
CRESCENCIO BUSTILLO. No habíamos hecho nada más que abandonar el Ayuntamiento de Majadahonda y reemprender la “ronda”, cuando sentimos un disparo, que retumbó como un cañonazo, seguido de voces, gritos alaridos de dolor, y una carrera desenfrenada de otra de nuestras patrullas, procedente de la calle contigua a la que estábamos. Esta patrulla nos alcanzó en medio de una tensión nerviosa, que apenas nos pudieron hablar y transmitir lo que había sucedido. La patrulla esta se componía de un tal Frutos que la comandaba, buen elemento, de ideas sanas y liberales; un tal Pilar, joven impetuoso de ideas radicales, y el Antonio de los Esteban, primo como ya sabemos de mi mujer María. Al juntarse estos dos últimos con nosotros, en medio de su nerviosismo, -sobre todo el Antonio lo acusaba más- dijeron que había un falangista muerto debido al disparo que se había producido entre ellos. No dijeron quien lo había matado, ni nosotros les preguntamos tampoco, pero por la forma de proceder y adivinando al resto, comprendí que el autor de la muerte había sido el Antonio.









