
JOSE MATEOS MARISCAL. “Dos pasajeros en un compartimento de tren. Nada sabemos de sus antecedentes, de su procedencia, ni de su destino. Se han instalado cómodamente, han acaparado mesitas, colgadores y portaequipajes, han esparcido periódicos, abrigos y bolsos en los asientos vacíos. De pronto se abre la puerta y aparecen dos nuevos pasajeros. Los dos primeros no les dan la bienvenida. Dan claras muestras de disgusto antes de dedicarse a recoger sus cosas, para compartir el espacio del portaequipajes y recluirse en sus asientos. Aún sin conocerse en absoluto, los dos pasajeros iniciales demuestran una sorprendente solidaridad mutua. Actúan como grupo establecido frente a los recién llegados, que están invadiendo su territorio. A cualquier nuevo pasajero lo consideran un intruso. Su actitud no se diferencia mucho de la que tienen los aborígenes, que reivindican la totalidad del espacio disponible. Ésta es una concepción que escapa a toda explicación racional y, sin embargo, está muy arraigada. El tren se dispone a andar. Nueva estación. La puerta del compartimento se abre de nuevo para dar paso a dos pasajeros más. A partir de este momento varía el estatus de los que les precedieron, es decir, el segundo grupo en llegar, hasta este momento, eran intrusos, forasteros. Al llegar la tercera pareja, los segundos pasan a formar parte de los sedentarios, de los dueños del compartimento y comienzan a hacer uso y toman la actitud de antiguos vecinos del lugar, merecedores de toda suerte de privilegios.” (extractado de “La Gran Migración”).









