GREGORIO Mª CALLEJO. Tres historias, tres delitos. Nuestra antigua vecina Bernarda ataca a su amante con un cuchillo, nuestros antiguos Juez y Secretario de Juzgado se ven mezclados en un turbio asunto de cobro ilegal de contribuciones inmobiliarias. Algo muy sospechoso debió observar la Audiencia Territorial para, en pleno juicio, abrir una instrucción suplementaria contra ellos (al principio no encausados). Y, en fin, una reyerta entre familias deviene en la muerte en plena calle de nuestro pueblo, de un majariego ya casi anciano. Además de deleitarnos con la forma de la crónica (el “Muy apaciblemente ha discurrido la tarde por el Palacio de Justicia” recuerda a una narración de una crónica de toros o fútbol), además de lo fascinante de estas historias en sí mismas, hay algo que me hace reflexionar.

Profundizamos así en nuestro terruño, en una intrahistoria que nos trasmite una esencia determinada. Recordando esa comunidad idílica parece que respiramos el volkgeist del que hablaban los románticos alemanes. El verdadero espíritu del pueblo. En espacios lingüísticos y culturales más o menos amplios, todo eso configura una tradición singular, es el germen del nacionalismo. En pueblecitos pequeños nos da esa reconfortante sensación de comodidad con nuestro pasado. Pero en las comunidades, en los individuos que las forman hay también violencia y corrupción. Quizás, de hecho, no hay nada tan globalizador como la inquina, la corrupción y la violencia, que penetran así en el idílico terruño y agrietan su supuesta y particular perfección. Frente al sueño del particularismo perfecto, Bernarda, Vicente y Bonifacio nos recuerdan cómo somos y de dónde venimos.






Más noticias