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MANU RAMOS. El Navalcarnero está siendo la sorpresa como líder de su grupo en Segunda B pero pocos saben que no solo lo es por su práctica deportiva. Ir a Navalcarnero no es ir a jugar al fútbol sino a una guerra… o a un campo de minas. Los aficionados insultan a los entrenadores y jugadores adversarios, el campo es un patatal con césped artificial «quemado» y difícilmente practicable y los árbitros, amedrentados por el ambiente, no tienen más remedio que pitar «casero, casero» si quieren salir «vivos» de aquel infierno. Sin embargo, con todos estos inconvenientes, que no son pocos, hay algo que traspasa las fronteras del deporte: el «juego sucio«. El entrenador del Rayo Majadahonda, Antonio Iriondo, tras lograr un valioso empate en estas dramáticas circunstancias, tuvo que aguantar un chaparrón de insultos a pie de campo que ruborizaban a los niños y a los adultos más educados que asistieron al encuentro, según reflejan las crónicas de quienes se atrevieron a contarlo, que tampoco es fácil. Y es que eso, siendo grave y poco ejemplar, no le dolió: lo que sí denuncia es tremendo, viniendo de un veterano caballero del fútbol que ha visto ya muchas cosas a lo largo de su dilatada y exitosa trayectoria: «tengo un montón de jugadores golpeadísimos. Yo creo que los arbitrajes tienen que proteger al fútbol y el fútbol debe ser algo viril, que se va con fuerza pero sin maldad. Muchísimo respeto al juego y a los rivales, pero cuando se da sin balón tengo que estar en contra de eso«. Ofrecemos a continuación las declaraciones completas del «míster» majariego:

