
MIGUEL SANCHIZ. (Majadahonda, 6 de abril de 2026). Hay días en que Majadahonda parece desperezarse como un gato al sol. No hace falta mirar el calendario para saber que la primavera ha entrado en la ciudad: basta con salir temprano, cuando el aire aún conserva un punto de frescor y los primeros vecinos caminan con ese paso indeciso de quien duda entre quitarse la chaqueta o esperar un poco más. El Domingo de Resurrección suele coincidir con ese instante en que todo empieza a moverse, a abrirse, a reclamar su sitio tras el letargo invernal. En el Monte del Pilar, los senderos se llenan de corredores que reaparecen como si hubieran estado hibernando. Algunos vuelven con zapatillas nuevas; otros, con la misma determinación de siempre. Pero todos comparten esa sensación de estreno que trae la luz más larga del día. Entre los pinos se escucha el canto insistente de los mirlos, que parecen competir por inaugurar la temporada. Y, si uno presta atención, puede sorprenderse con la silueta de una abubilla, ese pájaro elegante y casi exótico que cada año regresa puntualmente a su cita con Majadahonda.









