
MIGUEL SANCHIZ. (Majadahonda, 4 de julio de 2026). El terrible silencio. Vivimos rodeados de ruido. El tráfico, las voces, los teléfonos, los electrodomésticos, las obras, las sirenas, las televisiones encendidas, los pasos de los vecinos. Incluso cuando creemos estar en calma, existe siempre un rumor de fondo al que apenas prestamos atención. Son sonidos tan habituales que hemos dejado de distinguirlos. Forman parte de nuestra vida como el aire o la luz. Solo cuando desaparecen comprendemos hasta qué punto nos acompañaban. Hace algún tiempo tuve la oportunidad de entrar en una cámara anecoica, una sala diseñada para absorber por completo las ondas sonoras y eliminar cualquier eco. Allí, el silencio no es simplemente la ausencia de ruido. Es algo físico, denso, casi agresivo. Al cerrarse la puerta, el mundo exterior desaparece. No se oyen voces, motores ni vibraciones. Tampoco existe la familiar reverberación de nuestros propios movimientos. Cada sonido muere en el mismo instante en que nace. En ese silencio absoluto comienza uno a escuchar su propio cuerpo: la respiración, los latidos del corazón, el movimiento de la saliva, quizá el leve crujido de una articulación. La experiencia, que en principio podría parecer relajante, resulta inquietante. Incluso aterradora.









