontaneidad de lo íntimo, que refleja como pocos sus obsesiones como creador. Publicarlo es el mejor homenaje que hoy le puedo hacer. Se trata de la carta, tecleada en su Olivetti de toda la vida, mediante la que me anunciaba el 14 de septiembre de 1993 que había decidido ponerme los cuernos con Luis María Anson y abandonar El Mundo para unirse al Abc. Umbral consumaba su estocada, comparando la situación con la «de una vez que estuve a punto de separarme de mi mujer». Umbral nunca se separó de María España y volvió a El Mundo, después de sólo 57 días en el Abc, con la misma mezcla de lucidez y confusión con que volvía al redil doméstico tras sus escapadas, casi siempre más virtuales que reales. El punto clave del que había sido mi razonamiento para seguir juntos lo expresó él mismo, unos cuantos años más tarde, en su libro Un ser de lejanías: «Alaban mi estilo los que quieren matar mi pensamiento».

Zenda Libros (Jesús Nieto): Fue nuestra primera novia juanramoniana en la cosa de los libros y periódicos, vestida de blanco y rosa, de tipografía y verbo, de contraportada y tiempo. Hablo de Francisco Umbral. Más tarde adivinamos su historia, trágica, que lo convirtió en un ser peligrosamente lírico, de lejanías a veces, y siempre tierno a pesar de esa coraza que le vino a prestar Camilo José Cela, su maestro de fuerza. Sus libros de la conquista de Madrid fueron nuestra biblia y nuestro mapa primero en la ciudad donde el DNI se empeña en decir que no fuimos paridos. Su vaivén de reportero todoterreno, su sueldo magro que le mandaba Delibes, su vocación de genialidad entre los elefantes del Gijón, supusieron la mejor forma de conocer un Madrid que dicen que se ha ido pero que, quizá, fuese el más nuestro. De Umbral se ha escrito hasta la saciedad, y más que escribirán este año, a los diez agostos de su muerte. Los filólogos sesudos aprecian en secreto su aportación al castellano; los novelistas repudian que sea un escritor plenipotenciario en el buen sentido de la palabra escritor. Los poetas lo adoraban, los pintores lo admiraban; siquiera sea porque la música y la imagen debe ir delante de la cosa. Sobre Paco Umbral, insisto, hay mucha literatura pero pocos lectores sagaces. En cualquier caso fue un prosista cuya escritura, y él lo confesaba, consistía en “cortarse lonchas de sí mismo” y en escribir para hallar ese calor negado por su propia biografía. La mayoría se queda en sus columnas, donde se dejó media vida, pero no se atreve a entrar al borbotón de sus libros. Su teta primera fueron los versos de Juan Ramón, las greguerías de Ramón, los hallazgos de Valle, los periódicos que con retraso llegaban a nuestra Valladolid. Y más tarde, sin formación reglada, Umbral descubriría la maravilla de la tipografía, su nombre entintado –incorrectamente– en los periódicos de la capital de provincia. Se cortó lonchas de sí mismo en su escritura, elevó el yo a una categoría periodística irrenunciable. Este 28 de agosto se cumplen diez años de la muerte de Umbral, que se fue literalmente dictando su columna a España, su mujer. Con lo que la escena tiene de fervor escritor ante el purgatorio. Hoy el columnismo viene a ser vertebral de nuevo en los pocos periódicos que van quedando. Y el prestigio de la Literatura en prensa le debe mucho a Umbral.

El Español (J. A. Montano): Yo estoy entre los que se alejaron de Francisco Umbral, aún cuando vivía. Para alejarme, naturalmente, tuve que estar muy cerca. Fue mi primer ídolo literario. Uno de los sitios en que descubrí la literatura fue en la dedicatoria de «Memorias de un niño de derechas», el primer libro suyo que leí. Me la sé de memoria: “A los desvencijados niños de la guerra, que comieron conmigo el pan negro de salvados y la tajada del miedo”. Yo ya lo conocía del periódico, pero fue ahí donde me conquistó. Lo que me gustaba era su doble juego, que saboreábamos los iniciados. Por un lado estaba el Umbral de la prensa y de las entrevistas, brillante, frívolo, epatante, antipático a veces; y por otro el de los libros intimistas, lírico, vulnerable, tierno, y brillante también. Los lectores que habíamos accedido a este recinto disfrutábamos todavía más con los fuegos de artificio del exterior. Yo sentía que hacía el numerito para nosotros. Viví unos años de apasionamiento hasta que al final, por saturación, me distancié. Escribí contra él incluso. El primer pellizco para la vuelta a Umbral lo sentí cuando murió, hace hoy diez años. En este tiempo hemos conocido el secreto de quién era su padre (y quién su hermano), gracias a la investigación que hizo Manuel Jabois para El País. De pronto tuvimos a un Umbral mejor, más solo, con la doble desgracia del padre refractario y el hijo muerto. Se hizo nítida su herida y cobró heroísmo su pose. Fue dandy por autodefensa. Aunque la segunda desgracia la había contado en Mortal y rosa, un libro que siempre se ha leído, su éxito y su brillo posteriores hicieron que nos olvidáramos con demasiada facilidad de ella: no la teníamos presente. Conserva su frescura, pero nos resulta raro: y es porque nosotros ya no estamos frescos. Ha habido un empobrecimiento del país, o del ambiente. Así, las cosas que él decía para epatar a los burgueses, y que el público lector celebraba, hoy epatarían en parte a ese público lector, ya burguesito. Se ha achicado el espacio. Pero ahí tenemos los libros de Umbral, para meternos en ellos y que se agrande.

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