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Vicente Araguas logra llegar a Cuba desde Majadahonda: «Amanece en el Trópico»

Iberia suspendió de manera temporal sus vuelos directos a Cuba por lo que salir desde Madrid-Barajas hacia el Aeropuerto José Martí en La Habana cuesta ida y vuelta unos 600 €. La duración del trayecto directo es de unas 9 a 10 horas y Air Europa ofrece frecuencias semanales con escalas para repostar en Punta Cana (República Dominicana) ya que en Cuba escasea la gasolina por el bloqueo norteamericano. Air France (vía París) o TAP Air Portugal (vía Lisboa) ofrecen alternativas con conexión desde Barcelona y otros aeropuertos españoles

VICENTE ARAGUAS. (3 de agosto de 2026). Amanece en el Trópico. Apenas un día en Cuba, en la Cuba del momento especialisimo, y no puedo sino alabar el estoicismo de sus habitantes. De aquellos que voy encontrando. Zumbones, jaraneros, con una educación y un temple insólitos para los que venimos del ruido y los semblantes tantas veces hoscos. La Habana es, lo que llevo visto, tranquilidad al calor bochornoso de un día de fines de julio. Agudizada por la ausencia de tràfico rodado. Apenas vehículos de tracción eléctrica y unos artilugios tipo motocarros donde se acumulan los pasajeros; buses o guaguas no hay, o yo no los veo. Pero Cuba es linda, bien linda, y La Habana, como cantaba Carlos Cano, es Cádiz con más negritos. Y la bahía, vista al amanecer del trópico, desde el Hotel Habana Libre, un regalo divino. Voy a entrar ahora donde la Habana Vieja, yo, un poco menos, va a rejuvenecerme. Amo lo antiguo y espero, deseo, que Cuba se alce. Sin perder lo bueno que 1959 trajo, echando al saco de arpillera del tiempo ingrato cuanto impida ese cambio que los ojos dulces, la mirada, tal vez extenuada de los cubanos, parece estar pidiendo. Paz, piedad, perdón, como en aquel discurso maravilloso de Azaña, harán falta para curar las heridas del tiempo. Los cubanos, solo ellos, habrán de solventarse. Los de un lado y el otro. El sujeto del pelo naranja, el asedio medieval de Cuba, tan amada y amable, aquí no pintan nada. En eso parecen coincidir los cubanos que voy encontrando, «tú ya sabes, chico», dicen al son parsimonioso de las olas rozando el Malecón. Por donde paseaban mis paisanos gallegos sus saudades y morriñas de la aldea perdida.

Amanece en el trópico, como en Cabrera Infante, y quedan los restos de humedad de aquella canción de Pablo Milanés, que vino a morir a Majadahonda. Y yo con él me alzó, asomado al balcón del Hotel Habana Libre. El mar de Cuba ante mí vista. Alguien me reclama, es temprano todavía, y yo -¡ay, aquella canción de Silvio!- porque me llama, voy. La Habana, a pesar de todo, la vida. La vida futura, esa que desde un presente cargado de buenas intenciones pero que, claramente, necesitan renovación. Y yo, desde Majadahonda a Barajas y, luego, después, al José Martí, de La Habana, donde pacientes y educadas cubanas tras pupitres años sesenta procuran que no se cuelen indeseables, a poner el dedo más todavía en la llaga. Que Cuba necesita el mismo buen rollo que está prodigando. Sí.

 

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