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Primeras lluvias en Majadahonda y resto del Oeste de Madrid tras la entrada en silencio del otoño: llega el frío

Primeras lluvias en Majadahonda y resto del Oeste de Madrid tras la entrada en silencio del otoño: llega el frío
Las primeras lluvias y fríos del otoño de este año 2026 hacen su aparición en Majadahonda y resto del Oeste de Madrid este viernes 2 de octubre y ya permanecen todo el fin de semana y siguientes

MIGUEL SANCHIZ. (Majadahonda, 2 de octubre de 2026). El Otoño en Majadahonda. Este mes de octubre de 2026, miro Majadahonda con la sensación de que algo está a punto de cambiar. El verano ha consumido sus últimas horas y el otoño ha esperado silenciosamente al otro lado de la noche. No llegó con estrépito el 23 de septiembre porque las grandes transformaciones de la naturaleza casi nunca hacen ruido. Simplemente una mañana descubrimos que la luz es distinta, que el aire tiene otro aroma y que algunas hojas han comenzado a cambiar de color. Siempre me ha parecido el otoño una estación injustamente relacionada con la tristeza. Se habla de las hojas que caen, de los días que se acortan, del frío que se aproxima. Como si todo ello fuera una despedida. Yo prefiero verlo de otra manera. Cambiar las hojas no es morir. Es cambiar de vestuario. El árbol no se rinde cuando se desprende de ellas. Hace exactamente lo contrario: se prepara para resistir. Se aligera, administra sus fuerzas, guarda dentro de sí lo imprescindible y espera. Sabe que llegará el invierno, pero también parece conocer algo que nosotros olvidamos con demasiada frecuencia: ningún invierno es definitivo. Quizá por eso me gusta tanto contemplar el otoño en Majadahonda. Poco a poco, los verdes empiezan a mezclarse con amarillos, ocres, cobres y rojizos. Los árboles de nuestras calles y parques parecen despedirse de su uniforme veraniego y vestirse para una ceremonia distinta. Hay algo solemne en esa transformación. Una belleza menos exuberante que la primavera, pero quizá más profunda.

Miguel Sanchiz

LA PRIMAVERA PRESUME. EL OTOÑO REFLEXIONA. En primavera todo quiere nacer al mismo tiempo. Hay flores, luz, pájaros, colores nuevos. El otoño, en cambio, parece pedirnos que caminemos un poco más despacio. Que miremos. Que escuchemos el ruido de las hojas bajo nuestros zapatos. Que agradezcamos el sol cuando aparece, precisamente porque sabemos que cada día permanecerá con nosotros unos minutos menos. Y encuentro en todo ello una hermosa lección. La vida también tiene estaciones. Hay momentos para crecer, momentos para florecer, momentos para recoger frutos y momentos para desprendernos de aquello que ya ha cumplido su misión. Nos cuesta aceptar esto último. Acumulamos objetos, preocupaciones, viejos enfados, ambiciones e incluso recuerdos que quizá deberíamos dejar caer suavemente, como hacen los árboles. Ellos no intentan pegar nuevamente a sus ramas las hojas que el viento se lleva. Las dejan marchar. Y permanecen. Tal vez vivir consista también en aprender ese pequeño secreto de la naturaleza: saber conservar lo esencial y desprenderse de lo innecesario.

CUANDO PASEO POR MAJADAHONDA EN ESTOS PRIMEROS DÍAS OTOÑALES, pienso que cada hoja caída contiene una diminuta enseñanza. No es un símbolo de muerte. Es una promesa aplazada. Porque bajo la apariencia desnuda del árbol sigue circulando la vida. Allí dentro permanece escondida la primavera. Eso me parece extraordinario. El otoño es, en realidad, una estación de esperanza disfrazada de melancolía. Nos anuncia el invierno, ciertamente, pero al mismo tiempo prepara todo lo necesario para atravesarlo. La naturaleza recoge fuerzas. Los campos descansan. Los árboles economizan su energía. Los animales se preparan. Todo parece detenerse y, sin embargo, todo continúa trabajando silenciosamente para el futuro. También nosotros necesitamos nuestros otoños. Necesitamos épocas en las que disminuir la velocidad, ordenar la casa y quizá también el alma. Elegir qué merece acompañarnos y qué podemos dejar atrás. Prepararnos para tiempos menos luminosos sin miedo, sabiendo que forman parte del mismo viaje.

ESTA TARDE DE INICIOS DEL MES DE OCTUBRE, mientras Majadahonda ha entrado ya oficialmente en otoño tras extinguir las últimas horas de este largo verano, me gusta imaginar que la naturaleza está cambiándose de ropa. Mañana quizá nada parezca muy diferente. Las mismas calles, los mismos árboles, las mismas casas. Y, sin embargo, habrá comenzado otra estación. Así ocurre muchas veces con las cosas verdaderamente importantes: cambian sin avisarnos. Dentro de unas semanas las hojas cubrirán las aceras. Habrá mañanas frescas, tardes más cortas y esa luz dorada que parece envolver las cosas con una delicadeza especial. Y cuando vea un árbol perdiendo sus hojas, procuraré no pensar que está quedándose desnudo. Pensaré que está haciendo sitio. Porque a veces es necesario perder algo para poder renovarse. Porque cambiar no significa desaparecer. Porque envejecer tampoco significa dejar de vivir. Y porque quizá el otoño, con toda su serena sabiduría, venga cada año a recordarnos precisamente eso: que hay una extraordinaria belleza en saber cambiar de vestuario sin perder nunca las ganas de esperar otra primavera.