
VICENTE ARAGUAS. (9 de agosto de 2026). Cuarta crónica cubana: Ruta Hemingway. Un letraherido que visite Cuba no puede evadirse del poderoso influjo Hemingway. Aquel vitalista, enamorado de España, que –paradójicamente– se voló la cabeza en Ketchum (Idaho), en 1961. Luego de haber abandonado Cuba, y a su muerte temprana, me remito, para siempre. No, «Papá» Hemingway no podía ser ese viejo precavido que su vaticinio marcaba. Él quería seguir siendo boxeador, soldado, cazador, reportero bélico, y todo ello hasta el final propio de un dios pequeño y airado consigo mismo. Aparte el consumo compulsivo de alcohol y el historial suicida, hasta 7 muertes voluntarias en su ámbito familiar. Pero antes del disparo fatal en Ketchum, Hemingway fue razonablemente feliz en Cuba. Décadas de los 40 y 50. Alojado en el Hotel Ambos Mundos, calle Obispo, primero. Luego en La Finca Vigía, San Francisco de Paula. Hoy casa-museo dedicada a este autor tan incardinado en España, por lo demás. Allí se halla, también, su yate «Pilar», la Marina en Tierra al modo de aquel marinero de Rafael Alberti. Y por cierto que al escribir de Hemingway también lo hago sobre los ángeles. Los de la literatura, buenos, los de ojos turbios por los alcoholes. Hemingway tremendo bebedor de daiquiri en «Floridita«, de mojos intensos en la «Bodeguita de enmedio«.

Y llegados aquí me pregunto dónde no bebió Ernest Hemingway. He visto su nombre, su efigie, en bares de Madrid, Heidelberg, Venecia y échale hilo a la cometa de la pasión geográfica y etílica. Lo que incorpora a nuestro autor en la lista de la Dipsomanía como un arte, si no bello, entregado. Pero ahora quiero ir a mí última etapa Hemingway en Cuba, ahora fuera de La Habana. En Cojimar, adonde llegué desde Casablanca (El Morro-La Cabaña) de ver cosas importantes para una crónica posterior. Y fui a Cojímar porque es donde surge la inspiración de Hemingway para «El viejo y el mar». Esa historia, trasunto igualmente místico, a su manera, de «Moby Dick«, con el viejo pescador Santiago peleando épicamente con un vigoroso marlin. Lástima que en «La Ruta Hemingway«, restorán competente, no me dieran marlin sino emperador a la parrilla acompañado de arroz con moros (frijoles) de guarnición.


En la entrada todo un caballero, estudiante de sicología, Ernesto Manuel Hernández que me pide consejos, por viejo. Y yo, que algo de mar tengo como gallego de costa, le aconsejo que no decaiga nunca en la lucha, como el Santiago de Ernesto o el de Compostela (calle con este nombre, en La Habana, en estado catatónico.) Luego de comer paseo por Cojimar, aprecio el templete con el busto de Hemingway, aportado por los pescadores locales, consejeros aúlicos de Hemingway en sus batallas pesqueras. Que en esto también era épico Don Ernesto. Quién dejó Cuba, acusado de traidor por el FBI, por supuesta buena relación con los barbudos que habían entrado en La Habana el 1 de enero de 1959. Nunca lo sabremos seguro pero es muy probable que Ernest Hemingway, de haberse quedado en la Cuba que tanto amaba, nunca hubiese tomado tan pronto el camino que no tiene vuelta. Algo semejante a Federico García Lorca al dejar La Habana, dirección Cádiz, en 1930, soslayando una tierra tan favorable a su persona como no lo fue la suya de origen. Y es que, ya se sabe, «El crimen fue en Granada«. Aquí, en La Habana, quedó su alegría. En la Finca La Vigía, la vitalidad de aquel hombre que en ella escribió, por ejemplo, «Por quién doblan las campanas». En Cojimar su recuerdo, a la sombra de un castillete español de observación.


Siempre tan interesante leerte…
Muchas gracias. Nada más hermoso que escribir y dar en el blanco. Un abrazo.
Año 1969. Colegio marianista de El Pilar, calle Castello de Madrid.
Lectura obligada, aparte de una edición juvenil de El Quijote…
El viejo y el Mar… Que cosas pasaban em plena «oprobiosa»…
Pues felicito al profe de Literatura de los Marianistas. Los libros siempre lo mejor, con oprobio o sin él. Mejor sin, claro. Saludos afectuosos.