“Las tribunas públicas de hombres y mujeres forjaron en Majadahonda una conciencia limpia de nobleza y honradez”

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CRESCENCIO BUSTILLO. Así era el pueblo y su comportamiento con el trabajo, donde la cultura por falta de tiempo en la enseñanza, forzosamente tenía que ser modesta. Había escuelas, de niños y niñas por separado, para mal aprender a leer y escribir, aunque casi todo el mundo sabía poner la firma. En las escuelas se estaba obligado hasta los 12 años y se empezaba a los 6, salvo los que podían pagar y empezaban antes prolongando después. Lo más adelantado que podías llegar en la enseñanza que departían los maestros en el pueblo era saber las cuatro reglas en aritmética, leer de corrido pero sin saber ni dar sentido a lo que se leía, pasando otro tanto con la escritura.

En el invierno se daban clases especiales de adultos para recordar lo poco que se sabía de la primera fase de estudios. No había bibliotecas, por tanto no se conocían la literatura ni ninguna clase de ciencias. Los periódicos llegaban algunos todos los días, pero eran para los privilegiados, y todos eran de matiz conservador, hasta más adelante que llegaron los de tipo social y liberal. Las revistas iban a la par con los periódicos y otras facetas culturales, como el cine y el teatro, se pasaban grandes espacios de tiempo que no se veían ni lo uno ni lo otro. Hubo una vez que se formó una banda de música, pero duró poco tiempo, ya que había muchos intereses encontrados y pudieron más los egoísmos que los verdaderos ideales musicales. De esta incultura no tenía la culpa el pueblo, sino los caciques del mismo: no les interesaba que los hijos de estos verdaderos trabajadores salieran de su atraso porque así no les podrían disputar sus privilegios, gobernando y mangoneando al pueblo a su antojo.

Crescencio Bustillo con compañeros de trabajo (años 60)

Hay una cosa muy importante en las características de la gente que quiero hacer resaltar. Quizás sin darse cuenta nadie, salió por sí sola la costumbre de reunirse en un sitio llamado las “cuatro calles”. La gente joven y hasta madura, en cuanto comenzaba el buen tiempo o incluso aprovechando los ratos que daba el sol en el invierno, se reunían en este lugar. En ocasiones en tal cantidad que era imposible circular en aquel sitio. Las piedras planas que servían de asiento se las disputaban algunos en verano, se medió tumbaban en el suelo otros, en corrillos de pie. Y así, según el tema o la novedad que trataran en cada uno, era más o menos el interés que había en cada grupo o corrillo. Este sitio de reunión o tribuna publica era donde se analizaban y se narraban todas las novedades, locales y exteriores, se ensalzaban algunas hasta aumentar su volumen, pero las que eran dignas de censura se las criticaba sin piedad. Por eso creo que a lo largo del tiempo, sin nadie darse cuenta, este parlamento espontáneo sirvió para formar mejor a la gente, ya que nadie quería verse inmerso en una polémica pública que tuviera por Ateneo las “cuatro calles”, que era tanto como publicarlo hoy en televisión, pongo por ejemplo.

Crescencio Bustillo, en el centro de la imagen durante una merienda

Allí se comentaba todo y había, como es de suponer, los que a través de tantas discusiones llevaban la voz cantante, bien por su facilidad de palabra o por su clarividencia al enjuiciar los casos. Lo cierto es que caso que se discutía allí, tenía que pasar por este tamiz o crisol, saliendo de ello una crítica sana que nadie se atrevía a contrarrestar sino que, aun “a regañadientes”, muchas veces se aceptaba por fin para que no tuvieran que volverse a ocupar de aquel que había dado lugar al debate. De cualquier forma nadie quería andar en lenguas y menos que su nombre y su conducta se pusiera en entredicho, ya que el haber sido juzgado moralmente en aquel lugar era como decir que el pueblo lo quería así y no había porque apelar. Por tanto, cuando he señalado el carácter moral y noble de la gente, creo que en su mayor parte se debe a esta tribuna pública, que sin querer creó una conciencia más pura de todos y cada uno de sus vecinos.

De las mujeres podríamos decir igual. Su lugar de reunión más importante y populoso era en los lavaderos públicos, sobre todo los dos días a la semana que se cambiaba el agua por otra nueva o limpia. En estos días las mujeres, a su forma, comentaban todas y cada una de las novedades del pueblo. Pero sobre todo donde se acentuaban más las criticas era en las conductas de las de su propio sexo. Por tal motivo en cualquier momento surgían las peleas entre ellas, por ser parte interesada o las que defendían una u otra postura. A veces en estas riñas se insultaban groseramente, dando lugar a que se enzarzaran de verdad, se tiraban una a otra de los pelos en presencia de las demás, que hacían de árbitros, hasta que se cansaban y volvían a serenarse.

Era digno de tenerse en cuenta que de estas peleas, que eran numerosas al cabo del año, nunca llegó a correr la sangre. Las que hacían de árbitros improvisadas no consentían que se agredieran con objetos, armas o herramientas con lo que pudieran hacerse lesiones graves, sino con las propias manos para arañarse, tirarse de los pelos, etc., pero nunca con malignas intenciones. Tampoco consentían que fueran dos o más en contra de una, aunque fueran familiares en primer grado. Las reglas allí establecidas, sin haberlas promulgado nadie y menos escrito como código o reglamento, eran estas. Todas las respetaban, hoy por ti mañana por mí, resultando de todo ello una mejor formación moral en la conducta de la mujer, que pasaba por este crisol y tenía miedo al que dirán.

También hubo alguna en distintas épocas que, abusando de sus fuerzas físicas para la lucha, quería imponer su ley a su manera, tuviera o no razón, pero entonces las demás se conjuraban contra ella, la negaban la palabra y hasta en algún caso procedieron a su expulsión. Así que las “matonas” allí no prosperaban, tenían que pasar por las leyes democráticas de la mayoría. Al igual que en los hombres, creo que este tribunal público de las féminas, salido de las entrañas mismas del pueblo, sin saber cómo, sirvió para mejorar constantemente la conducta de aquellas mujeres que aunque vociferaban con toda clase de palabras obscenas, todo se quedaba en eso, en ruido de “fogueo”. En cambio sirvió para que quien era objeto de crítica, procurar rectificar. Y la que estaba a punto de pecar, se lo mirara muy mucho antes de hacerlo. Por todo ello creo que estas tribunas públicas forjaron una clase de gente con una conciencia limpia que se reflejaba en la conducta noble y honrada de todos y cada uno de sus habitantes.

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