«No, no se pierden las cuentas del rosario temporal con los alumnos del Colegio Logos, yo ya no sé quién es lazarillo o férula de quien, Pero sé que tantas vidas volviese a tener las gastaría / ganaría gustoso yendo y volviendo con ellos en semejante vivir viajero. Amada Florencia de día, amándola más aun de noche»

VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 18 de abril de 2026). Florencia: Día y Noche. Seguramente Florencia es la ciudad más armónica del mundo. No digo bella, que tal vez podría. No, no es el cuento de hadas, que resulta ser Praga. Ni el caos apolíneo de Roma. Tampoco el concepto/ léxico mediterráneo de Barcelona. Ni la trilogía museística: Prado, Thyssen, Reina, de Madrid. O el castillo con catedral sumado al vértigo de la Royal Mile de Edimburgo, o el mar enmarcando Lisboa. O el “rink” de Viena o París, París, París. Y esto por ceñirme a Europa, que más allá hay mucho más. Pero yo hoy vengo a hablar de armonías. Donde al lado de Santa María la Novella tan cerca de la estación de ferrocarril, aquel egipcio mutilado, 2006, me decía, “niente più guerre, per favore”. Y la estación, en línea neorrenacentista, lo corroboraba.

Porque en Florencia, en esa belleza que duele, no puede haber lugar para el caos, para lo dionisíaco. Que eso es o sería Roma, que aquí manda Apolo. O en su lugar David, el de Miguel Ángel, a partir de aquella pieza de mármol que había sobrado de una mole escultural. Y Miguel Ángel, enamorado del muchacho que para él estaba posando, esculpió a David en trance de abatir al gigante Goliat. A este tan solo lo adivinamos. Sino que es la honda la que descansa en el flanco de ese cuerpo tenso, a punto de disparar/ dispararse camino del trono de Israel. Otra historia. Y yo le escrbí, al aire de los días pasados en Florencia, esta soleá: “Variación Miguel Ángel”: “De mármol es la honda/ del hondero aplicado/ tu mano en él ahonda.” El “David” en la Galería de la Academia. Reproducido en mármol en la Pialla della Signoria. En bronce en el Piazzale Michelangelo, en esa colina milagrosa; en ella, ante nosotros, una de las perspectivas más hermosas del mundo. Ese mirar hacia abajo prodigioso, porque allá –al fondo- se halla el Arno, tajando, dividiendo en dos Florencia iluminada. Al fondo el Palacio Viejo, Santa Crocce, el Duomo, con Brunelleschi organizando la cúpula más destructora de lo remoto para reconstruir la modernidad (y no sólo en cúpulas). Y es en el matiz crepuscular del Ponte Vecchio, ya solo joyerías y el el medio Benvenuto Cellini en bronce, donde Florencia pega un salto en la noche dejando a la izquierda de la perspectiva el Palazzo Pitti. Justo enfrente de donde Dostoievski escribió “El idiota”, apurado por el frío y la ludopatía.

«Y Miguel Ángel, enamorado del muchacho que para él estaba posando, esculpió a David en trance de abatir al gigante Goliat. A este tan solo lo adivinamos. Sino que es la honda la que descansa en el flanco de ese cuerpo tenso, a punto de disparar/ dispararse camino del trono de Israel».

Pero Florencia no es un juego, aunque –peccato!- de la Piazza de la Republica haya desaparecido la librería Edison, a la que recuerdo en mi bello verano florentino abierta toda la noche. Pero sigue el tiovivo con sus sabores y música de antaño y los artistas callejeros, obsesivos con el panorama horizontal de la campiña toscana y con la nariz desafinada de un Pinocchio capaz de resistir todas las tempestades temporales y las lluvias que arruinaran, hoy recompuesto de mano nipona, el Batisterio, asolado en las lluvias aquellas de 1966. Sumergida Florencia, entonces, bajo cinco metros de agua. Yo estudiaba, entonces, sexto de camelias y de hortensias, la misma edad que tienen los escolares con los que he ido tantas veces a Florencia que ni siquiera pierdo la cuenta. No, no se pierden las cuentas del rosario temporal con los alumnos del Colegio Logos, yo ya no sé quién es lazarillo o férula de quien, Pero sé que tantas vidas volviese a tener las gastaría/ ganaría gustoso yendo y volviendo con ellos en semejante vivir viajero. Amada Florencia de día, amándola más aun de noche, desde el Piazzale Michelangelo, cuando el Arno es cuchillo afilado con que dividir en dos el cielo. Sí.

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