
MIGUEL SANCHIZ. (Majadahonda, 4 de agosto de 2026). Cuentos reales de verano: El secreto de las tardes. A veces, cuando alguien comparte su dolor conmigo, siento que las palabras se quedan pequeñas. Hay penas que no admiten consejos, ni explicaciones, ni frases de consuelo. Hay dolores que solo se pueden acompañar. Y hace unos días, al escuchar una confidencia que me tocó muy dentro, no supe qué decir. No encontré ninguna frase que estuviera a la altura de aquel sufrimiento. Así que hice lo único que pude: inventarme una historia. Una historia que no sé si ocurrió, pero que podría haber ocurrido. Una historia que, de algún modo, ocurre cada día en silencio, sin que nadie la cuente. Una señora de Majadahonda (Madrid) observaba a su hijo de 4 años. Todas las tardes, desde hacía una semana, el pequeño salía al jardín de un solitario parque cercano a su casa y se sentaba junto a un anciano que pasaba allí las horas. No jugaba con él. No le enseñaba nada. No le pedía nada. Solo se sentaba a su lado, como si ambos compartieran un secreto que nadie más podía entender. El anciano no hablaba mucho. A veces miraba al suelo. A veces al horizonte. A veces cerraba los ojos como quien intenta recordar algo que ya no está. Y el niño, sin comprender del todo, se quedaba allí, quieto, acompañándolo. La madre lo observaba desde la ventana, intrigada. ¿Qué podía atraer a un niño tan pequeño hacia un hombre tan mayor? ¿Qué encontraba allí que no encontraba en sus juguetes, en sus cuentos, en sus juegos?








