
MIGUEL SANCHIZ. (Majadahonda, 7 de septiembre de 2026).Cambio climático: cuando un término científico se convierte en bandera. A mis años he aprendido que las palabras cambian de significado según quién las pronuncie y para qué las utilice. No es una novedad: ocurre con “democracia”, con “libertad”, con “solidaridad”. Y también ocurre con “cambio climático”. Un término que nació en los laboratorios y que, con el paso del tiempo, ha terminado en los mítines, en los titulares y en las tertulias. No es que el fenómeno físico no exista; es que su uso público ha adquirido un tono que a veces poco tiene que ver con la ciencia. Yo no soy climatólogo. Soy un observador de la vida, un periodista que ha visto pasar veranos, inviernos, sequías y tormentas desde antes de mediados del siglo pasado. Y desde esa experiencia, creo que vale la pena distinguir dos planos: el fenómeno real y la utilización política del término. El fenómeno real es sencillo de explicar. El clima cambia, como ha cambiado siempre. Los datos del siglo XIX ya muestran veranos de 38 y 40 grados en Majadahonda y el resto de España, tormentas devastadoras y sequías que duraban meses. No hay nada nuevo en la existencia de episodios extremos. Lo que sí parece nuevo —y aquí la ciencia es clara— es su frecuencia. Antes ocurrían de vez en cuando; ahora se repiten más a menudo y duran más días. Esa es la parte física del asunto, la que se mide con termómetros, series históricas y observatorios centenarios.

LUEGO ESTÁ LA OTRA PARTE: EL USO POLÍTICO DEL TÉRMINO “CAMBIO CLIMÁTICO”. Y aquí es donde conviene ser prudente, porque la política tiene la habilidad de convertir cualquier concepto en bandera. Desde finales de los años noventa, el término empezó a aparecer en leyes, programas electorales y discursos institucionales. Y cuando una palabra entra en la política, deja de ser neutra. Se convierte en herramienta, en argumento, en arma arrojadiza. Lo he visto repetido muchas veces: fenómenos que antes se llamaban “ola de calor”, “sequía”, “gota fría” o “tormenta de verano”, ahora se presentan como “consecuencias del cambio climático”. A veces con rigor, otras con precipitación. Y en ese tránsito, el término pierde matices. Se vuelve un cajón de sastre donde cabe todo: desde un incendio forestal hasta una tormenta de agosto. Y cuando una palabra sirve para explicarlo todo, corre el riesgo de no explicar nada.

NO SE TRATA DE NEGAR LA REALIDAD FÍSICA. Se trata de evitar que un concepto científico se convierta en un eslogan. Porque los eslóganes simplifican, y la simplificación es enemiga de la reflexión. En mis años de oficio he aprendido que la ciudadanía necesita información clara, no consignas. Y que la política, cuando se apropia de un término técnico, tiende a usarlo según convenga al momento. Quizá por eso conviene recuperar una mirada más serena. El clima cambia, sí. Lo ha hecho siempre. Y hoy lo hace con una velocidad que preocupa a los científicos. Pero también es cierto que el debate público se ha llenado de dramatismos, de urgencias y de frases hechas que no ayudan a comprender. A veces parece que hablamos más del término que del fenómeno. Más de la etiqueta que de los datos. Más del relato que de la realidad.
A MI EDAD, UNO APRENDE A DESCONFIAR DE LAS PALABRAS QUE SE REPITEN DEMASIADO. Y “cambio climático” es una de ellas. No porque sea falso, sino porque se ha convertido en un comodín. Y los comodines, en política, suelen ocultar más de lo que muestran. Quizá la reflexión más sensata sea esta: el clima merece respeto, no propaganda. Y la ciudadanía merece información, no consignas. Si conseguimos separar la ciencia de la política, el debate será más honesto. Y si recuperamos el hábito de mirar los datos —los de ahora y los del siglo XIX— descubriremos que la realidad es compleja, pero no incomprensible. A veces basta con llamar a las cosas por su nombre. Y recordar que las palabras, como el clima, también cambian.


Parece cientificamente demostrado que las olas de calor en Majadahonda las causan los concejales del PP sl » calentar los plenos» con tonterias
Cuánta razón tiene nuestro periodista de cabecera en su escrito del cambio climático. Por periodista y por edad, nos ilustra acerca del uso partidista y acientífico que utilizan los grupos humanos llamados asociaciones, grupos o partidos políticos cuando, la mayoría de las veces, analizan y utilizan este fenómeno en interés propio. Salud
Supongo que durante las glaciaciones hubo un fuerte cambio climatico. Despues tambien. El cambuo sigue, pero no creo que tengam9s gran culpa de el.
Por cierto alguien oye hablar ahora de aquel «terrible» agujero era en la biosfera?
Existe un cambio climático, de eso no hay duda. Tampoco hay duda de que los gases de efecto invernadero agravan y precipitan dicho cambio.
Por otro lado, el efecto mencionado de la politización nos lleva a posiciones peligrosas, tanto negacionistas como fundamentalistas, y eso nos divide en la confrontación del problema.
Os acompaño un vídeo de Carl Sagan, científico y divulgador, en el que, hace ya mucho tiempo, abordaba el tema sin ambages:
https://youtu.be/4C6co5qXEE4?is=8d3v9vughcA-bxcx
Éste, y no otro, es el gran desafío de la humanidad en este siglo.
Muchas gracias Nacho , por esa. valiosa aportación
Tienes muchas razón Maestro Miguel con la utilización del término «Cambio Climático» en la política.
Yo no soy científico, pero si ingeniero y por lo tanto utilizo la información científica para desarrollar mi trabajo y ahora mi opinión. Aunque el término se utilice como bandera de ciertos grupos, los científicos lo fundamentan con sus datos y como las meigas existe.
Me preguntó cual es el problema de no admitir lo que científicamente está demostrado. El NEGACIONISMO no es bueno ya que hoy seguiríamos creyendo por ejemplo que, es el Sol el que gira alrededor de la tierra.
Yo creo que ahora y antes hay cambios en el clima y los terribles calores los ha habido siempre. Lo de que hay un cambio climático “sin duda” no es más que otra opinión y hay científicos a favor y otros en contra. Lo que sí es cierto es la utilización política del término.