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Desde Majadahonda a La Habana (Cuba) con Federico Garcia Lorca cuajado ya el “Poeta en Nueva York”

«Federico García Lorca se movió por La Habana como por su casa, y llego a decir que si se perdía lo buscasen en Andalucía o en Cuba. Poco bien lo tuvo que pasar Federico García Lorca en El Vedado o Habana Vieja, en los atardeceres de El Malecón, en el “Yacht Club” –hay fotos– con aquellos mocetones llenos de alegría forzuda»

VICENTE ARAGUAS. (La Habana, 6 de agosto de 2026). Federico por Habaneras. Otro Federico, Martínez Utrera, brillante como un sol de mayo en plena y cruel canícula, me sugiere que pues ando por La Habana hable aquí de Lorca. Tan universal, luego de Cervantes el escritor español que más, y no solo por su muerte terrible, matar siempre es horrible, hacerlo con un ser tan solo armado con su talento, sino por su talento literario. Pavoroso. Capitán él, tal vez, de ese milagro llamado “Generación del 27”, Lorca llegó a La Habana, procedente de Nueva York, cuajado ya el “Poeta en Nueva York”, el 7 de marzo de 1930, en una estancia cubana de tres meses, hasta el 12 de junio, que lo llevará a Cienfuegos, Pinar del Río, Matanzas, Santiago de Cuba, en un viaje por una geografía alargada, caimanesca, se ha dicho, donde ciudades, campiña y montaña, esa mítica Sierra Maestra, se combinan con el mar de los caribes. Y Lorca, tan activo, tan promiscuo como discreto en su sexo privadísimo fue de un lado para otro, agitando pareceres, singularizando momentos, moviéndose, blancos y negros, por bares, teatros, bailongos y shows bullangueros, el que no sepa ni quiera saber de meneítos, bullangas y bullarengues, de cuerpo, de palabra, mejor no venga a Cuba.

«Y en el Vedado, una estatua del Quijote, Sancho la tiene en la Habana Vieja, lleva una placa homenaje a Antonio Machado, Miguel Hernández y, naturalmente, Federico García Lorca»

FEDERICO GARCÍA LORCA SE MOVIÓ POR LA HABANA como por su casa, y llego a decir que si se perdía lo buscasen en Andalucía o en Cuba. Poco bien lo tuvo que pasar Federico García Lorca en El Vedado o Habana Vieja, en los atardeceres de El Malecón, en el “Yacht Club” –hay fotos– con aquellos mocetones llenos de alegría forzuda. Y Lorca, zambo, con traje bien compuesto, torpe de movimientos como se autodefinía, y aun así dispuesto a cantar las “Habaneras de Cádiz” de Carlos Cano (letra, Antonio Burgos.) Y en el Vedado, una estatua del Quijote, Sancho la tiene en la Habana Vieja, lleva una placa homenaje a Antonio Machado, Miguel Hernández y, naturalmente, Federico García Lorca, los tres tan quijotescos, cada uno a su manera, los tres muertos, cada una en su desgracia, por causa de nuestra guerra. Lorca venía a Cuba a dictar tres conferencias, lo que hizo, pero quien financió estancia y viajes fue el acaudalado padre de Federico, como él llamado.

Lorca en La Habana (Cuba)

HAY UNA FAMILIA, HABITANTES DE UNA CASA SEÑORIAL EN LA CALLE LÍNEA, los Loynaz, fieles compañeros de Lorca en La Habana, Dulce María, Loynaz (Premio Cervantes, en 1992) la más conocida de ellos. En esa casa Lorca escribió, muy probablemente, “El Público”, y Dulce María testimonió la presencia continua de Federico en su casa, bien que este no disfrutase mucho de la poesía de Dulce María; más de la de su hermano, Enrique. Como es natural Lorca alternó con los escritores cubanos que estaban en la pomada. Uno de ellos el gran Nicolás Guillén, el del “son”, de quien Lorca asimiló de alguna manera recursos para su propio “Son”. Ese que habla de Santiago. Incluido en “Poeta en Nueva York”. Un poema titulado, en puridad, “Son de negros en Cuba”: “Cuando llegue la luna llena/ iré a Santiago de Cuba,/ iré a Santiago”. Un poema santiaguero, con alusiones a “la rubia cabeza de Fonseca” o “Y con la rosa de Romeo y Julieta”.

Fotografía de Lorca publicada por el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante en su artículo «Lorca hace llover en La Habana»

AH, LOS TABACOS COMO ESENCIA POÉTICA junto a esa definición del país que nos ocupa (y preocupa): “¡Oh, Cuba! ¡Oh, ritmo de semillas secas!” No, no hay un libro entero de Lorca dedicado a Cuba, sino este soberbio poema y retazos y sensaciones y ritmos. Que Cuba impregnó a Lorca es evidente. Lorca, esponja, fue feliz en Cuba. Lástima que el día que se marchó del país, camino de Cádiz, banquete de homenaje en el Hotel de Inglaterra no se hubiese quedado en La Habana a favor y cuidado por esa Cuba que tanto amaba. Se hubiese ahorrado el martirio. Y su obra hubiese alcanzado cotas mucho más altas. Tenía solo 38 años la noche del horror en Víznar.

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